Y de pronto, cuando creí que tenía muy claro el camino hacia el destino que quería llegar, todo cambió súbitamente y me encontré con una nueva ruta. Y no creo que se trate solamente de una opción más. En este momento entiendo que esta nueva ruta, es la ruta. Así de simple.
Dicen que después de la tempestad viene la calma. Quizás la calma no sea inmediata, pero los indicios de que la tempestad empieza a pasar, si son claros. Posiblemente el sol tarde un poco más en salir, pero terminará saliendo. No tengo dudas de eso.
Quiero terminar esta pequeña secuencia de publicaciones con la misma figura con la que iniciaron en su momento. Como si se tratara de un viaje en el cual nos sentimos sumamente cómodos. Un viaje en el que vamos disfrutando de la rapidez y velocidad con la que nos transportamos, y en donde nuestra única atención está fijada en el destino final.
Cuando iba feliz en mi viaje, en el más cómodo «Vuelo sin escalas» que nos podamos imaginar, de pronto todo cambió. Así como decía el niño de la vecindad que vivía en un barril, «sin querer queriendo» me encontré en medio de una «Turbulencia inesperada». Cuando mi atención estaba puesta en el destino final al que quería llegar, recibí algunas señales de alerta y todo empezó a cambiar.
En medio de esa turbulencia en forma de lecturas de exámenes médicos, situaciones estresantes a nivel personal y familiar, y con la exigencia de la rutina laboral, todo se empezó a poner muy oscuro. Por más que trataba de tener paciencia y esperar que el viento intenso pasara, no lo lograba. La mente es tan poderosa que, así como se puede volver nuestra mejor aliada para salir adelante, también nos puede detener. Es increíble como los pensamientos se pueden transformar de forma tan drástica de un momento a otro. Por su puesto que todo depende de las circunstancias que nos afecten. Y como he dicho, las circunstancias se presentaron de tal forma que era inevitable tener una tormenta perfecta.
Así que, obligado, porque no tenía más opciones, tuve que ir esperando que los tiempos fueran avanzando y cambiando. Y así es como escribí el post anterior, en el que compartí mi deseo por «Encontrar el rumbo» nuevamente. Un rumbo que me muestra en este momento, una nueva ruta por la cual debo transitar a partir de ahora. O quizás sea la ruta por la cual debería haber transitado siempre. Pero sin importar mucho el cuándo, lo que si tengo claro es que este es el momento para empezar.
Cuando mis padres nos trajeron de regreso al lugar donde nacimos, luego de haber vivido muchos años en otro país, recuerdo que había una forma especial para referirse a la ruta que va hacia la capital. En ese momento no lo entendía muy bien, porque apenas empezaba a reconocer físicamente las calles que, hasta ese entonces, solo había visto en mapas. Pero las personas se referían a las dos opciones de rutas hacia la capital. Las llamaban como «calle nueva» o «calle vieja».
En realidad, ni una era tan nueva, ni la otra tan vieja. Simplemente era una forma de diferenciar la nueva ruta que se tenía para ahorrar un poco de tiempo. Así que uno podía decidir, si viajaba por la ruta un poco más larga, con más curvas y más montañas. O si viajaba por la nueva ruta, un poco más en línea recta, más ancha, y en donde se podía viajar a mayor velocidad.
Por cierto, me tomó solo un par de meses darme cuenta, que todo eso de las dos rutas era una ilusión. Al final, solo se refería a un pequeño tramo de todo el recorrido hacia la capital. Es decir que, en todo caso, el ahorro de tiempo era limitado. Una vez que se volvían a unir los caminos, no había dos rutas, sino una sola. Se podrán imaginar ahora, treinta y dos años después, el caos vehicular que se tiene en la famosa «calle nueva». Ya ahora ni se menciona esa diferencia. Ambas calles son igual de viejas, e igual de transitadas. Incluso a veces, me resulta mejor viajar por la «calle vieja», que por la «menos vieja» («calle nueva»).
Veo este cambio de mi nueva ruta como algo similar. Como si Dios me estuviera diciendo que todo es relativo al momento que vivamos y que no importa la ruta en realidad. Podemos llegar más rápido a un lugar, y perdernos la oportunidad de ver los detalles del camino. O podemos disfrutar del camino, y que nos tome un poco más de tiempo llegar hasta ese lugar. Al final es una decisión personal, motivada por varias cosas. Nunca será la misma, ni siquiera para nosotros mismos. A veces decidiremos la ruta rápida. Y a veces preferiremos la ruta larga.
Dije que este sería la última publicación de esta improvisada secuencia de posts. Y así será. A pesar de que justo en este momento, no tenga todas las respuestas que quisiera tener, o las que imaginaba tener en este punto. Pero si confío y tengo Fe, de que son las respuestas justas y suficientes, para tomar buenas decisiones a partir de ahora.
Veo delante de mí una nueva ruta menos veloz, menos rápida y menos inmediata, hacia mi destino. A lo mejor sea un camino «menos cómodo» que con mi vuelo inicial. Al menos si lo comparo únicamente con la comodidad que imaginamos cuando no tenemos nada que hacer más que permanecer sentados en un avión. Solo esperando el momento de despegar y aterrizar. Y no me refiero al hecho de que no volveré a volar o viajar de esa forma. Absolutamente que no. Es algo impensable hoy en día. Pero si tuviera la oportunidad de cambiar el medio de transporte, incluso lo pensaría o trataría de imaginar medios alternativos. Solo por el hecho de que mi mente vuele y sea capaz de imaginar múltiples posibilidades.
La nueva ruta es un camino que puedo recorrer a pie. Disfrutando a cada paso, de las maravillas que se pueden encontrar en el recorrido. Si mi recorrido fuera de un solo día, esta nueva ruta incluso me daría la oportunidad de repetirla de forma diferente día con día. Sin importar cuántas veces o días pueda hacerlo. Simplemente disfrutando cada momento, cada paso, como si nunca antes lo hubiera hecho. O como si nunca más pudiera hacerlo de nuevo. Como repito, hay momentos en la vida en los que todo es relativo.
Podría empezar mi día de madrugada, dando gracias a Dios por el hecho de poder abrir mis ojos nuevamente, poder caminar, respirar, y ver todo lo que está a mi alrededor. Darle gracias por mi familia y todas las bendiciones recibidas a lo largo de la vida. A lo mejor podría aprovechar para trotar o correr por unos minutos, para que mi corazón se acelere y que, en ese proceso, todas las hormonas que se estimulan con el ejercicio hagan su trabajo mágico de enviar señales de felicidad al cerebro.
Posiblemente en esa nueva ruta, seguiría una ducha luego de la sesión de ejercicio. No importa si es agua fría, o caliente. Es una ducha que merece ser disfrutada cada minuto. Porque nuestra piel se estimula con el recorrido del agua sobre nuestro cuerpo, y la sensación de limpieza y energía, es muy especial. A lo mejor podría continuar con una pausa mental, para repasar las actividades principales del día. Sin entrar en los tediosos detalles del trabajo o la rutina. Solo un pequeño repaso de forma general para descubrir el motivo que nos pueda inspirar ese día en particular. Siempre tenemos un motivo especial. Siempre deberíamos tenerlo.
La nueva ruta puede seguir su curso con un cómodo viaje en carro hacia el trabajo. Que debería ser un momento para relajarnos, y prepararnos para cualquier imperfección de la carretera, ya sea física o por el tráfico. Podría aprovechar el momento para hablar con Dios, en la forma que sea, en la forma que mejor me sienta comunicándome con Él. Seguramente que le daría risa de verme escuchando música mientras viajo. Con esos cambios extremos de estilos musicales, a veces incomprendidos, pero que tanto me relajan. No estaría mal, abrir las ventanas y sentir el viento al pasar por un tramo de carretera fuera de la ciudad. Donde da la sensación de que el aire se respira de forma diferente.
Mi nueva ruta me podría llevar al lugar de trabajo, y tendría la oportunidad de apreciar cada detalle mientras me preparo para la jornada diaria (quién sabe cómo podría estar este día). Una linda plantita en la entrada me podría recordar cada mañana, que hasta ella necesita un cuidado especial para sobrevivir. A lo mejor con tan solo ver esa planta cada mañana, podría recordar que siempre tenemos personas a nuestro lado que se preocupan por nosotros. Podría añadir una motivación especial ese día, el hecho de regarla y estar pendiente de la cantidad de sol y de agua que necesite para que siga creciendo y haciendo el trabajo que le fue encomendado.
Definitivamente que, con el inicio de la jornada de trabajo, empezarán las relaciones con más personas. Cada una con propósitos de vida diferente o motivaciones distintas, a lo mejor problemas diferentes, necesidades diferentes. Pero al final todos en el mismo recorrido de la vida. Cada uno buscando su nueva ruta. No tiene por qué ser algo aburrido o estresante. Creo que podría buscarle el lado gracioso a todo, y aprovechar el día para reír, caminar, tomar el sol mientras camino, y aprovechar toda su vitamina D de forma gratuita. Detenerme a conversar con el más ocurrente del lugar del trabajo, y aprender de su sencillez y forma particular de ver la vida. O simplemente observar cómo se mueve cada persona, cada máquina, como si fuera un mundo aparte completamente.
El cansancio diario no tendría por qué ser motivo de estrés. Podría ser la oportunidad para repetir el viaje en carro hacia casa. Nuevamente acompañado de buena música (quien sabe a qué canción le corresponda el turno), y otra vez con la oportunidad de ver en el camino, el sol o la lluvia, y todos los detalles posibles durante el viaje. Seguramente que el tiempo sería lo de menos. Ningún contratiempo por el tráfico podría distraernos o bajarnos de nuestro «mood» especial de cada día. Ningún retraso debido al tráfico podría desviar mi atención en ese momento y en ese estado.
Me está gustando esta nueva ruta al imaginarla de esa forma. Me siento con energías suficientes para otra sesión de ejercicios. ¡Mas endorfinas en el cuerpo! Pero tampoco tendría ninguna objeción si los planes cambian por una deliciosa cena familiar, mientras aprovechamos para hablar sobre la ruta que cada uno recorrió ese día. Las opciones son tantas que incluso podría tener tiempo para leer algún libro, ver alguna película o seguir oyendo música (siempre hay tiempo para la música). O tomarme el tiempo para poder escribir tranquilamente y compartir esta pequeña parte de mi vida. Y por supuesto, antes de prepararme para la recuperación diaria de la noche, tendría tiempo para recordar lo importante que es el sueño en nuestras vidas.
Más que pensar en cuántas veces (días) podría recorrer esa nueva ruta, me siento con más ánimos de imaginar tantas posibles combinaciones diarias que podría armar. A mí me gusta mucho y disfruto, el ejercicio de pensar en esas posibilidades. Aunque reconozco que una de las lecciones que debo aprender, es precisamente a darle la relevancia que se merece a la parte de «planificación». Caer en excesos es lo que nos puede desviar del camino. Y también estoy aprendiendo, que no pasa nada si no hay un plan super estructurado. La nueva ruta siempre permite la improvisación. Incluso en algunos tramos es un requisito indispensable improvisar. Se siente tan bien dejar que todo fluya simplemente por la inercia de las situaciones. Sin forzar nada.
Aunque parezca extraño, hasta hace un par de días, volví a sentir esa sensación de «libertad» e «improvisación». En el lugar que menos lo imaginé, y en trámites que no pensé que tendría que hacer, me sentí «libre» de la planificación diaria del trabajo. ¡Increíble! Cómo podemos perdernos tanto en la rutina diaria, que tengamos que llegar a esos extremos de la vida. Para reconocer mediante situaciones extremas, que necesitamos una pausa en el camino para aprender nuevas lecciones. Me di cuenta de que ese día «disfruté» el tiempo que estaba tomando para mí (aunque fuera en actividades muy difíciles de explicar en este momento), y que el lugar de trabajo «seguía en pie» a pesar de «mi ausencia». No sé cómo nos cuesta tanto darnos cuenta de cosas tan simples.
La motivación diaria no tiene por qué ser algo escrito en piedra. Tampoco tiene por qué ser la misma cada día. Esta nueva ruta me está enseñando que al dejar que las situaciones fluyan por su curso natural, puedo disfrutar de una forma que no lo había experimentado plenamente antes. Voy a planear no planear. No quiere decir que lo logre porque soy alguien que disfruta la planificación. Pero el solo hecho de pensarlo me emociona. Es como una nueva experiencia que merece la pena vivir. No importa si lo planeado para este día resultó completamente al revés. Lo importante es que al final tuve la oportunidad de vivir el día de una forma plena.
Incluso me puedo imaginar una tarde lluvia, caminando por la calle sin ningún tipo de preocupación. Solo sintiendo la lluvia como si fuera niño otra vez. Después de todo, no sé cuántas veces más pueda vivir esa experiencia en particular, y podría estar perdiéndome de algo especial. Y así como la lluvia, podría ser un juego de basketball, o una partida de videojuegos. En realidad, no importa la actividad, sino la forma en la que se disfruta. Quizá valga la pena volver a ser niños y «Regresar a la inocencia» más a menudo en nuestros días.
La conclusión a la que quisiera llegar es que, para tener una vida completamente saludable, necesitamos vivir de forma saludable. Las pausas en la vida son importantes para recuperar el aliento. Así como en una carrera. En el recorrido de la vida, a veces necesitamos detenernos a respirar profundo para que nuestro cerebro funcione mejor. No basta solo con una buena alimentación, o sesiones de ejercicio u horas de sueño reparador. El complemento para que todo eso funcione en conjunto, es que aprendamos a vivir de tal forma que disfrutemos completamente cada cosa que hagamos. Es la mejor forma de deshacernos del estrés y de todas las toxinas que se generan al interior de nuestro cuerpo.
Esto es lo que me está mostrando esta nueva ruta que se presenta delante de mí. Y pienso vivirla de la mejor forma posible. Aprendiendo cada día cosas nuevas. Tratando de disfrutar las cosas que no pude disfrutar el día anterior. Siempre con la Fe y la esperanza de que el día de mañana será mejor siempre. Pero con la satisfacción de haber vivido plenamente este día.
Y este día quisiera finalizarlo con un lindo pensamiento anónimo que vi en una red social y con una canción («On my way home» – «De regreso a casa«, de Enya). No creo que lo haya visto por simple casualidad. Creo que lo vi, porque necesitaba verlo escrito frente a mis ojos, para poder comprender el mensaje en este momento especial de mi vida.
«Y de repente llega un año que te enseña lo que no habías aprendido hasta ahora: a parar, a tener paciencia, a curarte y a vivir un día a la vez (¡Amo esa frase!). El que te hace bajar la cabeza y ser resiliente. A entender que cada día que tenemos salud y amor, es un buen día. A valorar y a agradecer»
