Me tomó más tiempo de lo que yo mismo imaginé, poder escribir algo relacionado con nuestra salud, alimentación y estilo de vida en general. Pero creo que ya es un buen momento para revisar la bases y repasar un poco sobre una experiencia personal acerca de este tema. Al menos en la parte de esa experiencia para la cual ya tengo respuestas concretas para compartir. Ya que hay una parte para la cual todavía me encuentro buscando respuestas, aprendiendo y, sobre todo, cultivando una mayor fe y paciencia.
Recuerdo que hace justo un año, cuando pensé en las cosas que me gustaría cambiar o hacer mejor como propósitos de año nuevo, lo primero que pensé fue mi alimentación. Como una forma segura de mantener una buena salud, no solo en el momento actual, sino que también tuviera bases sólidas, para una buena vejez. Después de todo, no era tan descabellado pensar en eso, tomando en cuenta que el saldo de años se va acortando inevitablemente. Y cuando menos lo imaginamos, llegamos a edades en las que pensar en esa última etapa de vida es algo muy real.
Pero tampoco se trata de adelantarnos demasiado en el tiempo. Y si de revisar las bases se trata, esa podría ser una lección importante. Hay que vivir un día a la vez en todo sentido. Y esto no significa que no nos importe el futuro. Porque siempre tendremos sueños y planes que nos motiven a lo largo del tiempo. Sin embargo, la magia está en aprender a tener sueños y planes, sin que éstos nos roben la paz actual. Como siempre he dicho, es algo más complicado de hacer en la práctica, que solamente escribirlo.
Como decía, empecé muy motivado a consolidar un estilo de alimentación específico, y me propuse experimentar todos los beneficios que esto supone. Los primeros beneficios los traté de describir en una publicación titulada «Satisfacción y poder». En menos de un mes, era muy evidente que mi cuerpo se sentía de una forma increíblemente bien. No solo se trataba de saber que estaba haciendo algo bueno, sino también el hecho gratificante de poder sentirlo y vivirlo. Esa sensación de bienestar es muy gratificante y poderosa. De ahí el título de esa publicación.
Para el siguiente mes sentía que volaba literalmente. Así que nuevamente quise compartirlo en otra publicación a la que llamé «Vuelo sin escalas». Era la descripción perfecta para lo que sentía en ese momento. Tenía la certeza de que era el camino correcto, para cultivar una buena salud, con base a toda la bibliografía estudiada, la evidencia que había comprobado y, sobre todo, los resultados que yo mismo estaba experimentando. Y justo en ese momento, todo cambió. Y empezó un camino bastante inimaginable que aún hasta este día, parece por momentos algo surrealista.
Completé tres meses con una alimentación de tipo cetogénica completa. Cuidé mucho todas las recomendaciones y principios básicos sobre los alimentos que debía consumir. Me gustaba medir mis niveles de glucosa y cetonas casi a diario, y me servían de motivación para continuar con el plan cada día. En ese momento pensé que todo estaba bien. Nada podía fallar. ¡Pero falló! Y no lo vi venir. Ni lo pude imaginar.
Luego de algunos exámenes de rutina llegaron algunas sorpresas. Lo primero que me sorprendió fue ver que los resultados en los niveles de triglicéridos y la distribución de colesterol no eran los de una persona que había controlado de forma saludable su alimentación. Y no se trataba de unos resultados ligeramente fuera de rango. La sorpresa fue que estaban bastante alejados de lo que la teoría decía. Y por supuesto, en ese momento sentí una gran decepción y un enorme desconcierto. No me podía explicar cómo era posible ver esos resultados, cuando me sentía tan bien. Era un poco ilógico y sin sentido.
En realidad, esa parte debía ser la menor de mis preocupaciones. Porque al mismo tiempo de ver los resultados de mi evaluación en la parte de alimentación, también salieron otras cosas a las que había que prestarles atención. Pero en ese momento mi atención y sorpresa estaba totalmente dirigida hacia lo que creía que estaba haciendo muy bien. Así que como buen incrédulo que soy, repetí esa parte de los exámenes, y los resultados no cambiaron. Eran los resultados correctos. Así que mis preguntas durante mucho tiempo fueron, ¿qué es lo que hice mal?, ¿en qué fallé?
Empecé a revisar las bases teóricas de la alimentación cetogénica, y cuanto más revisaba, menos sentido tenía todo. No había una sola razón lógica, ni médica, que explicara cómo es que una persona que no consume azúcar, ni harinas, ni carbohidratos procesados, tuviera los niveles de triglicéridos fuera de rango. De hecho, ni siquiera el médico que llevaba mis estudios podía explicarlo con algún fundamento teórico de la medicina. Si todos los alimentos que se supone que elevan esas células en el cuerpo, se habían restringido totalmente (no reducido, sino eliminados completamente), ¿por qué los resultados mostraban algo totalmente diferente?
Como dije al principio, me tomó mucho tiempo comprender cuál era la causa de esto. Luego de varios meses en los que «flexibilicé» (por no decir descuidé) mi alimentación, todo empezó a tener sentido nuevamente. Los resultados de una dieta un poco desordenada empezaron a salir nuevamente. Aumento de peso, aumento volumen, falta de energía en ciertos momentos del día, y un antojo descontrolado por todo lo que tenga azúcar, era lo más evidente. Eso significaba que la teoría, la lógica y las bases aprendidas estaban bien. Si lo analizaba de forma inversa, esos eran los resultados que podía esperar, cuando no se tiene un balance alimenticio adecuado.
Nuevamente empecé a repasar la teoría y revisar las bases, para ver si los cimientos, fundaciones, y pilares estaban bien. Y la respuesta llegó hace solamente unos días atrás justo para terminar el año. Durante una consulta médica con un especialista, repasando un protocolo para la otra parte de esta experiencia, volvió a salir el tema de la alimentación. Dentro de todas las recomendaciones que me estaba indicando, venía la dieta cetogénica. Así que aproveché el momento para contarle sobre mi decepción y los resultados que tuve en su momento. Después de todo, antes de volver a iniciar con algo así, necesitaba aclarar por completo qué es lo que había pasado meses atrás.
Mi pregunta fue directa: «¿cuál es la razón por la que mis resultados salieron fuera de rango en triglicéridos y colesterol, si llevaba una dieta cetogénica completa?». Y él me contestó con otra pregunta bastante directa también: «¿y cómo estaba tu estrés en ese momento?». A lo cual le conteste casi instantáneamente: «¡por las nubes!». Y entonces me di cuenta de que había revisado todas las bases, menos esa. La vi en varias ocasiones, tuve dudas en cuanto a su impacto en los resultados, pero no dimensioné totalmente las grietas que tenía.
Creo que el hecho de estar sumergido en una enorme turbulencia me generó mucha inseguridad en cuanto a la lectura de esa parte específica. No pude revisar las bases de forma objetiva. Tuve que escucharlo de un médico especialista en el tema, para asimilarlo totalmente, y reafirmar lo que había aprendido. De una forma simple, me explicó de qué forma se ve alterada la hormona llamada «cortisol», y los efectos que produce en nuestro cuerpo. Principalmente desbalances a nivel hormonal. Lo más impactante es saber qué cosas pueden provocar picos de cortisol en momentos no habituales de nuestro día. Por ejemplo, un minuto de ira puede provocar un pico de cortisol de hasta cuatro horas. Y si tenemos varios minutos de ira durante el día, no hace falta mucho para deducir cómo puede estar el nivel de cortisol en general.
Así que, al escuchar esa sencilla explicación, pude ver las grietas que había en esa base de mi plan original. Pero eso era solamente una parte de todo lo que tenía que revisar nuevamente. Como he dicho antes, han sido varios meses de aprendizaje obligatorio, de paciencia, y, sobre todo, de mucha fe. Porque lo que empezó como un simple desajuste en niveles de triglicéridos, luego se convirtió en toda una experiencia de vida, de la cual estoy agradecido con Dios. Porque he llegado (nuevamente) a la conclusión, de que nada sucede en nuestras vidas, sin que Él lo tenga bajo su control. Y entiendo que a veces, debemos pasar por ciertas situaciones para levantar nuestros ojos al cielo, y reconocer que somos totalmente dependientes de Él, aunque no lo entendamos. Nos cuesta tanto aceptar que somos infinitamente limitados, que no podemos revertir un «simple» resultado médico.
Es tan difícil para nuestra «limitada» mente, aceptar el hecho de que antes de asimilar que somos personas, somos una creación perfectamente diseñada por Dios. Si comprendemos que Él nos creó, es mucho más fácil pedir de su ayuda para «leer nuestro manual de funcionamiento personal». Encontraremos que Él tiene todas las respuestas que nosotros buscamos inútilmente por nuestros propios medios.
Y esas respuestas se van presentando poco a poco, conforme abrimos nuestra mente, pero, sobre todo, nuestro corazón, a aceptar algunas verdades. Después de aceptarlas, todo parece ir más fácil. Y lo puedo decir con total convicción porque durante los últimos meses Él me ha ido mostrando el camino. No lo he descubierto yo, Él me lo mostró.
Así que voy a tratar de describir el resultado de revisar las bases nuevamente. Y lo primero que debemos aprender es que todas las enfermedades tienen un factor en común: «un desorden». Todas las enfermedades tienen como causa principal, algún tipo de «desbalance» o «desorden» que provoca ciertos síntomas físicos. Y aunque muchas veces escuchemos que alguna enfermedad es producto del «azar», no debemos aceptarlo como una verdad irrefutable. Aceptar eso puede llevarnos a una ceguera que no nos permita revisar todas las bases de nuestra construcción, como en mi caso. ¡Lo digo con total propiedad!
Encontrar este desorden no es fácil. Como repito, vamos a necesitar ayuda divina para poder entenderlo, ya que siempre escapa de nuestro «limitado conocimiento». Y la primera base que deberíamos revisar está dentro de nosotros mismos. No me refiero a todo con lo que alimentamos el cuerpo de forma material. Me refiero a todo con lo que lo alimentamos de forma espiritual. Y esto es algo que vemos muy a menudo en frases motivacionales en cualquiera de las redes sociales. «No podemos cultivar buenas relaciones con los demás, sino podemos ofrecer nuestra mejor versión». Cuando reconocemos con humildad esa parte, empezamos el camino a todo tipo de sanación. Revisar las bases interiores debería ser nuestro primer paso siempre.
Esto es algo difícil de aceptar porque generalmente creemos ciegamente, que siempre estamos ofreciendo nuestra mejor versión. Que no hay reproches ni quejas hacia nosotros. O que cualquier indicio de sugerencia a cambiar nuestra actitud, es solo algo para «molestarnos». Hasta que llegamos a un punto en el que se rompe una relación y tenemos que enfrentar el dolor de evaluar qué fue lo sucedió. O qué cosas son las que pudieron provocar tal ruptura. Nos pasa más seguido de lo que suponemos. Porque dentro de estas «rupturas» no solo tenemos las que se miden por un lapso de tiempo prolongado. Sino que debemos incluir esas «micro rupturas» diarias que nos cortan momentos de felicidad compartida con las personas que nos rodean.
Al revisar detenidamente esa primera base fundamental de nuestra construcción personal, vamos a encontrar muchas cosas que nos van a llenar de una gran felicidad. Como, por ejemplo, encontrar que muchos lazos interpersonales son tan fuertes que pueden soportar momentos de mucha tensión y no romperse. Comprender que muchas veces solo se necesita ceder o dejar de crear esa tensión, es algo muy gratificante y especial. Me siento muy feliz por darme cuenta y reconocer que hay fundaciones en esos cimientos, que son verdaderos soportes. Que sin esos «cimientos» todo sería más difícil de enfrentar.
Volver a reforzar esos cimientos se siente tan bien, que hasta podría afirmar que es parte de la sanación misma. Es parte de una restauración personal necesaria para volver a ordenar lo que pueda estar desbalanceado. Todo lo demás que hagamos a nivel físico o médico, es un complemento. Ahora entiendo mucho mejor que efectivamente somos «Mente», «Cuerpo» y «Alma». Pero a todo eso siempre le hará falta el material que cohesione todo: la Fe. Creo que al agregar eso en la fórmula, cualquier base estará mucho más fuerte para soportar las pruebas a las que sea sometida.
Si podemos lograr un estado de equilibrio interior, todo será mejor. Entendí que una dieta por muy saludable que sea no estará completa si en nuestro interior, hay un desorden espiritual y mental, que contamina todo. Entendí también que por muchos suplementos con los que quiera «fortalecer» la parte física del cuerpo, no hay nada que se pueda hacer si esa contaminación no se limpia primero. Es como regar una planta cada día, en una tierra completamente contaminada.
Así que ahora regreso nuevamente al punto de los buenos propósitos de cada año nuevo. A revisar las bases nuevamente. Pero con una lección muy importante aprendida. Y espero con todo mi corazón, que el aprendizaje de esta gran lección me ayude a completar todo el proceso personal que estoy viviendo. He confirmado que todas las herramientas y conocimiento en cuanto a alimentación y salud son las correctas. También aprendí a reconocer que en la vida todo debe tener un balance especial que nos permita apreciar y valorar cada detalle que se nos presente. Pero, sobre todo, entendí que nada de esto estará completo, sino le agregamos un poco (mucha) Fe. Y ese ingrediente especial solo lo podemos conseguir si genuinamente y de forma personal, dejamos que sea Dios quien nos guíe en cada paso que demos.
