Inicio de un nuevo día. Cinco y veinte minutos de la mañana y ya estoy en fila. Soy el número 6. Valió la pena madrugar para estar entre las primeras personas para esta cita especialmente agendada desde hace tan solo un par de semanas. Aunque parece que fue desde hace más tiempo. La sensación del avance del tiempo puede ser tan subjetiva dependiendo del estado de ánimo de cada uno. Parece increíble cómo puede variar tanto esa percepción, mientras que él sigue siendo el mismo siempre. Un segundo siempre será un segundo, así como una hora, siempre mantendrá su medida, sin importa cómo lo pueda percibir cada uno de nosotros.
Desde niño me enseñaron ciertas normas de convivencia o cortesía, que son básicas en la vida. Quizás cuando las estamos aprendiendo no les damos el valor correspondiente, pero a lo largo de la vida vamos reconociendo y disfrutando de su fruto. Una de esas normas básicas es la de mantener el orden cuando estamos a la espera de algún evento o acontecimiento. Puede ser el ingreso a algún lugar específico, o simplemente cuando esperamos el turno para ser atendidos para algún trámite en particular. En ese entonces, los ejemplos que más recuerdo, eran para ingresar al aula de mi escuela, o para escuchar las calificaciones luego de algún examen. Siempre había que hacer fila.
Quizás a veces se nos olvida lo importante de respetar el orden en determinadas situaciones. Creo que la vida moderna y las prisas a las que estamos sujetos, nos hacen olvidarlo en algunos momentos. Cuando estamos en fila esperando nuestro turno, curiosamente suceden algunas cosas que me llaman la atención. Mientras los turnos anteriores al nuestro van pasando, parece que todo avanza con cierto ritmo o normalidad. Pero cuando falta solo una persona antes que nosotros, el tiempo se detiene. La espera se vuelve casi interminable y da la impresión de que todos los problemas posibles, se le han presentado a la persona que está siendo atendida en ese momento. Se «cae el sistema», «no están completos los formularios», los cajeros necesitan «una autorización», en fin, pasa de todo.
En mi mente «modo operativo de mejora de procesos», empieza todo un análisis de «tiempos y movimientos». Después de un par de turnos de observación, mi cerebro empieza a «evaluar» posibles pasos repetitivos que se puedan eliminar, para reducir el tiempo de espera de cada persona. Por supuesto, ninguna de las posibles mejoras que puedo encontrar se llevará a cabo. Todas las personas siguen en fila de la misma forma, y el proceso en general, no cambia. De hecho, cada uno de esos típicos procesos en los que tenemos que hacer fila, se han mantenido así desde el inicio de los tiempos. Y así seguirán por siempre seguramente.
Pero en mi defensa podría decir que quizás solo sea una forma de distraerme un poco y evitar la monotonía de pensamientos que podemos tener mientras esperamos. Sinceramente quiero pensar de esa forma. Aunque tengo que confesar que varias veces pierdo el control, y la desesperación de no «avanzar» rápido, se apodera de mí. En los últimos meses he tenido que seguir varias filas y a veces los tiempos de espera pueden ser realmente agotadores. Recuerdo algunas veces en las que estuve listo, en fila, a las diez de la mañana, y terminé la jornada a las dos de la tarde. O una muy especial, en la que inicié el proceso a las nueve de la mañana, y salí casi a las tres de la tarde. Fue un lapso de tiempo muy agotador, para tener que esperar solamente que pasaran unas cuantas personas antes que yo.
Y por supuesto que no podría faltar el hecho de ver que alguien quiera «adelantarse» de forma premeditada o irrespetuosa. Esa es una situación que definitivamente lleva al límite mi paciencia mientras espero en fila que llegue mi turno. Creo que todos los que estamos formados en esa fila, merecemos el mismo respeto para ser atendidos. Y, sobre todo, los que se han formado primero con más razón. Se entiende que han hecho un esfuerzo por llegar antes que el resto para tener ese privilegio adquirido de forma natural. Por supuesto que no me refiero a las personas que definitivamente merecen ser atendidas antes que cualquiera, por sus condiciones físicas o de edad, a lo mejor alguna enfermedad, o una situación especial. Es humanamente comprensible que así sea. Mi desagrado es para quienes irrespetuosamente, quieren adelantarse por el simple hecho de no querer esperar o por simple comodidad.
Pero ahora mientras estaba formado en fila, sucedió algo completamente diferente. O, mejor dicho, sucedió algo que me cambió la forma de convivir con ese tiempo de espera especial. Como dije anteriormente, fui de las primeras personas. De forma natural sabía que ya tenía un premio adquirido por el esfuerzo de haber llegado temprano. Al momento de tomar mi lugar en el orden establecido, ya tenía un par de horas de actividad. Mi alarma estaba puesta para sonar a las 3:15 am, pero mi cerebro (que ya he dicho que a veces tiene «voluntad propia») no se pudo esperar, y envió la orden de despertar antes de las tres. Así que, también podría decir que mi ansiedad tuvo recompensa en el hecho de saber que sería de las primeras personas en pasar este día.
No era el día para ningún tipo de observación sobre posibles mejoras a los procesos. Lo supe desde el instante que vi lo cerca que estaba de la entrada al lugar que iba, y lo fui interiorizando al ver casi a todas las personas que se iban formando conmigo. Ahora fue el día para convivir con muchos sentimientos diferentes y sensaciones que definitivamente hacen que la vida sea algo muy especial. No importa el tipo de sentimientos, sino el hecho mismo de convivir con ellos y dejar que nuestra alma los pueda experimentar, aceptar, disfrutar o incluso luchar contra ellos.
Aún estaba oscuro. La poca luz de la luna en estos días se perdía en medio de todas las luces de la calle y de los carros que transitaban ya a esa hora. La ciudad había despertado hace un par de horas, y el tráfico apenas se empezaba a formar. Pero aún en medio de todo ese ruido visual, se podía escuchar cierto silencio en medio de todos los que estábamos en fila. Seguramente cada uno tratando de pasar el tiempo de la mejor forma que le fuera posible. Imaginando situaciones, pensando en posibles escenarios, o quizás solo buscando posibles opciones de mejoras de procesos. Quién sabe.
A mi lado tenía a dos personas muy diferentes. Antes de mí, estaba en fila una señora de edad avanzada. A pesar de su edad, hizo un mayor esfuerzo que yo, puesto que había llegado unos minutos antes. Una gran lección sin lugar a dudas. Porque comprendí que muchas veces no se trata de la edad, sino de la voluntad. Y la voluntad de esa señora, le había permitido llegar a su cita antes que yo. No pude ver su rostro completamente, porque lo tenía cubierto con una mascarilla. A su edad es comprensible que se tomen ciertas medidas de precaución en aglomeraciones así. Solo cruzamos un pequeño saludo de buenos días. Y cada uno tomó su lugar.
A mi izquierda estaba una mujer más joven. De igual forma solo nos saludamos con un ligero «buenos días», y al igual que yo, tomó su lugar para esperar el turno. Todos estábamos de pie y sabíamos que la espera sería de casi una hora, mientras empezábamos a pasar al interior del lugar. Pero de pronto me di cuenta de que ella no estaba esperando su turno. Estaba en fila en lugar de otra persona que no podía estar de pie. Y se siente muy bien cuando podemos apreciar situaciones así y podemos verlas con ojos de bondad y de humanidad. Porque en el caso de su familiar, no era necesario que hiciera esa fila. Seguramente que, al iniciar la atención de personas, sería de los primeros. Pero aun así decidieron respetarnos a todos y hacer entre ambos, una fila para esperar el momento de su ingreso.
Definitivamente no es una fila como las otras. Seguramente a eso se debe que mi mente está en modo «sensible» en lugar del modo «operativo de procesos». Es una energía muy diferente la que se siente en esta espera. El tiempo parece avanzar lentamente, pero sin esa sensación de desesperación. Empiezo a sentir cierta lucha interna entre un sentimiento de rechazo, y un sentimiento de empatía. Ambos mezclados de forma tal que casi podría decir que siento algo en el estómago. Es como una corriente que poco a poco me invade completamente y me hace ver la vida de forma muy especial. No puedo describirlo en este momento.
Solo pude levantar un poco la mirada al cielo para respirar profundamente. No estaba buscando la poca luz de la luna de este día. Ni estaba admirando las estrellas. Solo trataba de contener alguna lágrima que quería escapar de mis ojos. Es esa energía nuevamente que recorre todo el ambiente. Solo se oyen susurros de personas que hablan entre sí algunas cosas. Pero si continuaba con la mirada hacia abajo o hacia el frente, no iba a poder contenerlo. No sé qué me pasa realmente. Bueno, si lo sé. Siento muy dentro de mí esa lucha interna que va y viene a cada instante. Una lucha que parece ser especialmente más fuerte este día.
De pronto empiezo a sentir cierto calor. Es extraño porque hasta ese momento todo se sentía muy fresco por el ambiente de la mañana. Eran las cocinas de los puestos ambulantes de comida que estaban frente a nosotros, los que ya tenían sus cocinas con la temperatura óptima. Volví a bajar la mirada y un rico olor llegó a mis sentidos. Por su puesto que sabía de qué olor se trataba. Plátanos y frijoles fritos, café caliente, chocolate, y pupusas. De todo tipo. De no haber sido porque vi cómo esos deliciosos plátanos estaban completamente sumergidos en aceite vegetal (vean lo dañinos que son), seguramente hubiera caído en sus garras y me hubiera comido varios en unos minutos. Eso sin pensar mucho en cuántas veces podría haber sido usado ese aceite antes de ser cambiado.
De todas formas, eso no parecía importarles a muchas personas. Poco a poco empezaban a salir los pedidos de varios platos, café o chocolate caliente. Cada quien trataba de pasar el rato como mejor podía. Algunos aprovecharon para desayunar a esa hora. Tampoco podía criticar mucho porque sinceramente ya empezaba a sentir hambre yo también. Quizás me lo pensé mucho. No pedí al menos una taza de café caliente, o una taza de chocolate. Realmente olían delicioso.
Respiré profundamente otra vez y en un movimiento natural o de un reflejo de mis ojos, pude ver a las dos personas que estaba a mi lado (una a cada lado). Ambas continuaban muy calladas, como con la mirada fija en algún punto. Parecían completamente absortas en sus propios pensamientos. Sentí algo de curiosidad por imaginar qué motivos las podrían tener este día a la par mía, en fila. Pero ese pensamiento de confusión dentro de mí volvía a aparecer. Es como un rechazo al hecho mismo de tener que estar en esa fila esperando mi turno para esta cita especial. Y a la vez un sentimiento de empatía con todas las personas que estábamos por motivos similares. La balanza empezaba a inclinarse.
De pronto, alguien preguntó por el tipo de «trámite» que estábamos esperando. Muy amablemente otra persona empezó a explicar que no todos los procesos se atenderían en esa fila. Había otro tipo de situaciones para las que era necesario estar formados en otra fila, unos metros más lejos de donde estábamos. La persona que estaba a mi izquierda se quedó muy atenta a lo que escuchaba, y empezó a preguntar más sobre esa diferencia de filas. Y luego de comprender que había estado varios minutos en la fila equivocada, tuvo que retirarse a la fila correcta.
Junto con ella iba su familiar que no podía estar de pie. Se me hizo un nudo en la garganta cuando imaginé que el esfuerzo de ambos ese día, no había dado el fruto que sin duda ellos esperaban. Cuando llegaran a la nueva fila, seguramente no iban a tener el lugar privilegiado que con tanto esfuerzo habían mantenido hasta esa hora. Dentro de mí, la balanza ya estaba inclinada completamente. ¡Había ganado la empatía! ¡Gracias Dios, que así fue! Muy dentro de mí quería que así fuera. Sabía que así iba a ser. Pero últimamente no he podido evitar esa lucha al pensar que podría haber evitado todas esas filas anteriores. Sentí un poco de paz, al saber que seguramente cuando ellos llegaran a la nueva fila, iban a recibir un puesto preferencial en la nueva fila. ¡Sé que así fue!
Finalmente es el momento de entrar. La espera terminó y este «trámite» debe continuar. Esta vez la espera me ha servido para reafirmar muchas cosas. Cada vez me sorprendo más de lo hermosa que es la vida en toda su plenitud. Porque a pesar de las situaciones difíciles que podamos pasar, siempre encontramos lecciones o situaciones que nos motivan a seguir adelante. Siempre tenemos la oportunidad de valorar con una medida diferente, nuestra situación en comparación con la de otras personas. Hace unos días escribí una publicación titulada «Un rompecabezas», precisamente para describir un poco cómo se parece nuestra vida a ese pasatiempo. Ahora imaginé a muchas personas tratando de buscar piezas de su propio rompecabezas en el mismo lugar en el que yo trato de encontrar las piezas que necesito para ir completando el mío.
En algunos momentos me he sentido ahogado en mi vaso. Pero ahora pude ver que mi vaso no tiene ni siquiera una gota de agua, comparada con los vasos de las personas que pude ver ahora. Quizás necesitemos estar en medio de situaciones así, para aprender las más hermosas lecciones de vida que podamos atesorar en nuestros corazones, para realmente crecer como personas. Quizás debemos «hacer trampa» y forzar siempre la balanza interna para que gane la empatía hacia los demás. No solo se trata de «sentirnos bien» por el hecho de comprender las situaciones extremas de las demás personas. Es el hecho mismo de que sinceramente nuestra alma se alimenta de forma positiva cuando lo hacemos.
Este día mi «trámite» valió la pena. Encontré algunas piezas de las más importantes para armar mi rompecabezas personal. Tengo en mis manos una pequeña parte del cuadro final y siento muy dentro de mí, que este es el camino correcto. Siento una profunda sensación de libertad y mucha alegría. Es una pequeña victoria que me llena de energía para continuar en esta nueva ruta de la que he hablado antes. Siento haber recibido una nueva dosis de fe, de amor, de alegría, de oxígeno.
Desearía que esta pequeña victoria mía, se pudiera convertir en una muy grande, en una enorme victoria, para todas las personas con las que compartí un momento muy especial en medio del silencio de esta mañana en ese lugar. Desearía poder compartir parte de esa dosis de fe y de amor recibido este día, con tantas personas como me fuera posible. Quisiera poder compartir una parte de las piezas de mi rompecabezas para que cada una de esas personas, pueda completar el suyo. Sé que eso es algo imposible, pero sinceramente, este día ese es mi deseo. ¡Deseo con todo mi corazón que así sea!
