Blog Enjoy the Silence

El lugar perfecto para poder escuchar nuestra voz interior

Turbulencia inesperada

Y, cuando menos lo esperaba, me encontré con una turbulencia inesperada que me hizo forzar un aterrizaje de emergencia. Claro que estoy hablando de forma metafórica. Trato de enlazar este capítulo, con el que escribí anteriormente sobre mi vuelo sin escalas. Para referirme al tipo de alimentación que decidí implementar a inicio de este año. La verdad es que la turbulencia ha sido tan grande, que no puedo imaginarme algo diferente para describirla. La mejor comparación que puedo hacer es con la de un aterrizaje de emergencia obligado por las circunstancias.

De hecho, la descripción que voy a utilizar es la mejor posible. Porque en un vuelo no nos percatamos absolutamente de nada que tenga que ver con la ruta. Tampoco podemos ver ningún detalle relacionado con las condiciones de vuelo. Prácticamente desde que iniciamos, hasta que llegamos, viajamos en un medio de transporte espectacular, pero que es guiado por alguien más. Solamente nos damos cuenta de algo diferente, cuando sentimos esos fuertes movimientos en las alas, que nos hacen recordar cualquier viaje por una carretera en malas condiciones. O más bien en pésimas condiciones.

Durante un vuelo, las condiciones «estables» para poder disfrutar del viaje, son mucho más abundantes, que los problemas que podemos tener durante él. A menos que una turbulencia inesperada nos despierte súbitamente, que nos recuerde a alguna película trágica de un accidente aéreo. Que, por cierto, debe ser algo escalofriante tan solo de imaginarlo.

Mi referencia anterior sobre el vuelo sin escalas era precisamente para describir que el viaje era «estable». Era un viaje largo, pero sin incidentes. Era un viaje en el que solo hacía falta «disfrutar» de las condiciones de ese momento. Y la referencia personal que tenía, eran algunas mediciones biológicas que compartí en su momento. No digo que las lecturas estuvieran mal, porque de hecho las lecturas eran muy buenas. Los indicadores en los que me había concentrado hasta ese momento son básicos para cualquier análisis. Tampoco es que estuviera leyendo datos equivocados. No había forma de que algo estuviera mal.

Pero vino una turbulencia inesperada en forma de exámenes rutinarios que le dieron vuelta totalmente, a los sentimientos que tenía hasta entonces. De un viaje placentero y estable, pasé en cuestión de días, a un viaje de angustia, preocupación, y una elevada ansiedad emocional. Podría decir que entre ese capítulo y lo que escribo ahora, no pasaron solo unas cuantas semanas, sino años. Así de largo he sentido este espacio de tiempo en medio de la turbulencia. Posiblemente mi vuelo entró en medio de una fuerte tormenta que, sin imaginarlo, se convirtió en la «tormenta perfecta» para la ansiedad y el estrés.

Y este invisible e indeseable amiguito es el responsable intelectual de mi «turbulencia inesperada». Dicen que no se puede enseñar algo sobre lo cual no se tiene el conocimiento suficiente. Así que de alguna forma creo que tenía que pasar por esto para poder comprenderlo totalmente.

El estrés es algo de lo que todos hablamos casi a diario. Lo tenemos tan presente en nuestras vidas, nos quejamos de él, creemos que es dañino, pero no lo podemos ver. Incluso podría decir que también nos cuesta sentirlo. Porque estamos tan acostumbrados a los síntomas que puede producir, que ya nos parece algo «normal» en nuestras vidas. Y quizás por eso, es que este personaje sea tan «escurridizo» y nos cueste tanto identificarlo en momentos puntuales. A mí me tomó un par de meses asimilarlo completamente. Y no fue sino hasta que mi cuerpo envió las lecturas de lo que tenía por dentro, a través de los exámenes médicos.

Como les decía, el golpe inicial llegó en forma de turbulencia. Fue algo que llegó de repente y sin aviso alguno. Cuando creía que todo estaba bien, llegó la sorpresa de que no era así. Más bien había algunas lecturas a las que había que prestarles bastante atención. Fue como si el GPS dijera que me encontraba en un lugar, pero en realidad estaba en otro totalmente opuesto. Y poco a poco se empezó a formar una «bola de nieve«, pero de sensaciones cada vez más negativas. El estrés fue el combustible perfecto para esta tormenta perfecta.

Empecé este año con la firme convicción de cambiar totalmente y de una vez por todas, mis hábitos alimenticios. Y decidí llevar una dieta cetogénica, basada en el consumo de grasas naturales y animales, proteínas, y bajo consumo de carbohidratos. El consumo de carbohidratos que incluí fue el de los vegetales y alimentos naturales. Suprimí por completo el consumo de azúcares, harinas y cualquier tipo de alimento procesado. Eliminé de mi dieta cualquier tipo de pan, postres, y todo lo relacionado con alimentos que elevan los niveles de glucosa en el cuerpo y que ocasionan picos de insulina. Puedo decir con una gran satisfacción personal, que logré el objetivo de llegar a un consumo de ¡cero azúcares! Nada podía salir mal.

Pero no vi el ataque de ese enemigo letal e invisible llamado estrés. Como decía, a veces nos acostumbramos tanto a «no sentir los síntomas» que los ignoramos por completo. A la carga emocional que podría considerarse como «normal» en cualquier trabajo, se le empezaron a sumar condiciones personales específicas. Ya de por sí, el hecho de convivir con rutinas de trabajo de alta exigencia diaria es bastante complicado. Los horarios de trabajo, las actividades, los proyectos que van saliendo y la misma autoexigencia personal, son generadores de ansiedad. El tiempo para poder «desconectarnos» del trabajo, y poder disfrutar de otras actividades es cada vez menor. Si es que se puede realmente «desconectarse» del trabajo. Porque en mi caso es como una utopía imaginarlo.

Tampoco imaginé completamente, la carga de tensión que originó la despedida de un familiar. Me refiero a una de esas despedidas que sabemos que llegarán, pero que deseamos que nunca lleguen. Aunque era una persona ya grande de edad, el hecho de convivir en esos últimos instantes de vida, hacen que el sentimiento de dolor sea aún mayor. Esa mezcla de pensamientos y sentimientos encontrados que se debaten entre la negación a ver partir a alguien, con el deseo humano de evitar el sufrimiento, es algo que aumenta los niveles de estrés. No me queda ninguna duda de eso en este momento.

Mezclado con ese capítulo, venía otra carga pesada de llevar. Algo a lo que voy a llamar «tensiones familiares» del núcleo más íntimo que podamos tener. De ese tipo de situaciones en los que nos sentimos literalmente entre la espada y la pared. En medio de la diferencia de sentimientos de dos personas que amo profundamente, sin saber qué hacer o qué decir a cada una de ellas. Sintiéndome impotente para poder sanar el dolor que cada una llevaba por dentro. Y sintiendo que no tenía las respuestas adecuadas en muchos momentos. Porque, aunque nos digan que no podemos resolver la vida de nadie, es muy difícil no desear hacer algo más para solucionar algunos problemas.

Canalizar o tratar de absorber la energía negativa que inevitablemente generaba ese tema familiar, fue algo que también se sumó a la carga de estrés. Como dicen, era una gota más de agua para llenar el vaso. Quizá no se trataba de una turbulencia inesperada, sino más bien de una turbulencia que no imaginé que podría llegar a tal magnitud.

A todo lo anterior vamos a sumarle algunas «decisiones personales» que se presentaron en forma de proyectos emocionantes, o de actividades que se suponía que iban «complementar» un mejor balance emocional. Como una especie de proyectos personales para no tener toda la atención en los problemas del trabajo diario. Pero ahora me pregunto: ¿a quién se le puede ocurrir tan brillante idea? ¿Agregarle problemas de trabajo de un proyecto familiar a los problemas del trabajo diario?

Se supone que la idea debe ser disfrutar lo que hacemos y poder aprovechar el tiempo de mejor forma en las actividades que realmente amemos. Al menos eso creía haber entendido luego de leer el libro «La Bolsa o la Vida«. Incluso he escrito un poco sobre eso. Creí haber entendido el mensaje, pero evidentemente aún no es así. Aunque en realidad hubo una motivación muy especial (la sigue siendo, y siempre lo será) cuando decidimos empezar todo ese proyecto familiar. El hecho es que al final solo agregó más tensión a la tensión que ya venía acumulada. Y el amigo estrés estaba feliz de todo lo que se estaba alimentando.

Olvidé por completo que uno de los pilares para el éxito de la paz interior y la buena salud es precisamente mantener los niveles de estrés muy bajos. Pero como es algo que no se ve, no se mide y no se conoce realmente, es muy difícil saber cuánto es mucho y cuánto es poco. Y el detonante mayor al que le he llamado «turbulencia inesperada», fue el resultado de exámenes que se suponía que eran de rutina.

La lectura inicial mostró que todo lo que suponía que debía salir bien, estaba mal. Sentí una gran decepción, no puedo negarlo. Sentí una gran frustración al pensar que todo el trabajo y el esfuerzo de meses había sido inservible. Pero más allá de la frustración y decepción, el hecho es que también llegó una gran preocupación. Una turbulencia inesperada en forma de resultados de exámenes médicos. Aunque eso lo dejaré para otro capítulo.

No había comido azúcar en ninguna presentación o tipo imaginable. Mi dieta no incluía ningún alimento ultra procesado, nada de harinas o pan. Todo estaba fundamentado en proteínas, grasas y vegetales, además de un consumo abundante de agua. ¿Cómo era posible que mis niveles de triglicéridos estuvieran altos? ¿Cómo era posible que la distribución del colesterol HDL y LDL estuviera totalmente opuesta? Era algo que no podía entender sinceramente. Y hubo necesidad de más mediciones que fueron dando datos más precisos y confusos a la vez.

Por ejemplo, los niveles en los que se supone que debe funcionar la glándula tiroides no eran tampoco los normales. De la misma forma me pregunté ¿cómo era eso posible? Me rehusaba a creer que el nivel de estrés era tan alto que había llegado a ese tipo de distorsión hormonal (¡a menos que fuera andropausia!) Pero obvié una lección importante en todo este proceso de aprendizaje alimenticio. Y es el hecho de que efectivamente el estrés es muy dañino. Tanto como el consumo excesivo de azúcares y carbohidratos refinados. Es tan dañino que puede afectar directamente nuestra tiroides y hacer que altere por completo la producción de componentes en nuestro cuerpo. Es así de evidente. Porque sin consumir alimentos que eleven los triglicéridos, los míos estaban demasiado altos. A nivel alimenticio no había mucho donde equivocarse. ¡O, quizás sí!

No tomé en cuenta un principio fundamental del estado de cetosis en el cuerpo. Y es el hecho de que, durante este estado, el cuerpo se somete a un estrés natural, que hace que el cuerpo consuma la grasa almacenada (sus reservas) porque entiende que está en una situación extrema. Las bondades de la dieta cetogénica se volvieron en mi contra. No porque sea algo dañino, porque creo firmemente que no lo es. Sino porque es parte de la misma naturaleza humana. Es imposible estar en un estado completamente balanceado toda la vida. Porque como en mi caso, cuando debía estar lo más tranquilo posible, llegaron situaciones externas que aumentaron el nivel de estrés en mi cuerpo, dando como resultado que algo que es bueno, se volviera dañino en ese momento.

Cómo suele suceder, obvié consejos o críticas hacia el tipo de alimentación que estaba llevando porque ante mis ojos eran mucho más los beneficios que cualquier posible daño. De hecho, no veo aún ningún daño posible, si solo tomamos como referencia la alimentación. Pero lo que si he aprendido en este proceso, es que no solo comemos alimentos, sino que también nos alimentamos de emociones. Y así como hay emociones muy ricas para nuestro cuerpo, también hay otras que pueden ser muy malas. Y también debemos prepararnos para evitarlas lo más que podamos.

Al final la turbulencia inesperada, no creo que fuera inesperada. Más bien ha sido una turbulencia no identificada a tiempo. Y aún no salgo completamente de ella (aunque espero encontrar el rumbo nuevamente). Hay algunas cosas que en este momento debo entender y asimilar personalmente. Pero he podido identificar claramente a un enemigo silencioso y dañino en nuestras vidas. Y por el momento me quedo con esa lección de vida. Aunque no tenga un rostro claro, si he podido identificar a este camaleón que se disfraza de muchas formas, para atacar nuestro cuerpo sin que lo podamos prevenir completamente.

Aprendí que es mejor saber contra qué enemigo nos enfrentamos realmente. Aprendí que «se puede salir de cualquier situación con una mente tranquila y que nuestro cuerpo, sana y se recupera más rápido». ¡Por eso amo mi frase personal! (aunque a veces cueste vivirla plenamente)

«Un día a la vez«

“Hola, oscuridad, mi vieja amiga. He venido a hablar contigo de nuevo. Porque una visión arrastrándose suavemente. Dejó sus semillas mientras dormía. Y la visión que se plantó en mi cerebro. Todavía está. Dentro del sonido del silencio. En sueños inquietos, caminé solo. Calles estrechas de adoquines. Bajo el halo de una farola. Giré mi cuello hacia el frío y la humedad. Cuando mis ojos fueron apuñalados por el destello de una luz de neón. Que partió la noche. Y toco el sonido del silencio. Y en la luz desnuda vi. Diez mil personas, tal vez más. Gente hablando sin hablar. Gente oyendo sin escuchar. Gente escribiendo canciones que las voces nunca comparten. Y nadie se atreve. Perturbar el sonido del silencio. Tontos, dije yo, ¿no sabéis?. El silencio crece como un cáncer. Escucha mis palabras para que pueda enseñarte. Toma mis brazos para que pueda alcanzarte. Pero mis palabras cayeron como gotas de lluvia silenciosas. Y resonó en los pozos del silencio. Y el letrero destellaba su advertencia. En las palabras que se estaba formando. Y el letrero decía: Las palabras de los profetas están escritas en las paredes del metro. Y pasillos de viviendas. Y susurró en el sonido del silencio”

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“Hola, oscuridad, mi vieja amiga. He venido a hablar contigo de nuevo. Porque una visión arrastrándose suavemente. Dejó sus semillas mientras dormía. Y la visión que se plantó en mi cerebro. Todavía está. Dentro del sonido del silencio. En sueños inquietos, caminé solo. Calles estrechas de adoquines. Bajo el halo de una farola. Giré mi cuello hacia el frío y la humedad. Cuando mis ojos fueron apuñalados por el destello de una luz de neón. Que partió la noche. Y toco el sonido del silencio. Y en la luz desnuda vi. Diez mil personas, tal vez más. Gente hablando sin hablar. Gente oyendo sin escuchar. Gente escribiendo canciones que las voces nunca comparten. Y nadie se atreve. Perturbar el sonido del silencio. Tontos, dije yo, ¿no sabéis?. El silencio crece como un cáncer. Escucha mis palabras para que pueda enseñarte. Toma mis brazos para que pueda alcanzarte. Pero mis palabras cayeron como gotas de lluvia silenciosas. Y resonó en los pozos del silencio. Y el letrero destellaba su advertencia. En las palabras que se estaba formando. Y el letrero decía: Las palabras de los profetas están escritas en las paredes del metro. Y pasillos de viviendas. Y susurró en el sonido del silencio”

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Conoceme

Mi nombre es Luis Rodríguez.
Este pequeño espacio al que he llamado Enjoy the Silence, o Disfrutar del Silencio, ha nacido de una forma espontánea. Llegó casi sin pensarlo, como una idea que vino de pronto. Y de inmediato se convirtió en una forma de expresión muy personal en muchos sentidos de mi vida. Surgió como respuesta a una simple pregunta: ¿qué es lo que realmente te gustaría hacer, aunque no recibieras ningún pago por hacerlo?