Un día martes 11 de abril del año 2000 a eso de las 7:30 pm, el «Emoticon» y yo ganamos nuestra mejor partida del juego Tres en Línea. Fue un momento muy especial. Ya anteriormente he mencionado que me refiero al juego «X-0» que solíamos jugar de niños, y quizás aún ahora que ya no lo somos tanto.
Ese día nos sentimos increíblemente felices, emocionados, casi sin palabras al ver a esa personita pequeña que acababa de nacer y que sería el complemento perfecto para formar nuestra familia de tres. Realmente fue una sorpresa. No sabíamos si sería niño o niña, nunca pedimos saberlo de forma anticipada. No recuerdo muy bien en qué momento lo decidimos de esa forma, pero el hecho es que ambos asumimos que no queríamos saberlo. Queríamos que fuera una sorpresa total para ambos y para nuestra familia. Queríamos que fuera un momento especial.
Eso sí, Iche (como le decimos de cariño a nuestro hijo) fue pedido a la carta. Como si se tratara de un pedido especialmente encargado con todos los detalles posibles desde el inicio. Antes de que él llegara a nuestras vidas, había dos niñas que alegraban la casa. Eran las sobrinas que se habían adelantado a su llegada un par de años antes, y que, hasta ese momento, «reinaban» como las «consentidas» de la familia. Posiblemente nos ayudaron a prepararnos como padres para la llegada de Iche. Solíamos jugar con ellas o llevarlas de paseo a cualquier lugar. Bueno, hasta este día sigue siendo de esa forma. Fue como nuestro entrenamiento intensivo. Entrenamiento que nunca es suficiente para la verdadera tarea de ser padres a tiempo completo.
Una tarde cualquiera, en medio de una plática existencial de las que solíamos tener el «Emoticon» y yo, empezamos a imaginar cómo sería el bebé que venía en camino. Había que completar el movimiento final para ganar el «Tres en línea». Empezamos a decir en voz alta varias características físicas y de carácter, que nos gustaría que tuviera nuestro bebé. Y así empezó el «pedido a la carta». Si es niña quisiera que tuviera estos rasgos, decía el «Emoticon«. Pero si es niño, yo quisiera que tuviera estas características, decía yo. Casi que íbamos detallando cada aspecto en forma alternada. Incluso las características de su personalidad las tratamos de imaginar en ese momento.
Teniendo en mente cómo eran las sobrinitas, así tratamos de imaginar cómo nos gustaría que fuera el bebé que esperábamos. Y la decisión final fue que nos gustaría que fuera como «una mezcla» de ambas. ¡Y así fue! Muchos años después de ese momento, empezamos a ver cómo se desarrollaba en su niñez y adolescencia, y efectivamente fue un pedido a la carta.
Pero regresando al momento de la petición especial, el punto que siempre recordaré fue cuando el «Emoticon» pidió el sello de la casa. Recuerdo más o menos sus palabras de esta forma: «Señor, y si pudieras concederme el gusto de que tuviera este lunar (y se señaló su propio lunar), me gustaría que también lo tuviera nuestro bebé». Creo que tuve que haber dicho algo más en ese momento, para que también tuviera «mi sello». Pero en ese instante no lo imaginé de esa forma. No sabía que aquella petición que hicimos de forma espontánea pero sincera y con muchísimo amor, estaba siendo escuchada por Dios.
Tan solo unas semanas después de su nacimiento, el famoso lunar empezó a verse más claramente en su carita. Y por supuesto el «Emoticon» hacía de las suyas con todo su repertorio de gestos, con la enorme alegría que sentía. Pero no solo fue el lunar. En realidad, Iche se empezó a convertir en un «hermoso clon» de su mamá. Tanto así que por momentos me parece estar viendo doble. Les encanta hacer los mismos gestos para atormentarme con sus enormes ojos y su risa particular. A veces parecen como dos gotas de agua al ver fotos de ambos con la misma edad. Es algo realmente especial.
Aquel 11 de abril cuando lo vimos por primera vez, nuestros corazones se enternecieron para toda la vida. Tuve la oportunidad de estar en el momento que nació y también pude sobrevivir a las garras del «Emoticon» que se incrustaban en mis brazos, cuando estaba en los últimos segundos para dar a luz. No puedo describir el momento cuando lo vi en las manos del doctor. Bueno, realmente lo cargó con una sola mano, mientras con la otra cortaba el cordón umbilical. «¡Es un varón!», fue lo primero que dijo el doctor. Y nos vimos inmediatamente los dos y empezamos a llorar con esa mezcla de alegría, emoción, ansiedad, felicidad, y de dolor, mucho dolor en el caso de ella por supuesto. Porque fue un niño muy grande y le costó un poco sacarlo del molde.
Cuando el pediatra preguntó: «cómo se va a llamar el niño?», inmediatamente le dije mi nombre. No había opción de que el «Emoticon» dijera que no. Ni siquiera podía hablar la pobre, así que me aproveché. A pesar de que también el nombre lo habíamos previamente acordado. Ya teníamos los posibles nombres en el caso que fuera una niña, o que fuera un niño. En realidad, no es que lo haya modificado mucho. Podría decirse que, aun con el cambio de nombre de último momento, no estamos «a mano», porque el hecho de que sea un clon de ella inclina la balanza desproporcionalmente.
Antes de prepararme para ingresar a la sala de parto, casi me pasa lo que más deseaba evitar: perderme el momento especial del nacimiento. Recuerdo que unas enfermeras me dieron varias «bolitas» de accesorios que debía ponerme, antes de ingresar a la sala. Eran guantes, gorro, mascarillas, cobertores para zapatos, y una bata quirúrgica para poner todo sobre la ropa que llevaba. Sin pensarlo, solo se me ocurrió la brillante idea de «abrir» todas las bolitas y ver qué eran. No se me pudo ocurrir, que quizás, pudiera existir la posibilidad de que se fueran a intercambiar o se confundieran y no supiera qué era cada cosa.
Justo cuando estaba tratando de descifrar el rompecabezas escuché el llanto de un bebé adentro de la sala. ¡Casi me muero! Solo pensé que me había perdido el momento que precisamente deseaba no perderme jamás. Pero una de las enfermeras me tranquilizó al ver mi cara pálida, cuando me dijo que se trataba de otro bebé que estaba naciendo en ese momento. Aún tenía tiempo de vestirme para la ocasión. Así que, nada podía salir mal nuevamente. O quizás sí. Porque cuando ingresé a la sala los doctores se sonrieron un poco al verme. Yo no sabía por qué. No me había dado cuenta de que en lugar del gorro me había puesto una zapatera, y que mi zapato estaba cubierto por el gorro. Pero no importaba, al menos ya estaba adentro y listo para ver la llegada de Iche.
Como decía al principio, a partir de ese día nuestras vidas cambiaron por completo. Ya no éramos dos, ahora ya éramos tres. Los tres en línea de la partida que empecé a contarles en el capítulo anterior. Ver a Iche crecer cada día ha sido una experiencia simplemente maravillosa. Desde los primeros gestos, sus risas, sus llantos, verlo dormido, verlo despierto, sus primeros pasos, en fin, cada etapa ha sido única. Hemos sido realmente bendecidos con un hijo maravilloso, especialmente amoroso, y sumamente sabio a pesar de su edad. Siempre fue justo lo que habíamos pedido aquella tarde. Fue nuestro regalo especial y nuestro pedido a la carta. Definitivamente que su llegada fue un momento muy especial.
Cuando lo hemos visto enfermo hemos sufrido y llorado. Pero cuando lo hemos visto triunfar y crecer, nuestro corazón podría explotar de la alegría. A pesar de haber pasado por momentos difíciles, Iche siempre ha sido nuestro complemento perfecto. Es como la mezcla de ambos, pero en el «envase clonado» de la mamá. Al menos se parece a mí en el nombre. Algo tenía que dejar como mi sello también. Y menos mal que se me ocurrió hacerlo en el momento justo.
Por razones que solamente Dios comprende, somos una familia de tres. Hubo una época en la que, como todo niño, empieza a preguntar por hermanitos. A pesar de tener a sus primitas cerca, creo que el instinto le pedía en su mente, un poco de explicaciones sobre eso. Y en nuestros planes estaba tener una familia un poco más grande digamos. Pero como repito en los planes de Dios estaba que nos debíamos quedar como una familia de tres. Luego de pasar por una triste pérdida, al «Emoticon» se le ocurrió la mejor de las ideas para sobre llevar la enseñanza que Dios nos preparó en la vida para nuestro hijo.
Un día empezó a coleccionar figuritas de cerámica muy pequeñitas en forma de animales. Eran figuritas de varias especies de animales. Pero ella coleccionaba todas aquellas en las que hubiera solo tres de la misma especie, es decir familias de tres. Así fue coleccionándolas y le explicaba con amor a Iche, que había muchas familias más como la de nosotros. Que había familias numerosas, y había familias pequeñas. Y así, con ese amor de madre, le ayudó a superar la etapa del deseo de tener más hermanos.
Además, el hecho de empezar a dimensionar que toda la atención y recursos disponibles serían únicamente para él, pues creo que ayudó bastante también. Incluso el hecho de tener a sus primitas realmente cerca y que crecieran como si fueran hermanos, fue también una bendición. Podía jugar con ellas cuando quisiera, y si se enojaban, cada quien se iba a su casa. No pasaba nada.
Así fueron pasando los años, coleccionando recuerdos de toda su vida y sirviendo de pilar especial para nosotros en cada momento. Cada logro en su vida nos ha llenado de emoción. Y ahora que es todo un adulto, lo vemos y no nos lo creemos. A veces simplemente me quedo viéndolo y recuerdo a aquel bebé que cargué en mis brazos. Cómo ha cambiado aquella personita que podía sostener en una sola mano. Ya no puedo sostenerlo de la misma forma, pero en mi mente siempre será el bebé que vi nacer aquella noche.
Nuestros planes sin duda alguna siempre están enfocados en él. Para nosotros sigue siendo el niño que cuidábamos en sus primeros pasos, o el niño que veíamos correr por la casa. No importa cuántos años más puedan pasar siempre será de esa forma. Y sé que posiblemente esto sea igual de especial en su momento para todos los que son padres. Pero cada uno de nosotros lo siente y lo vive de diferente forma. Así como el hecho de sentir inevitablemente la comparación de ser padre e hijo a la vez. Es imposible no recordar cómo era nuestra vida o relación con nuestros padres a la edad que tienen nuestros hijos, y sacar profundas diferencias o marcadas similitudes.
Hablo por los dos al decir que nos sentimos profundamente orgullosos de Iche. Posiblemente hemos tenido instantes en los que llega la duda sobre nuestra propia capacidad para educarlo o guiarlo en la vida. Pero al ver la forma en la que se desenvuelve en la vida y su forma de ver las situaciones, nos queda la tranquilidad de saber que es una persona completamente funcional como dicen hoy en día. Su pensamiento sobrio y analítico a la vez, le permiten tener un juicio muy sabio sobre situaciones que podrían parecernos muy complejas.
Es nuestro consejero en asuntos familiares o proyectos que deseamos hacer. Es nuestro apoyo en tareas básicas cuando lo necesitamos. Y como dije anteriormente, también es nuestra alegría diaria. Sobre todo, cuando hace uso de su particular sentido del humor. Seguramente habrá quien se confunda con su primera impresión.
Este día en particular, es de mis días especiales durante el año. Es una fecha marcada en la memoria y en el corazón del «Emoticon» y del mío. El recuerdo de quienes han partido coincide exactamente con esta fecha. Algo que también hace de este día, un momento especial. Pero como he dicho anteriormente, creo que en la vida hay que valorar el momento actual, dar gracias por lo que ha pasado, y ver el futuro con optimismo siempre. En nuestro caso el optimismo con el que nos gusta imaginar a Iche es un futuro pleno, lleno de recuerdos que puedan quedar en su mente y su corazón para siempre. Recuerdos que lo alienten a seguir adelante y le permitan tener siempre presente, cuánto lo amamos, y cuánto hemos disfrutado de su compañía a nuestro lado, desde que lo vimos por primera vez.
PD: Para Iche con todo nuestro amor. ¡Te amamos hijo!
