Cuando era niño solíamos jugar a las «escondidas» con todos mis amigos de infancia. Posiblemente sea uno de los juegos más conocidos por todos. Yo recuerdo una frase muy particular, con la cual la última persona en ser encontrada podía «salvar» a todos los que fueron encontrados previamente. Bastaba con decir «salvado para mí y para todos mis amigos». Todos tenían la esperanza de que el último pudiera salvarlos de pasar a ocupar el puesto de «buscador» en la siguiente ronda. Había rondas muy emocionantes que nos hacían perder la noción del tiempo. Podíamos pasar toda una tarde jugando sin darnos cuenta del tiempo transcurrido.
El juego de las «Escondidas» o «Escondite» seguramente nos trae muchos recuerdos y nostalgia de momentos vividos en nuestra niñez. Era uno de esos juegos en los que entre más participantes se incorporaran, más emociones se podían esperar. No importaba si el grupo se formaba con amigos del grupo cercano a nosotros, o con niños de «otros grupos» vecinos a nuestra calle. Era una forma divertida de poder integrarnos y compartir con más niños o jóvenes de nuestra edad. Siempre abundaba la emoción, risas, estrategia, y hasta alguna rencilla infantil, luego de discutir acciones dudosas que bien hubieran merecido la intervención del «VAR», para resolver el conflicto.
Cuando recuerdo aquellos días, me es imposible no sentir nostalgia por aquellos momentos que vivimos y que lamentablemente no se repiten en la vida. Creo que todos los que lo jugamos en algún momento de la vida, podríamos coincidir en que son experiencias únicas que vale la pena recordar. Pensar en estrategias sobre como jugar en cada ronda, era algo también muy especial. Había quienes preferían apostar todo a ser los primeros en «salvarse». Mientras que otros jugaban a ser «salvadores» de todo el grupo y poder gritar a toda voz: «salvado para mí y para todos mis amigos». Sin importar el rol que nos tocó desempeñar, la experiencia seguía siendo única.
Era como una forma de fortalecer los lazos de amistad, sin pensar en ningún tipo de prejuicio acerca de quiénes podrían ser nuestros nuevos amigos. Si tan solo pudiéramos jugar de la misma forma ahora, seguramente que este juego sería incluido en cualquier taller de coaching para fortalecer nuestras relaciones en el trabajo. Lamentablemente ya no tenemos la misma disposición natural de aquellos días, para abrir nuestra mente y simplemente dejarnos llevar por la emoción de ser niños otra vez.
A veces me he sentido confundido sobre el concepto de lo que entiendo como «amistad». Quizás en este último año es cuando pienso que en realidad no era tan complicado de entenderlo, o de recordarlo. Solo era cuestión de ordenar un poco cada sentimiento y comprender que en la vida todo tiene su momento y su tiempo. Creo que muchas veces nos confundimos con ese lindo sentimiento que llamamos amistad, y no lo valoramos totalmente. A veces no nos damos cuenta de que es algo que simplemente nos sobrepasa y que es más grande de lo que podemos imaginar.
En las últimas semanas tuve la dicha de poder reunirme con un grupo de amigos muy especial. Y al estar reunido con ellos, recordando anécdotas de universidad, me di cuenta de que soy una persona muy afortunada, porque tengo una cantidad enorme de amigos. Y estoy seguro de que también cada uno de ustedes, tiene una enorme cantidad de amigos sin darse cuenta. Porque mientras me reía escuchándolos, mi mente recordó tantas cosas que me motivaron a escribir esto precisamente, «para todos mis amigos».
Creo que muchas veces perdemos la oportunidad de valorar a cada amigo que llega a nuestra vida, porque nos confundimos o nos perdemos en la expectativa que tenemos de cada uno. Seguramente idealizamos el concepto de amistad, y eso nos limita de poder recibir lo que cada uno tiene realmente preparado para nosotros. A veces creemos que un amigo tiene las mismas «obligaciones» que esperamos de nuestras parejas, por ejemplo. Y que deben estar a nuestro lado sin importar la situación que estemos pasando. Me siento muy egoísta en este momento, escribiendo esto. Porque puedo ver claramente que yo mismo no he sido tan buen amigo, como muchas he demandado que lo sean conmigo.
Cuando estamos pasando momentos difíciles en nuestra vida, echamos de menos a aquellas personas con quienes consideramos que tenemos una linda amistad. Y muchas veces, ni siquiera sabemos qué situaciones puedan estar pasando ellos en sus vidas. Esperamos recibir algo que no siempre dimos a cambio. Es como si de alguna forma tuviéramos el mismo ideal de amistad de cuando éramos niños, pero con todos los prejuicios y predisposiciones que vamos acumulando siendo adultos.
Cuando éramos niños es posible que tuviéramos la utopía de que nuestros amigos de infancia iban a ser nuestros amigos por siempre. Cuando llegamos a la adolescencia, seguramente pensamos que los amigos que teníamos en ese momento iban a ser nuestros «cómplices» cuando fuéramos adultos. Y llegamos a ser adultos viendo que a nuestro lado quedan pocos o ninguno de aquellos rostros. O seguramente nos sentimos solos por la falta de esos rostros que alguna vez llenaron de alegría nuestra vida. Aunque también habrá muchas personas que tengan la dicha de poder conservar esos rostros en su vida hasta hoy en día. Creo que, en esos casos, deberíamos estar muy agradecidos por el hecho de habernos permitido viajar juntos en la vida con esas personas.
Pero si nuestro caso es diferente, también deberíamos de tomarnos un momento para agradecer. Porque el hecho de no conservar rostros conocidos hasta el día de hoy como amigos, no significa que no los hayamos tenido a lo largo de la vida. Ahora comprendo que posiblemente tuve la dicha de contar con amigos «específicos» para cada momento de la vida, y no me di cuenta a tiempo. Veo hacia a atrás y sí puedo recordar episodios en los cuales una «mano amiga» estuvo cerca de mí, para ayudarme, para darme una palabra de aliento o para escucharme. Y nuevamente el sentimiento de «vergüenza» llega a mi mente, al recordar que no siempre estuve ahí para quienes lo necesitaron.
Creo que no deberíamos de «contar» la cantidad de amigos que podemos tener en un momento específico de nuestras vidas. Mas bien deberíamos de recordar con agradecimiento total, cada momento en el que tuvimos la oportunidad de conocer personas que nos brindaron la oportunidad de crecer como personas. Hace unos días escribí acerca del «Amor de Dios» y creo que también esto es una muestra de lo que Él prepara para cada uno de nosotros en momentos específicos de nuestra vida.
Hace muchos años sentí una separación muy triste de mi grupo de amigos de esa etapa de mi vida. Justo para finalizar el colegio, en plena etapa de adolescencia, tuvimos que separarnos por cosas especiales de la vida. Teníamos un viaje de regreso a nuestro país con mi familia («El viaje en el túnel del tiempo») y en ese momento sentí todo muy confuso, pesado y sumamente triste. No había prácticamente nada que me ayudara a no sentir tanta tristeza y nostalgia al saber que inevitablemente mi vida iba a cambiar para siempre. Pero jamás me puse a pensar que en realidad la vida cambia para todos. Y seguramente para aquellos amigos a los que dejé en ese momento, también la vida les cambió.
El grupo de amigos con el cual me reuní hace unos días, me ayudó a ir superando esa etapa. Y poco a poco empecé a sentirme parte de un nuevo círculo. A pesar de sentirme como atrapado en el tiempo, tenía la oportunidad de disfrutar de momentos alegres con estas nuevas personas que empezaba a conocer. En ese momento no lo pude ver completamente. Y me costó muchos años comprender que efectivamente quedé «atrapado» emocionalmente. Pero ahora veo que los que se convirtieron en mis «nuevos» amigos, fueron muy importantes para poder integrarme a una nueva forma de vida que también tenía cosas especiales para mí. Y fue hace unas noches que lo comprendí completamente. Siempre tenemos amigos para cada momento de nuestra vida.
Las conexiones que encontramos en la vida a veces parecen ser tan mágicas, que simplemente nos quedamos sorprendidos. En esa noche de tertulia, cuando empezamos a recordar o compartir situaciones de nuestra infancia, de pronto pasó algo especial. Mientras yo compartía borrosos recuerdos o imágenes que quedan en mi mente acerca de la primera vez que fui a la escuela, uno de ellos se quedó callado viéndome atentamente. Y de pronto solo dijo: «¡No te creo que vos también estuviste en la misma escuela que yo!». Y los dos nos quedamos viéndonos mientras nos reíamos completamente asombrados de la coincidencia.
Nos conocimos en la universidad. Y durante muchos años jamás conversamos sobre esos detalles, sino hasta hace unos días. Mi familia viajó a otro país siendo yo muy niño, incluso me tocó dejar esa escuela para empezar en una nueva en un lugar diferente. Regresé siendo adolescente, y jamás pude imaginar que más de treinta años después, iba a compartir fugaces anécdotas con alguien que también estuvo en la misma escuela que yo cuando era niño. El hecho de imaginar cuántas veces pudimos haber coincidido en los recreos en el mismo espacio, me llenó de emoción y alegría. Conexiones mágicas que nos tiene preparada la vida para cuando menos lo esperamos.
En ese momento cambió por completo el concepto de «amistad» que tenía. Comprendí que en realidad tenemos «amigos» siempre a nuestro al rededor. Solo debemos darnos la oportunidad de verlos tal como son, y recibir lo que tienen preparado para nosotros. Y por supuesto, dejar también que nuestro corazón se abra para dar lo que nosotros debemos entregar a cada uno de ellos. No todos nuestros «amigos» van a ser una copia exacta de nosotros. No podemos esperar que nuestro círculo de «amigos» esté integrado por personas que piensen igual que nosotros, que actúen igual que nosotros, o que tengamos los mismos gustos. Así como nosotros no vamos a hacer o seguir exactamente todos los consejos que nos den nuestros amigos, tampoco podemos esperar que ellos hagan todo lo que nosotros les decimos.
Posiblemente muchas de nuestras limitaciones para disfrutar completamente de la amistad, se ven afectadas por ese tipo de predisposiciones. Sería mejor si nos reímos de cada locura que escuchamos de otras personas, por disparatadas que parezcan, sin juzgar a nadie, simplemente entendiendo que son diferentes a nosotros. Este grupo de amigos, con el compartí ese momento, no es un grupo con el que mantenga una comunicación a diario. De hecho, durante muchos años perdimos contacto. Pero es igualmente emocionante escucharnos a cada uno compartir cómo la vida nos fue cambiando a todos. Tampoco somo iguales, ni pensamos exactamente igual, ni tenemos los mismos gustos. Simplemente somos un grupo de personas que nos consideramos «amigos».
Para todos mis amigos que dejé hace muchos años igualmente quisiera decirles que siempre serán una parte importante de mi vida. Los recuerdos y la nostalgia siempre estarán ahí, pero de una forma diferente. Dando gracias a Dios por haberme permitido conocerlos. Aunque no nos podamos reunir físicamente tan a menudo como quisiéramos, siempre tenemos la dicha de poder comunicarnos, reírnos y compartir «actualizaciones» (chismes) de cada uno. Y eso sigue siendo muy especial. También ustedes fueron y seguirán siendo muy importantes para mí. Lamento mucho no haber sido el «amigo» que posiblemente ustedes también esperaban, pero creo que la vida siempre nos da la oportunidad de ser mejores cada día.
De ahora en adelante ya no hablaré más de un «círculo de amigos». Creo que es más gratificante decir que tengo «muchos amigos». Porque como dije anteriormente, muchas veces tenemos «amigos sin rostro» que cumplen un rol especial y específico en momentos exactos de nuestra vida. Como por ejemplo mi nuevo «amigo» que me ayuda con el parqueo de mi carro en la madrugada, cuando tengo algunas citas importantes a las que necesito llegar temprano, y todas las calles están completamente llenas. O todos mis «nuevos amigos» con los que compartimos momentos de espera en alguna sala, aún sin hablar. Ahora entiendo que también somos compañeros de viaje en la vida, y que seguramente tendremos la oportunidad de compartir acerca de nuestras experiencias.
Para todos mis amigos a lo largo de estos cuarenta y ocho años, quisiera tener palabras de agradecimiento. Sobre todo, ahora que he tratado de explicar mi nuevo concepto a cerca de lo que veo y siento como «amistad». Pero no me alcanzarían muchas publicaciones para expresar todo lo que siento. Para agradecer por cada momento en el que sentí una mano amiga ayudándome en momentos específicos cuando más lo necesitaba (amigos sin rostros como dije antes). O cuando he podido reírme y distraerme de algunas situaciones duras, pero que luego de una risa liberadora, pude ver la vida de diferente forma. A cada uno quisiera agradecerles profundamente por darme la oportunidad de recibir su «amistad».
Muy especialmente quiero agradecer con todo mi corazón a mis «dos amigos especiales», a los que tengo a mi lado día a día, soportándome mi mal humor por momentos, mi «estrés» o mis ratos de «introspección en silencio». O quienes me soportan en esos ratos de intensidad desmedida por querer planificar todo en la vida. A mis amigos y compañeros de vagón en esta montaña rusa llamada vida. Con quienes reímos y lloramos juntos. Sé que el vagón es pequeño. Sé que Dios nos permitió disfrutar de un pequeño vagón solamente para tres, aunque nuestros planes fueran tener un vagón mucho más grande. Al final siempre tuvimos la oportunidad de agregar a un «polizonte canino» muy especial llamado «Odie».
Gracias por permitirme «ser su amigo» y por compartir todo su amor y cariño incondicional conmigo. Son la mejor compañía que pude esperar para este viaje. Mi vida no sería lo que es ahora, sin ustedes a mi lado. Sé que faltan muchas subidas y bajadas «emocionantes» en esta montaña rusa. Pero imaginarlos a mi lado en cada una de esas «vueltas» me llena de emoción, de paz, y sobre todo de mucho amor. Espero ser mejor «amigo» cada día para ustedes. Y poder retribuir de alguna forma, todo ese amor que he recibido siempre. ¡Sandy y Luis, los amo con todo mi corazón!
