Blog Enjoy the Silence

El lugar perfecto para poder escuchar nuestra voz interior

Como niños

Hay un dicho conocido que dice que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Resulta inevitable pensar en cómo es que dejamos pasar una de las etapas más lindas de la vida si darnos cuenta. Definitivamente no sabíamos lo que teníamos. Pero es que después de todo, esa es una de las experiencias más hermosas que podemos recordar de esos años. Que ser como niños es exactamente eso. Simplemente vivir el día, el momento, sin más preocupaciones que ese preciso instante de vida. Disfrutándolo al máximo, viviéndolo al máximo. Como solíamos hacerlo. Simplemente como niños.

Curiosamente siento que fuimos influenciados por una corriente muy particular desde niños. Yo crecí viendo series animadas de televisión como «José Miel». La historia de una abejita que quedó huérfana desde que era niño. Que tuvo que recorrer el mundo prácticamente con extraños, solo para enfrentar la muerte de su mejor amigo años mas tarde. O el caso de «La abeja Maya» (otra abejita). Pero al menos esta otra historia no fue tan cruel ni tan triste como la primera. Tenía la gracia de mostrar la inocencia e inquietud de una abeja que poco a poco aprende a relacionarse con todos sus amiguitos sin importar si son de la misma raza o no.

No podíamos ser como niños «normales» viendo a «Heidi» por ejemplo. Por muy inocentes que fuéramos, era imposible no sentir tristeza o nostalgia de ver la historia de una niña huérfana (también), que queda al cuidado de su tía, y que lo mejor que se le ocurre es dejarla con un viejito ermitaño y gruñón que era su abuelo. Solo para que justo en el momento que ya tenían una bonita relación de abuelo y nieta, se la lleven lejos nuevamente y la separen de la única familia que tenía en la vida. Pensándolo bien eran unas novelas disfrazadas de series animadas para niños. Fuimos bombardeados con pensamientos de tristeza, nostalgia, desamor, crueldad en la vida y quién sabe cuántas cosas más.

No sé si eso nos haya ayudado a «ver la vida» de forma real desde pequeños. Quizás era una forma también de «prepararnos» para enfrentar lo que íbamos a vivir años mas tarde. Como si nos estuvieran llenando de información para el momento en que nos tocara vivir muchas de esas experiencias a nosotros mismos. Sea por una razón o por la otra, la verdad es que aún no logro decidir si nos ayudó realmente, o si solo nos robó la «inocencia» de crecer como niños y quizás tener otro tipo de pensamientos con el cuál educar a nuestros hijos.

Quizás por eso es que anhelamos tanto que ellos crezcan siendo como niños realmente, y por eso los sobre protegimos demasiado. Como tratando de evitarles todo ese dolor que puede traer la vida. Sin darnos cuenta que a su vez, les robamos también parte de la experiencia de vivir situaciones para que ellos mismos fueran creando sus propias experiencias.

Yo veo hacia atrás en el tiempo y quisiera volver a vivir esos episodios de mi niñez. No tendría ningún problema en volver a llorar viendo algunos de esos capítulos por tristes que sean. Y por supuesto que quisiera volver a reír y soñar con todos los episodios alegres y divertidos que también recuerdo. Creo que en la vida se debe estar preparado de la misma forma para reír o para llorar, cuando cada momento lo requiera. Quisiera volver a ser como un niño para repetir todas esas experiencias. Y tengo claro que no cambiaría nada. Solo quisiera volver a repetirlas para vivirlas y disfrutarlas desde una perspectiva diferente.

Muy posiblemente me lleve la sorpresa de darme cuenta que cada uno de los niños con los que me encuentre, vive sus experiencias de forma diferente. Algo que quizás en su momento no pude comprender totalmente. Pero que ahora siendo adulto cobran más sentido. Cada uno de nosotros es diferente. Así que cada niño dentro de nosotros es igualmente diferente. Porque aunque hayamos acumulado años en la cuenta de la vida, cada uno lleva y vive con un niño muy especial y hermoso dentro de nosotros. Si tan solo los dejáramos ser más libres más tiempo, quizás podríamos ser adultos más felices y plenos de lo que somos.

Y por felicidad no me refiero al hecho de reírnos en todo momento o ante cada situación. Sino al hecho de ser felices aceptando con paz y tranquilidad que la vida que tenemos es un precioso regalo de Dios, y que somos mucho más afortunados de lo que imaginamos. Tenemos la oportunidad de sacar ese niño interior y dejarlo que «haga travesuras» desde la inocencia de cada uno. Desearía regresar a ese punto («Regreso a la Inocencia») en la vida en donde la inocencia era nuestra mejor cualidad. En donde ser como niños era el requisito indispensable para vivir la vida plenamente. Sin predisposiciones mentales que nos limiten, o sin miedos a enfrentar las situaciones que se presenten.

Para mí, ser como niños se refiere a dejar que esas inocentes experiencias y reacciones que teníamos, salgan libremente ahora que somos adultos. Hace unos días escuché una reflexión que me puso a pensar más en esto. Seguramente a muchos adultos jóvenes como yo (porque me considero joven aún) nos han recomendado que aprendamos a «manejar nuestras emociones». La frase es muy bonita, pero el significado puede ser abrumador cuando reflexionamos en todo lo que implica saber controlar las emociones ante cada situación. No se trata de «reprimir» una risa o un llanto. Sino de saber disfrutar cada momento y aprender que la vida, a pesar de ser relativamente larga, igualmente puede acabar en un abrir y cerrar de ojos.

Es por eso que ahora está muy de moda el término «Mindfulness». Que se refiere en parte a ese manejo de emociones. Y la reflexión que escuché era precisamente sobre lo que significa ese término. El cual básicamente se refiere a que nuestros pensamientos se enfoquen en el presente, en el ahora. Mantener nuestros pensamientos y nuestro cerebro en el estado para el cual fue diseñado. Para estar en el «aquí y en el ahora». Sin repetir recuerdos y sin anticipar cosas. En otras palabras el estado de «mindfulness» solo lo podemos lograr cuando regresamos a la inocencia de ser como niños. Porque cuando crecemos y empezamos a preocuparnos por el futuro y los problemas de la vida, nos empezamos a anticipar a las cosas. Y curiosamente al mismo tiempo empezamos a guardar y repetir recuerdos de cosas que ya no podemos cambiar.

Todo se echa a perder cuando crecemos. Así es la vida. Es una realidad dura o fuerte, pero no tiene por qué ser triste. Solo depende de que dejemos salir ese niño interior, y que sea nuevamente cómo solía ser. Divertido, caprichoso, alegre, juguetón, travieso, quizás a veces gruñón, melancólico, callado, parlanchín, serio, introvertido o extrovertido. Da igual. Solo debemos dejar que salga y sea él mismo al lado de otros niños. Para que vuelva a sentir todas esas emociones que tanta falta nos hacen. Como si estuviéramos nuevamente en una fiesta de alguna celebración, o simplemente una reunión de amiguitos en la cuadra del barrio.

No necesitábamos motivos para reunirnos, para divertirnos, para reír o llorar. Solo salían las emociones y las experimentábamos en ese momento. Al día siguiente todo se había olvidado, y empezaba la cuenta nuevamente. Tampoco estábamos preocupados por lo que podría pasar después. Nunca nos hizo falta agendar una celebración de cumpleaños para tener una fiesta. No recuerdo que hubiéramos celebrado fiestas en ese entonces. Y en la adolescencia tampoco. Definitivamente no nos hizo falta eso.

Pero cuando crecemos todo cambia. Y por momentos deseamos que ese niño salga y vuelva a divertirse. Solo que ahora necesitamos «justificarnos» a nosotros mismos. Creo que por eso es que una madre celebra la fiesta de cumpleaños de su hija, como si fuera la fiesta que ella siempre quiso. O las celebraciones de los cumpleaños de nuestros hijos, como para imaginar lo que hubieran sido las fiestas que nosotros no tuvimos. Y no enfrentamos el hecho de que en realidad no necesitamos ningún motivo para ser como niños. Lo llevamos dentro por naturaleza.

Hace un tiempo recordé lo que significaba volver a ser como niños. La canción «Regreso a la Inocencia», me recuerda mucho ese significado. No necesitamos una fecha en el calendario para celebrar una ocasión especial. Si dejara salir más seguido al niño que llevo dentro, seguramente que encontraría cada día, una nueva oportunidad para celebrar algo. El solo hecho de convivir con las diferencias de los otros niños a mi alrededor ya sería una experiencia única que valdría la pena vivir plenamente en el «aquí y el ahora».

Siendo adultos perdemos la oportunidad de experimentar completamente todas las sensaciones que nos puede producir la convivencia con los demás. Sería mucho mejor si pudiéramos vernos como niños y no como adultos. No porque esté mal como somos ahora, sino porque disfrutaríamos más sin lugar a dudas. A mí me gustaría verme como un niño bastante serio o introvertido. Posiblemente un poco reservado o miedoso a jugar con algo demasiado extremo. Siempre evité correr en bicicleta, y si me viera como niño, seguramente lo seguiría evitando. Pero sería divertido ver cómo los demás corren y lo disfrutan sin temor a caerse.

Me gustaría mucho ver cómo serían los días de juegos y pleitos del típico niño serio o caprichoso, con la niña que se ríe por todo y que cree que todo lo que hace es perfecto. Seguramente el niño serio quisiera evitar todas las situaciones peligrosas y los juegos extremos o desconocidos, pero terminaría enredado en las aventuras de la despistada amiguita que siempre está inventando. Ese par definitivamente no necesitarían de ninguna fiesta o celebración especial, para reír a más no poder cada día. O quien sabe si llorar por alguna tragedia infantil de un solo día (porque todo se olvidaría justo al día siguiente).

Sería una linda historia infantil cada episodio diario. Un día de risas. Al día siguiente algún pleito. Nuevamente risas combinadas con carcajadas, y quizás al final de la semana algún episodio triste con algunas lágrimas de más. Pero siempre habría un nuevo día y por lo tanto un nuevo episodio y una nueva oportunidad para seguir viviendo el presente. Una motivación diaria para celebrar cualquier ocasión que se les pueda ocurrir. Sin saber que en el fondo lo que realmente celebran es la magia de su inocente amistad y cariño. Sin recordar cuándo empezó y sin preocuparse cuándo terminará. Porque viviendo como niños, no hay tiempo para pensar en lo que pasará. Solo se vive en el «aquí y el ahora».

Me gusta imaginar el estado de «mindfulness» de esta forma. Quizás lo haya tenido que buscar o aprender de una forma imprevista. Por esas vueltas extrañas que la vida nos da, para mantenernos siempre alerta de todo. Pero ahora que veo el significado de esa forma, entiendo mejor a lo que realmente se refiere.

Trato de aprender de esos «niños» que la vida pone a mi alrededor. Por momentos imagino que no hablo con el adulto que está al frente, sino con el niño que está dentro de ese adulto. Y además de ser algo divertido, también es algo muy tierno. Quizás ahora comprendo mucho más a esas personas que hacen lo posible por no llorar ante situaciones en las que yo (un sentimental de primera) no podría (no puedo) controlar. Ahora entiendo que no es que sean personas «insensibles». A veces solo quieren dar lo mejor de sí, para no vernos llorar o tristes a nosotros. Justo lo que haría un amiguito que ve con tristeza o preocupación, las situaciones difíciles que está enfrentando su compañero.

Quizás deseando evitarle el dolor por medio de alguna locura o juego extraño que se le ocurra. Sin temor a lo que pueda pasar. Asumiendo que nada puede ser peor que lo que pudiera estar pasándole a su amiguito. Imaginando que pueden hacer cualquier disparate en la vida, sin ningún tipo de reglas. Simplemente con la sólida y firme convicción: «hay después vemos qué hacer». Sabiendo que cuando ese después llegue, seguramente ya ni lo recordarán, porque estarán inventando una nueva excusa para seguir siendo niños. Posiblemente esperando el momento para reunirse luego de algunos días alejados, ponerse al corriente con todas las actualizaciones y continuar con la historia de vida que aún tiene muchos capítulos por escribir.

Prefiero imaginar que podemos ser como niños de esa forma, y no como adultos resignados a llevar pesadas cargas emocionales encima. Creo que el camino en la vida es mucho más ligero de esta forma, y tiene muchos más colores que le dan alegría y vistosidad a las situaciones que tenemos que enfrentar. Sé muy bien que no vamos a dejar de ser adultos «preocupados y responsables», porque así es la vida. Van a llegar días en los que será casi imposible dejar que ese niño interior salga y se divierta con sus amiguitos. Pero «casi» no quiere decir que sea algo definitivo o consumado. Siempre existe esa pequeña posibilidad de que las cosas puedan ser un poco diferentes.

Al final la decisión siempre depende de nosotros únicamente. Nadie más puede tomar decisiones en nuestro nombre. Ni para bien ni para mal. Nadie puede obligarnos a actuar de determinada forma, por más que nosotros queramos engañarnos o justificarnos con las acciones de los demás. Hacemos lo que hacemos porque nosotros lo decidimos. Así de simple. Y de la misma forma tampoco podemos dejar de hacer cosas en nombre de los demás. Solo dejamos de hacerlas porque así lo decidimos. Decidimos celebrar cada día de la vida o decidimos encerrarnos en nuestras cargas.

Nunca necesitamos de algún motivo. Cada instante era suficiente para compartir lo bueno y lo no tan bueno con nuestros amiguitos. Nunca necesitamos de ninguna fecha para recordar que estábamos jugando a crecer sin darnos cuenta que de pronto simplemente crecimos. Y nunca nos hizo falta un juguete para inventar un juego y perdernos en una historia imaginaria con los demás niños a nuestro lado.

Aunque pensemos que necesitamos de alguna celebración especial para ser como niños, el hecho es que esa gran limitante existe solo en nuestra mente. Nada nos impide celebrar, jugar, reír o llorar, correr o volar, gritar o cantar como niños. Podemos ser exactamente como queremos en el instante que lo deseamos. Podemos ser felices siendo niños parlanchines o callados, serios o gruñones, traviesos, inquietos, melancólicos o despistados. Tampoco debemos preocuparnos por lo que ya pasó. No podemos cambiarlo. Y si pensáramos más como la niña que cree que todo lo que hace es perfecto, tampoco deberíamos preocuparnos por lo que pasará mañana. Simplemente «hay después vemos qué hacer».

«La noche se hace lenta, la lluvia forma un arco iris al chocar. Tal vez alguien que conozcas, podría chispear y brillar, mientras las fantasías toman color desde las sombras. Imagina el brillo de la luna, que deslumbra mis ojos. Simplemente tumbado, sonriendo en la oscuridad, estrellas fugaces alrededor de tu corazón. Los sueños vienen rebotando en tu cabeza, puro y simple a todas horas. Ahora estás llorando en sueños. Me gustaría que nunca hubieras aprendido a llorar. No vendas los sueños que deberías estar conservando, puros y simples a todas horas. Sueños de amor a primera vista, de paseos en trineo en temporada. Donde los sentimientos, no las razones, pueden hacer que decidas. Como hojas que se vierten, salpicando otoño sobre los jardines. A medida que las frias noches se hacen más duras, la luz de la luna llena de alegria. Mírame con ojos soñadores, levántame hasta los cielos estrellados. Hay polvo de estrellas en mi cabeza, puro y simple a todas horas. Fresco y profundo como los océanos. Si el amor es la verdad, entonces no busques mentiras, y déjame nadar alrededor de tus ojos. He encontrado un lugar, que nunca dejaré, cierra mi boca y solo cree. Me doy cuenta de que el amor es la verdad. No es una corriente de mentiras bonitas, para desgastarnos y malgastar nuestro tiempo. Cantaré una melodía más suave, pura y simple sobre ti.»

«La noche se hace lenta, la lluvia forma un arco iris al chocar. Tal vez alguien que conozcas, podría chispear y brillar, mientras las fantasías toman color desde las sombras. Imagina el brillo de la luna, que deslumbra mis ojos. Simplemente tumbado, sonriendo en la oscuridad, estrellas fugaces alrededor de tu corazón. Los sueños vienen rebotando en tu cabeza, puro y simple a todas horas. Ahora estás llorando en sueños. Me gustaría que nunca hubieras aprendido a llorar. No vendas los sueños que deberías estar conservando, puros y simples a todas horas. Sueños de amor a primera vista, de paseos en trineo en temporada. Donde los sentimientos, no las razones, pueden hacer que decidas. Como hojas que se vierten, salpicando otoño sobre los jardines. A medida que las frias noches se hacen más duras, la luz de la luna llena de alegria. Mírame con ojos soñadores, levántame hasta los cielos estrellados. Hay polvo de estrellas en mi cabeza, puro y simple a todas horas. Fresco y profundo como los océanos. Si el amor es la verdad, entonces no busques mentiras, y déjame nadar alrededor de tus ojos. He encontrado un lugar, que nunca dejaré, cierra mi boca y solo cree. Me doy cuenta de que el amor es la verdad. No es una corriente de mentiras bonitas, para desgastarnos y malgastar nuestro tiempo. Cantaré una melodía más suave, pura y simple sobre ti.»

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Mi nombre es Luis Rodríguez.
Este pequeño espacio al que he llamado Enjoy the Silence, o Disfrutar del Silencio, ha nacido de una forma espontánea. Llegó casi sin pensarlo, como una idea que vino de pronto. Y de inmediato se convirtió en una forma de expresión muy personal en muchos sentidos de mi vida. Surgió como respuesta a una simple pregunta: ¿qué es lo que realmente te gustaría hacer, aunque no recibieras ningún pago por hacerlo?