Hace un tiempo atrás escribí una publicación donde compartí lo que sentí cuando estuve frente al mar por primera vez. «El viaje en el túnel del tiempo», describe esa sensación tan particular que tuve cuando era niño. Creo que desde entonces quedé maravillado con el movimiento de las olas del mar, el sonido que producen, y la majestuosidad que queda grabada en nuestra mente cuando lo apreciamos detenidamente. Mi parte favorita es dejarme sumergir lentamente en el agua y seguir el movimiento como las olas del mar.
Siempre me ha gustado comparar las olas del mar con aquellas situaciones que van y vienen en la vida de cada uno de nosotros. Por momentos podemos sentir que una ola enorme nos tira de golpe al suelo y nos revuelca con fuerza contra la arena. Muchas veces tratamos de levantarnos y ni siquiera podemos respirar para tomar un poco de impulso. Pareciera que si entre mas luchamos, mas fuerte es el movimiento de las olas para tirarnos de nuevo.
Y hay momentos en los que el mar parece tan quieto y tan sereno, que olvidamos la fuerza con las que nos puede mover. En esos momentos de quietud las olas parecen como mecernos con tranquilidad hasta el punto casi de dejarnos dormidos. En completa paz. Cuando las olas se presentan de forma suave, es imposible no dejarnos llevar por ese movimiento y sentir que de alguna forma somos libres y que podemos ir a donde el mar quiera llevarnos.
De esa misma forma me imagino que pasan los años en nuestras vidas. Algunos vienen con fuerza, con ímpetu, y nos golpean casi sin tregua. Mientras que otros pareciera que pasan suavemente sin sentirlos. Solo dejándonos llevar por el tiempo. De alguna forma son como las olas del mar. Porque no sabemos cómo vendrá la siguiente. Pero creo que, sin importar lo que vendrá más adelante, lo verdaderamente hermoso está en apreciar el espectáculo que tenemos frente a nosotros.
Es como tener el mejor asiento frente al mar, solo para nosotros. Como si estuviéramos en primera fila del mejor concierto del mundo. O como si tuviéramos el privilegio de estar sentados en la silla principal en el momento justo que un año nos deja, y el que viene se asoma lentamente el horizonte. Con nuevas expectativas, con nuevas ilusiones, o con nuevas esperanzas.
Cada año trae sus propias situaciones y sus propias vivencias. Momentos que tendremos que pasar inevitablemente sea cual sea el sentimiento que nos produzcan. Situaciones que nos van a poner a prueba muchas veces, o que nos van a permitir disfrutar de alegrías que vamos a recordar para siempre. Como las olas del mar que van y vienen sin un rumbo predecible, pero siempre con una cadencia especial que nos lleva a seguirlas. O al menos a dejarnos que nos lleven sin oponer resistencia.
Este año que finaliza ahora, quiero recibirlo en el mejor siento posible. En esa banca frente a la orilla del mar en donde pueda apreciar por completo ese maravilloso espectáculo. Quisiera imaginar que voy a tener ese puesto en primera fila para dejarme rociar de la brisa marina que se renueva este día. En un lugar en donde pueda ver el sol ocultarse y en donde pueda verlo salir en una nueva mañana, en un nuevo año.
Vivir en el presente sería como el mejor deseo posible para este año nuevo. Quisiera realmente lograr esa meta que parece imposible por momentos. Porque aunque parezca fácil de decir, es muy difícil conseguirlo en la vida. Siempre estamos inmersos en pensamientos y recuerdos que nos llevan a momentos pasados o situaciones que aún no han sucedido. Como si estuviéramos siempre recordando olas que nos revolcaron en la arena, o imaginado las olas que faltan por llegar.
Justo así como escribí hace unos días. Buscando siempre la anhelada «Felicidad», pero al mismo tiempo poniendo barreras imaginarias que nos impiden alcanzarla. Siempre menospreciando el presente, cuando es el único tiempo seguro que tenemos. Perdemos energías en recordar las olas que ya pasaron y que nos golpearon tan fuerte que nos dejaron marcas para siempre. Y olvidamos que por mas que las recordemos, jamás podremos cambiarlas, ni cambiar el rumbo por el que nos llevaron. Y desperdiciamos imaginación en pensar cómo serán las olas que vienen. Porque tampoco sabremos de qué forma o cuándo van a llegar.
En este asiento de primera fila frente al mar, puedo ver cómo las olas se posan frente a mis ojos para mostrarme que siempre puedo disfrutar de ellas. Que no importa el tamaño o la velocidad con la que viajen, siempre es hermoso verlas viajar. Porque aunque en estos últimos años hayan venido olas fuertes que casi arrancaron los cimientos, igual pude haberlas disfrutado de diferente forma.
Exactamente como las olas que nos revuelcan en la arena, pero que en lugar de asfixiarnos nos producen tanta risa que es mas fácil ahogarnos en carcajadas que en el agua del mar. Pienso en esas olas con las que no luchamos, sino que nos dejamos llevar. Con esas que solo flotamos y que con cada golpe en la arena sacamos una enorme carcajada el sentirnos «Como niños», sin pensar en lo complicada que puede ser la vida. Simplemente viviendo el presente y dando gracias a Dios siempre por cada oportunidad de vida que tenemos.
Reconozco esto porque se que en momentos de cambios bruscos o noticias que no queremos escuchar, es muy difícil imaginar que la ola que nos lleva será la indicada. Que no importa lo violenta que pueda ser, es la ola que nos corresponde en ese momento, y que es la que debemos tomar. Sería todo mucho mas fácil si reconocemos que esa ola es la que Dios ha querido que tomemos para completar un plan divino superior a nosotros. Un plan que siempre traerá algo bueno al final del recorrido.
Cada ola de este año ha sido buena. Todas han tenido su encanto si lo podemos decir de esa forma. Algunas han sido más fuertes que otras, pero en general todas fueron necesarias para llegar a este día. Definitivamente no puedo cambiar ninguna. Pero aún si pudiera, no lo hiciera. Es como una forma de aceptar con paz y amor el pasado, y al mismo tiempo dar gracias a Dios por la vida.
El final de cada año es un tiempo que nos invita a reflexionar sobre todo lo que ha pasado hasta este día, y al mismo tiempo imaginar lo que vendrá. Como dije antes, siempre esa dualidad entre el pasado y el futuro, que nos hace distraernos del presente. Una distracción que nos hace perder la atención en la ola actual. En la única ola que debería importarnos.
Doy gracias a Dios por todas las olas de este año. Empezando por la ola de la vida, la ola mayor. Decimos de forma muy superficial que el solo hecho de tener vida es motivo para agradecer a Dios. Creo que lo decimos de forma ligera porque muchas veces lo decimos como una «muletilla», simplemente por decirlo. Sin comprender totalmente lo que significa tener vida.
Si comparamos la ola de la vida, con la ola de enfrentar la posibilidad de perder esa vida, creo que no dudaríamos en tomar a ciegas la ola de la vida. Haríamos lo que fuera por continuar en esa ola, y no dejaríamos que nada nos pueda bajar. Asi que definitivamente este día quiero dar gracias a Dios por darme la oportunidad de nadar en esta ola de la vida hasta este momento. Me he sentido desagradecido por no valorarla completamente como debería y por desear otras olas en algunos momentos. Pero ahora quiero dar gracias con todo mi corazón por la vida. Doy gracias a Dios por la vida que me ha permitido tener, y la oportunidad de cerrar este año rodeado de las personas que amo.
Sentado en ese asiento privilegiado, viendo el espectáculo del atardecer a la orilla de la playa y despidiendo el año, quiero dar gracias por otras olas que me hacen sentir bendecido. Empezando por la ola de mi familia. Sin lugar a dudas mi ola especial en cada día. ¡Sandy, Luis, los amo! Son mi tabla salvavidas en cada momento de tempestad. Gracias por amarme de la forma que lo hacen, y por estar siempre a mi lado. Viviendo como propias las olas que llegaron y que juntos logramos nadar y hasta disfrutar al final.
Se que no fui el mejor pasajero en esa tabla en muchas ocasiones. Pero a pesar de todo siempre han estado ahí para sostenerme y seguir nadando juntos en ese precioso mar azul que Dios siempre ha puesto para nosotros. Gracias por acompañarme en este viaje especial y por ser esa guía emocional que me da fuerzas para seguir cada día. Doy a gracias a Dios por tenerlos a mi lado siempre.
De mis olas especiales también quiero dar gracias por las olas mayores, las más viejas. Esas olas que siempre están presentes en mis pensamientos y las olas que por tantos años cuidaron de mi. Me refiero a mis padres. Quizás no pudimos nadar todas las olas juntos, pero siempre he sabido que están presentes para cuando los necesite. También quiero dar gracias a Dios por permitirles todos estos años de vida conmigo. ¡Mamá, Papá, los quiero mucho! Desearía ser un niño nuevamente para verlos fuertes e imponentes siempre. Pero entiendo que ahora es mi turno de retribuir todo el cuidado y amor que siempre nos dieron, a pesar de las limitaciones que tuvieron.
También hay olas alegres y un poco alborotadas que siempre nos alegran, o nos preocupan. Pero que siempre son olas que nos mueven muchos sentimientos. Así que también es tiempo para dar gracias a Dios por mi hermanita y mis sobrinos. Cada uno con su personalidad tan diferente, pero siempre llenado de alegría y amor mis días. Gracias hermanita por tu compañía y tu amor. Se que hubo olas que se nos presentaron como tempestades pero llegamos hasta aquí después de todo. Espero que tengas claro que eso de «sobre pensar» las cosas no es lo mejor. Es mejor tomar ese asiento en primera fila y dar gracias a Dios por el presente. Gracias por estar a mi lado cuando lo he necesitado.
Dije que las olas van y vienen. Hay olas que a veces parecen alejarse en el horizonte. Pero de pronto sin pensarlo, o imaginarlo, están de regreso. Hay tres olas especiales que no esperábamos en este cierre de año, pero que nos causan mucha alegría tenerlas con nosotros. Un viejo tío gruño pero divertido, y dos lindas sobrinas igualmente alborotadas que siempre nos alegraron con sus ocurrencias. Son de los re encuentros especiales de este año y que nos confirman que las olas del mar siempre serán hermosas, sea el momento que sea que lleguen. Gracias también por sus vidas y por querer ser parte de este momento con nosotros. ¡Los queremos mucho!
Finalmente quiero agradecer a todas las olas sin rotros y quizás sin nombres, que me permitieron comprender que el recorrido en la vida es siempre especial. Olas que estuvieron presentes en muchos momentos este año. O quizás olas que solo llegaron en un momento para corregir el rumbo, o apartarme de peligros en las tempestades del mar. No puedo nombrar a cada una por su nombre, así que prefiero recordarlos como esas «Conexiones especiales» de las que hablé hace un tiempo en otra publicación.
Tengo muy claro que no todos los finales son felices. Pero ahora comprendo que son los finales que debemos vivir cada uno para poder apreciar las bendiciones que Dios nos regala de forma individual a cada uno. Ahora comprendo que las olas que parecían peligrosas o difíciles de nadar, solo eran necesarias para llegar a un mejor destino final. Quizás no el que esperábamos, pero si el destino que nos corresponde. Al final todo siempre tiene una explicación.
Este año está por terminar en unas pocas horas. Y no quiero perderme el espectáculo final del cambio entre el atardecer y el amanecer. Por eso he querido imaginarlo en mi asiento de lujo como el invitado especial. Con la mejor vista posible para apreciar cada ola que se va dejando huella y esperando cada ola que llega con nuevas oportunidades para seguir con nuestra vida de la mejor forma posible. Siempre dando gracias a Dios por el momento presente. Tratando de vivirlo de la mejor forma posible, sin olvidar de donde venimos y esperando con humildad el camino por el que nos quiera llevar.
Es mi deseo que cada uno de ustedes, pueda recibir este año nuevo en compañía de sus seres queridos, y que las olas que están por venir sean de amor, paz y bendiciones abundantes para todos.

