La vida nos sorprende cuando encontramos personas con las que podemos ser tan parecidos y tan diferentes a la vez. Es imposible no sentirnos identificados con actitudes similares en cuanto a la personalidad. Y también es difícil no sentir cierta reacción a las características que nos hacen ser diferentes como personas. Pero lo más divertido y entretenido de la vida, es cuando no podemos seleccionar al tipo de personas con las que nos vamos a relacionar en todo ese camino.
Porque cuando tenemos personas a las que hemos conocido en el camino de la vida, resulta relativamente fácil, tomar ciertas decisiones. Si decidimos alejarnos por diferencias, no hay problema. El tiempo termina dictando sentencia sobre el resultado de esa decisión. Si fue buena, se termina de definir esa «separación» y si no fue tan buena, se vuelven a acercar posiciones. La vida sigue, y la amistad continúa. Ya sea de la misma forma, o con ajustes. Pero el resultado en realidad no cambia porque es parte de la vida misma, relacionarnos con las demás personas.
Hace 44 años yo no tuve elección. No tuve la oportunidad de decidir sobre el tipo de personita que quería que me acompañara en la vida. Fue una «imposición» de mis padres, y mi voto no contó. Pero sí me dieron la oportunidad de empezar una relación con alguien con quien somos tan parecidos y tan diferentes a la vez. Desde ese momento pasé a ocupar la posición privilegiada de «hermano mayor» y pensé que podría tener una «hermana menor» a quien podría convertir en mi «asistente» para toda la vida. Una especie de «ayudante» o «aprendiz». ¡Pero me equivoqué!
Sé que cada uno de nosotros puede describir de forma muy diferente, cómo ha sido la relación con sus hermanos. Algunos quizás sientan que ha sido simplemente una relación más en la vida. O por el contrario haya quienes lo sientan como una conexión muy especial. Yo más bien diría que, como todo en la vida, depende de cada momento vivido. Podemos tener recuerdos de una relación muy especial, y también recuerdos de momentos de cierto distanciamiento. Siendo tan parecidos y tan diferentes, para mi hermana y para mí, la variedad de recuerdos es muy amplia.
Lógicamente mis recuerdos empiezan unos años antes que los de ella. Dentro del disco duro de mi «BrainStation«, el cual describí en un capítulo anterior, hay varios recuerdos muy especiales. Pensando en esos primeros instantes de nuestra relación, lo primero que viene a mi mente es una tarde de juegos. Pero no era una tarde cualquiera. Era una tarde en la que sentía que algo iba a cambiar en nuestras vidas. Antes de iniciar un viaje a un nuevo lugar para vivir, recuerdo haber jugado toda una tarde con mi hermanita de menos de dos años. No sé por qué tengo tan presente esas imágenes. Seguramente sea porque sin saberlo, los dos compartimos un momento muy especial, antes de una prueba de vida «complicada» de enfrentar.
Sus risas burlonas siempre me causaron mucha gracia (lo tengo que admitir). Pero esa tarde no recuerdo que hayan sido tan burlonas. Más bien las recuerdo como sacadas del alma. Como si todo lo que yo hiciera le causara gracia. Me sentía tan bien de hacerla reír, que no recuerdo bien cuánto tiempo pasó realmente esa tarde. Es un recuerdo mío únicamente, pero que comparto con mucho cariño por lo especial que en realidad fue.
De verdad que, siendo tan parecidos y tan diferentes, es imposible no recordar situaciones extremas para uno o para otro. En mis primeros años, mi principal recuerdo era el de sentir su presencia casi como una calcomanía (sticker) pegado a mí. No sabía si lo hacía por molestar, por imitar, o por cuidarme (como ella dice que lo hace). Pero su sombra siempre estaba cerca de mí. Y cuando somos niños, eso puede ser bastante molesto. Sobre todo, si se trata de hermanos de diferente género. Los gustos son completamente diferentes, y también los amiguitos con quienes nos vamos relacionando.
El bullying de ese tiempo no distinguía ni edades, ni género, ni lazos familiares. Era igual para todos. Así que tenía esa ligera ventaja sobre ella. Podía usar algo de ingenio, para «alejarla» de vez en cuando de mí, y que se centrara únicamente en sus cosas de «niña». Pero resultó que era bastante persistente (de las cosas que tenemos en común), y por más que lo intenté, siempre aparecía cerca de mí. Y ya van 44 años tratando de que la estrategia funcione. Y mi hermanita (ahora ya «un poco más adulta»), siempre termina encontrándome.
Fuimos criados en un hogar bastante «pintoresco» o «especial». No podemos quejarnos sobre el amor que nuestros padres nos dieron. Ahora reconocemos que hicieron lo mejor que pudieron, y damos gracias a Dios por ello. Ahora nosotros empezamos a dar cuentas también, por lo que hemos hecho con nuestros propios hijos. Y vemos que la tarea no era tan fácil como pensamos en ese momento.
Recibimos el mismo ejemplo de nuestros padres. Tanto de las cualidades de nuestra mamá, como de las de papá. Y eso aplica a las cualidades o virtudes, y también a los comportamientos que por momentos quisiéramos dejar y nos cuesta tanto. Tan parecidos y tan diferentes a la vez.
Cuando nos fijamos objetivos claros, podemos ser muy extremistas. Muy parecidos en eso. Casi siempre llevando todo a puntos extremos, sin ver muchas opciones intermedias. Lo gracioso es que nos podemos aconsejar mutuamente, de lo «radicales» que estamos siendo, al mismo tiempo que cada uno está siendo «radical» en alguna actividad o momento en particular. Ahora que somos adultos, esos consejos son cada vez más especiales, y cada vez se sienten mejor. En mi caso los siento como si me los dijera aquella bebé de menos de dos años con quien jugué aquella tarde.
En nuestros cerebros puede haber más «multiversos» que en cualquier película de Marvel. También nos parecemos en eso. Por alguna extraña razón, nuestros modelos de «BrainStation» venían equipados con esa «cualidad». Parece que nunca estamos lo suficientemente tranquilos con las decisiones que tomamos. Siempre estamos pensando en todas las posibles situaciones que se pueden dar en cada camino que tomamos.
Creo que nos caería muy bien algún tipo de ayuda psicológica para ajustar un poco esos patrones de pensamiento. Bueno, ya lo intentamos. Los dos. Aún estamos en proceso. Otro punto más a la lista de similitudes. Por mucho tiempo pensé que éramos completamente diferentes. Pero en realidad somos más parecidos de lo que imaginé.
En cuanto a las diferencias también hay algunas importantes de mencionar. No nos gusta el mismo tipo de entretenimiento o actividades sociales. Yo puedo disfrutar de ver una película (o varias) toda una tarde. A mi hermanita la puede desesperar esa actividad. A mí me ha gustado más la actividad deportiva, y ella prefiere la actividad llamada inactividad física. Ella prefiere tener personas cerca para no «aburrirse». Yo me «aburro» de tener tanta gente cerca.
Ella si puede bailar y lo disfruta. Yo ni lo disfruto, ni puedo. Ella habla incansablemente, y a mí me cansa escucharla. Pero siempre me hace falta escuchar su voz. Y cuando pasa un día sin que hablemos, me pregunto: ¿estará bien? Ahora ella está pagando su propio karma con su hija, es decir mi linda sobrinita, quien parece tener un procesador de palabras increíblemente poderoso.
Nuestra relación ha tenido altibajos. Algunos de ellos producto de situaciones que, sin imaginar, nos cambiaron la vida a ambos. Y otros que han sido resultado de nuestras propias diferencias personales. Como he dicho, somos tan parecidos y tan diferentes a la vez, que era imposible no tener choques emocionales en algún momento. Pero hace un par de años tuvimos la oportunidad de hablar libremente acerca de nosotros dos. Para mí, fue la conversación más especial que pude haber tenido con mi hermana. Creo que fue como un renacer en nuestra relación.
Este día esa «calcomanía» que me ha acompañado casi toda la vida está cerrando un ciclo de vida. Un año más de vida. No puede estar celebrándolo de mejor forma, porque justo este mismo día, nació mi sobrinita. Así que la celebración es doble. Ellas se tienen para celebrar su día juntas como madre e hija. Así de «planificadora» puede ser mi hermana. Que hasta tenía marcado en el calendario, el día que quería que naciera su hija mayor. Bueno, esto último si es un poco de exageración de mi parte. Pero conociéndola, queda la duda en el aire. Lo que no pudo prever es que toda la atención se terminaría repartiendo este día entre ellas.
Me siento muy feliz de tener una hermana como ella. Me siento feliz de tenerla como hermana. No me imagino cómo hubiera sido mi vida sin esos capítulos que hemos compartido juntos. Yo he sido el «hermano mayor», pero en muchos momentos, sin saberlo, ha sido ella quien me ha cuidado y animado en la vida. Me siento muy bendecido de tenerla en mi vida. En realidad, mis padres no pudieron darme un mejor regalo que a mi hermanita. Hemos reído, y hemos llorado. Hemos peleado y nos hemos abrazado. Tan parecidos y tan diferentes. No importa cómo seamos en realidad, yo me siento feliz este día, por saber que ella está ahí. Y espero que Dios nos regale muchos años más de vida para seguir disfrutando de ese vínculo que nos une más allá de la sangre.
¡Feliz cumpleaños Sis!
PD: Con mucho cariño para la personita con la que jugué aquella tarde hace unos cuantos años.
