Me parece un tanto divertido, ver cómo funcionan los ciclos que pasamos durante toda la vida. Es increíble cuando reflexionamos en la casi infinita cantidad de ciclos con la que convivimos siempre. No hay una sola persona que no tenga que enfrentarse a estos períodos cíclicos. Lo cual me parece también muy gracioso, porque al final hasta en eso somos muy parecidos. Compartimos muchos de esos ciclos, pero la forma en la que los disfrutamos o renegamos de ellos, es lo que cambia.
Justo en este momento, estoy pensando en uno de esos ciclos inevitables que tenemos que pasar. Estoy tratando de divertirme al ver cómo poco a poco, esos ciclos me han ido cambiando la forma de ver la vida. Me refiero a esos ciclos cronológicos que todos llevamos contados desde que nacemos, y que nos persiguen hasta el último día de nuestra existencia.
Estoy cerrando el ciclo número cuarenta y ocho del conteo particular de mi vida. Que, dicho sea de paso, no tengo ni idea por cuántos ciclos más estará formado. Así que solo ese hecho, me da un buen motivo para estar contento y sentirme feliz. Después de todo, cerrar este tipo de ciclos, no es realmente un logro de nosotros como personas, sino que se lo debemos a Dios quien es el que nos ha dado la vida. Y hasta con libre albedrío, para que cada uno pueda decidir de forma voluntaria, cómo vivirla. Y esa es otra buena razón para cerrar este ciclo de forma alegre. Ha sido un ciclo muy bueno, marcado por logros personales que me hacen sentir satisfecho de las decisiones tomadas.
Cuánta semejanza hay en esos dos puntos trascendentales de todo ser humano. El inicio y el fin de todos los ciclos. Realmente es el inicio y el fin de cualquier ciclo. De la misma forma que ninguno de nosotros puede recordar cómo fue el día de su nacimiento, tampoco podemos recordar el día de nuestra muerte. Si alguien se recuerda de esto último, por favor que se manifieste en este preciso momento. ¡Por favor!
Sobre estos ciclos anuales hay tanto que opinar, que seguramente podríamos pasar horas comentando cómo los podemos vivir cada uno de nosotros. Para mí, los ciclos de la vida no son como yo pensaba, no son como los imaginaba, no son como yo creía. Son muy difícil de andarlos, difícil de caminarlos, y no encuentro la salida. Bueno, eso sonó demasiado «agropecuario» para discutirlo en esta sección. Lo vamos a dejar para otro capítulo en la categoría de música, pero en los «gustos culposos». En los que son bastante culposos.
Volviendo a los ciclos anuales, me siento muy afortunado. No puedo quejarme en absoluto de cada uno de ellos. Todos han tenido momentos muy variados y diferentes, por lo que no podría ni quejarme ni quedarme con ninguno en especial. Hablando solamente de ciclos anuales, creo que eso es lo que los hace diferentes y hasta especiales. Tenemos la costumbre de celebrarlos y reunirnos para cada cierre. Es una costumbre instaurada desde el ciclo número uno. Y conforme pasan los años, cada uno les va dando el toque especial que prefiere. Primero dejamos que sean nuestros padres los que decidan cómo festejar cada ciclo que pasa en los primeros años. Luego llega una edad en la que ya empezamos a decidir, cómo festejarlos, con quien festejarlos o incluso, si de vedad queremos festejarlos o no.
Personalmente me gusta celebrarlos. Disfruto mucho ese momento, y lo considero algo especial. No creo que se trate de algo simple o rutinario. Me choca bastante sentir que se pueda convertir en un «compromiso social» nada más. Me gusta sentirlos de forma diferente. El solo hecho de llegar al final de cada ciclo ya es un motivo de celebración como decía anteriormente. Para mí tienen un sentimiento especial y me gusta darles la importancia que para mí representan. Y por supuesto que hay ciclos de ciclos. Hay algunos un poco más especiales o significativos que otros. Por ejemplo, el ciclo número quince o el dieciocho de cada persona. Para algunos puede ser el ciclo veintiuno o el treinta. Y ya cuando llegamos a los ciclos superiores como el cuarenta o el cincuenta, definitivamente hay que celebrarlos.
Según las estadísticas de esperanza de vida a nivel mundial (OMS), ya he podido celebrar más de la mitad de los ciclos anuales que podría tener presupuestada mi vida. ¡Qué nervios! Se siente un poco de escalofríos al pensarlo de esa forma. Pero es la realidad. Así que nuevamente un punto a favor de los ciclos anuales, porque nos permiten hacer un balance intermedio en nuestra vida. Podemos parar por un día, respirar profundo, pensar, reflexionar, y ver hacia atrás todo lo que hemos podido vivir. Con la certeza de que el futuro siempre nos va a deparar nuevas aventuras por vivir. Con la certeza de que siempre podemos hacer mejor las cosas en cada ciclo. Siempre tenemos la oportunidad de retomar un camino diferente, trazar nuevos objetivos, o reafirmar todo lo que hemos hecho.
Dicen que una persona a sus cincuenta años ya debería tener «su vida resuelta». Incluso hay quienes se fijan esa meta para los cuarenta o menos. En mi caso, a penas siento que empiezo a resolver algunos problemas fundamentales que me tomaron años superar. Definitivamente que no tengo mi vida resuelta. Pero sí tengo una vida. ¡Y me siento feliz de cómo ha sido!
Sobre estos otros ciclos que por momentos pueden ser turbulentos, si tengo algunas quejas. Bueno, digamos que no son quejas sino más bien pequeñas observaciones, pequeños «detallitos» casi «insignificantes». Después de todo sería muy imprudente de mi parte llamarlos como quejas, porque el destinatario es el mismo que me ha «regalado» la cantidad de ciclos anuales que llevo celebrados. Así que mejor lo dejamos como simples observaciones.
Este tipo de ciclos es bastante impredecible. No duran el mismo tiempo para cada persona, ni suceden con la misma frecuencia para todos. Pareciera que tienen un comportamiento como las olas del mar. Vienen por momentos, y se van. A veces regresan de forma suave y tranquila, y en otras ocasiones vuelven de forma intempestiva y con una fuerza que nos puede dejar en el suelo. Se visten con disfraces de frustración personal, con atuendos de pérdidas materiales, o relaciones rotas. Y no dependen de un conteo cronológico, sino que dependen de factores tan variados y tan inverosímiles, que por momentos es mejor reírnos (por no llorar) de ellos.
En este momento me encuentro en un ciclo bastante especial. Siento una sensación de libertad y felicidad que se mezclan muy bien y que tienen un efecto muy poderoso en mi estado de ánimo en general. Ya he compartido en otros capítulos sobre algunos temas personales sobre los que ahora puedo hablar libremente conmigo mismo y con todos, pero no siempre fue de esa forma. Precisamente en el momento que estaba enfrentando uno de esos ciclos oscuros en mi vida, todo parecía realmente difícil de vivir. Se habían mezclado varios factores que me producían un efecto totalmente negativo en todo lo que hacía, y que afectaba a las personas a mi alrededor. Estaba en uno de esos ciclos que llegan y se apoderan de prácticamente todo, y que no nos deja respirar. Esos ciclos que nos asfixian y nos quitan la paz en todo sentido.
Como decía, esos ciclos pueden ser consecuencias de nuestras propias acciones. Y también pueden tener un origen en circunstancias que ni siquiera podemos prever o anticipar. Incluso se pueden combinar esos dos factores al mismo tiempo, y dar como resultado una «tormenta perfecta» de problemas. Son de esas etapas que nos van quitando las energías poco a poco. Esos ciclos oscuros que nos van debilitando y nos mantienen con la mente paralizada, dando vueltas y vueltas en el mismo lugar. Estrés le llaman algunos. Para mí solo son ciclos negativos en nuestra vida.
Como repito, creo que se pueden comparar a las olas del mar. Quizás por la fuerza con la que se siente el arrastre que nos va sumergiendo poco a poco hasta el fondo. Un fondo que no parece tener fin nunca. Y al tratar de luchar contra esa fuerza lo único que se obtiene es una sensación de impotencia total. Pareciera como si la única salida es «dejarse llevar» por las olas más fuertes, hasta tocar el fondo y sentir que se puede empezar el camino de regreso a la superficie.
Si pudiera dar un consejo para superar ese tipo de ciclos creo que sería ese precisamente. A veces es mejor no luchar contra una fuerza más poderosa que nosotros. A veces quizá lo mejor es no hacer nada y esperar que pase la tormenta. O quizá sea necesario buscar el fondo lo más pronto posible y enfrentarse a la realidad tal cual es. Quizás haya que buscar muy dentro de nosotros mismos un poco de valor para sumergirnos hasta el fondo, y aceptar de forma real, las consecuencias que estemos enfrentando. Pero no debemos olvidar que esas olas van a pasar. Seguramente no tengamos claro cuándo, ni como, pero si van a pasar. Porque a veces, de la misma forma que empiezan, de esa misma forma se van. En un segundo o en solo parpadear.
Conforme nos dejamos llevar por las nuevas olas, vamos empezando a sentir nuevamente lo bien que se siente nadar y disfrutar de la vida tal cual es. Empezamos a renovar nuestros pensamientos y sentimientos. Empezamos a ponernos en paz con nosotros mismos primero, y luego con las personas que nos rodean. Todo empieza a tener un nuevo sentido, y todo parece empezar a brillar nuevamente. Las fuerzas van llegando y la lucidez mental parece ser nuestra compañera cada día. Tenemos claro el rumbo y el objetivo. Nos empezamos a preparar para la siguiente ola, y esta vez esperamos poder nadarla en lugar de ser derrumbados por ella.
Al cerrar este ciclo anual hago una reflexión sobre las enseñanzas que me dejó ese viaje en las profundidades del mar de problemas. Me siento afortunado y bendecido de estar haciendo lo que me gusta y de disfrutar cada día de la vida. Me preparo para el siguiente ciclo. Y no sé cómo pueda ser o de qué tipo tocará esta vez. Pero sí tengo la plena confianza de que sea lo que sea lo podré enfrentar de la mejor forma posible. Porque cada día también se convierte en un pequeño ciclo que debemos vivir a la vez. Sin adelantarnos ni un segundo.
La principal lección de vida que pude tener para cerrar este ciclo y empezar el nuevo la recibí hace solo un par de semanas. Sintiendo en carne propia esos dos instantes maravillosos en la existencia humana. Celebramos con una enorme ansiedad y alegría la llegada de un nuevo integrante en la familia. Un pequeñín hermoso que nos permite ver cada día lo grande que es nuestro Creador al hacer el milagro de la vida. Y al mismo tiempo despedimos con tristeza y fortaleza a alguien que nos deja para descansar por siempre. Dos tipos de sentimientos totalmente diferentes. Dos tipos de recuerdos. Pero de ambas formas, ciclos de la vida que debemos cumplir. Quiero honrar de la mejor forma posible este ciclo que está por terminar, y prepararme con entusiasmo para el que inicia. Mientras tanto, me aferro a mi frase de vida: «un día (ciclo) a la vez»
PD: Mi auto regalo para celebrar esta fecha especial, es poder escribir dos capítulos al mismo tiempo para este blog que con tanta pasión he decidido construir. A todo lo que he escrito en esta publicación, solo le hace falta un poco de melodía. Le hace falta una canción. Así que, para celebrarlo, tomaré como «himno» una canción de mi banda favorita, Depeche Mode.
