Existen algunos eventos que no podemos evitar. Fechas importantes que nos recuerdan que somos pasajeros en el camino de la vida y en el tiempo. Días especiales que celebramos o recordamos de diferente forma, dependiendo siempre de nuestra particular manera de ver la vida. Ahora es uno de esos días, y tengo muchos sentimientos encontrados. Pero el que mas suena en mi cabeza es el hecho de pensar, cómo duele crecer.
Y no me refiero a la frase como algo simbólico o como un decir nada más. El hecho es que realmente siento dolor físico. No es algo mental, es algo real. Siento dolores en la espalda, en las rodillas, en los pies. Durante los últimos días he estado tratando de recordar el momento exacto en el que empecé a sentir algunos de esos dolores. Y por mas que trato no puedo recordarlo. Es como el momento exacto de ver el amanecer. Estamos atentos en la oscuridad, con los ojos puestos en el cielo, esperando el momento justo en el que la noche termine y aparezca el primer rayo de sol. Pero cuando menos lo sentimos, ya apareció la luz y no nos percatamos del cambio.
Algo así siento en este momento. Quisiera saber cuándo fue que sentí el primer dolor, y no puedo recordarlo. Así que definitivamente creo que la frase es totalmente cierta, porque duele crecer en todo momento de la vida. No lo podemos identificar para un solo instante la mayoría de veces, pero si podemos sentirlo a lo largo del recorrido. Tampoco es que quiera decir que la vida es una camino lleno de dolores o amarguras. Porque si de algo estoy muy seguro este día, es que soy una persona feliz. Hasta este día, mi vida es algo de lo cual me siento muy feliz y por la que le doy gracias a Dios a cada instante.
Creo que cada momento doloroso que tenemos que enfrentar, trae consigo una puerta especial para algo más grande y mas trascendental en nuestras vidas. Es como una balanza constante entre cosas que nos provocan dolor, y momentos que nos llenan de felicidad. Una balanza siempre equilibrada a lo largo de la vida. Y ahora que estoy justamente cumpliendo un año mas, sigo comprobando que esa balanza está totalmente equilibrada. Siempre hay un momento justo para cada vivencia que tenemos por delante.
Es cierto que duele crecer cuando vamos dejando de ser niños y empezamos a vivir los primeros pasos de la adolescencia. Hace tiempo escribí en un capitulo llamado «Mi Consola de juegos BrainStation Plus», que la mejor época de la vida posiblemente es cuando somos niños. Es cierto que es una edad en la que somos totalmente dependientes de nuestros padres. Pero al mismo tiempo somos tan libres de poder hacer prácticamente lo que nosotros queremos. No tenemos restricciones propias que nos impidan disfrutar de esa etapa de ninguna forma.
Es justamente eso lo que nos hace libres. Podemos ser nosotros mismos sin saber que somos nosotros mismos. No nos importa si los demás nos ven como personitas enojadas, serios, o gruñones. O si nos ven como parlanchines o risueños. Nadie nos dice cómo tenemos que ser para ser felices. Simplemente somos nosotros mismos. Y nada nos importa.
Pero cuando menos lo esperamos, empezamos a sentir algunos dolores del crecimiento. En un abrir y cerrar de ojos empezamos a sentir incomodidades que antes no sentíamos. De pronto empezamos a pensar en lo que los demás creen de nosotros. Y nos sentimos observados, juzgados muchas veces, y hasta controlados. Empiezan los dolores de algunos sentimientos como la inseguridad que nos provoca no ser parte de cierto grupo de amigos. Nos podemos sentir rechazados o marginados. O por el contrario podemos ser muy crueles con los demás, si es que nos toca estar en lado opuesto de la balanza de las relaciones adolescentes.
Posiblemente sea la primera etapa donde empezamos a reconocer que en realidad duele crecer. Porque es en la adolescencia donde enfrentamos directamente la realidad tal como es. En algunos casos puede ser que esos golpes sean de menor intensidad. Pero lo cierto es que nadie esta libre de recibirlos. En mi caso, uno de esos golpes de realidad que me tocó superar, fue el hecho de dejar atrás a todos mis amigos de adolescencia para regresar al país donde nací. Fue algo contra lo que nunca pude luchar y que me marcó durante muchos años.
Luego viene la etapa de convertirnos en adultos. Así a secas. Porque la mayoría de nosotros no logramos ser adultos completamente funcionales, sino hasta después de varios golpes de la vida. Muchos tuvimos que aprender, con varios de esos golpes, que la vida real siempre nos va a poner a prueba. Muchas veces desencadenando sucesos, uno tras otro, hasta que logramos descifrar el mensaje que nos quiere revelar. Justo como traté de describirlo en el capítulo anterior, «Efecto dominó».
Es en esta etapa donde finalmente reconocemos que ya nada será como antes. Los días de felicidad cuando jugábamos como niños no volverán. Ni tampoco los días de fiestas y despreocupaciones que tanto nos alegraban siendo adolescentes. Empezaron las responsabilidades reales de la vida, y todo se volvió mas pesado. Aunque tampoco es que hayamos perdido la alegría de vivir. Es solo que definitivamente, no se puede dejar de sentir la enorme diferencia.
Pero a pesar de sentir esa diferencia, siempre tenemos la oportunidad de revivir en nuestra mente los mejores momentos de esas épocas. Eso nadie nos lo puede quitar. Y depende de nosotros mismos sacarlos cuando mas los necesitemos o extrañemos. Después de todo ya somos adultos con propiedad y nos lo avalan los años de experiencia que llevamos encima.
Y esa misma experiencia me dice en este momento, que definitivamente duele crecer. Es que no se trata de algo mental. Definitivamente es algo muy real. El solo hecho de empezar a sentir dolores o molestias que antes no sentíamos, ya es bastante preocupante. Porque no se trata solamente de sentirnos jóvenes o de gritar a los cuatro vientos que en nuestra mente seguimos siendo esos adolescentes impetuosos que solíamos ser. No basta con imaginar que la cuenta de los años se detiene. Ni de jugar a contar los años de tal forma que nos engañemos tratando de leer una cantidad menor a la que realmente lleva el registro personal.
El tiempo no se detiene y cada minuto que pasa no nos hace más jóvenes. Nos hace más viejos inevitablemente. Duele crecer y darse cuenta que el cuerpo va presentando síntomas del desgaste natural que todos vamos a experimentar. Nadie, absolutamente nadie se puede escapar de eso.
Ahora lo puedo experimentar de forma practica con situaciones muy curiosas. Hace muchos años empecé a ver como mi papá parecía perder algunos centímetros de altura. Mientras que yo los iba ganando aparentemente. Me sentía mas alto que él. Y ahora me sucede exactamente todo lo contrario con mi hijo. Quien a pesar de ser unos centímetros mas bajo que yo, ya empiezo a sentirlo mas alto.
Es como si mi cuerpo empezara a encogerse. Y ojalá que se encogiera a lo ancho. ¡Pero no! Se va encogiendo a lo largo. Y por más que trato de mantener una postura erguida ante él, siempre se siente la diferencia. Y no solo se trata de la altura, sino también de la fuerza, las habilidades o los reflejos físicos. Aunque quiera demostrar que aun tengo fuerza para ciertas actividades, ya no la tengo. Y si trato de hacerlas, corro el riesgo de lesionarme seriamente. Definitivamente que duele crecer.
Quisiera creer que cincuenta años es exactamente la mitad del recorrido. Es exactamente la mitad de cien, y tendría sentido que fuera como un punto de reflexión para la mitad que falta del camino. Pero no es así. En realidad estoy llegando a los dos tercios del recorrido, según las estadísticas mundiales de expectativas de vida. No es nada dramático, es solo un hecho real que debemos tener siempre presente. No debería ser motivo para sentirnos tristes sino más bien contentos. Si llegamos a estas edades, es porque sobrevivimos los dos primeros tercios de la vida. Ya somos ganadores.
Dije al principio que este día tengo sentimientos encontrados. Quizás sea normal sentirse así al cumplir cincuenta años. Es una edad que suena imponente si realmente la recibimos como lo que es. Saber que ya pasamos los dos primeros tercios de vida puede resultar abrumador. Seguramente nos dé por pensar en el legado que podemos dejar, mas que en los dolores que van a seguir llegando.
Creo que es un buen momento para hacer un balance personal y sacar conclusiones importantes que nos ayuden para el camino que falta. Va a seguir doliendo crecer. Eso no lo podemos evitar. Duele crecer ahorita y conforme pasen los años va a doler más, sin lugar a dudas. Así que solo podemos prepararnos mejor, con toda la experiencia ganada a lo largo de los años.
Definitivamente que ya no podemos correr a la misma velocidad que podíamos hacerlo cuando éramos jóvenes. Pero, ¿quién dice que debemos seguir corriendo?. Ya corrimos demasiado. Ahora es tiempo de caminar y de disfrutar mientras lo hacemos. No deberíamos tener prisas. Si sabemos que la parte restante es la más corta, lo más lógico sería tratar de alargar el viaje lo más que se pueda. Deberíamos de caminar a un paso que nos haga sentir cómodos y que nos permita apreciar lo hermoso del recorrido ante nuestros ojos. Y en lugar de correr deberíamos tomar más pausas para pensar de mejor forma nuestros movimientos y las decisiones que estamos por tomar.
Sentirnos jóvenes mentalmente no hará que podamos correr como antes. Mas bien puede resultar engañoso y nos puede privar de apreciar los detalles que están reservados para vivir en esta etapa de la vida. Ya no estamos para discutir por cosas sin sentido, o para ganar discusiones solo por el hecho de tener la razón. No necesitamos demostrarle nada a nadie porque ya recorrimos mas de la mitad del camino a nuestra manera. Y llegamos hasta aquí. Tampoco es que lo hayamos hecho tan mal.
Pero podemos hacerlo mucho mejor definitivamente. Y tenemos todo para poder hacerlo así. Si lo pensamos bien, tenemos muchos años de experiencia y lecciones aprendidas, que podemos poner en práctica para la parte que nos queda por caminar. Creo que la clave está en reconocer exactamente el punto en el que estamos y lo que queremos o deseamos para el futuro. Tenemos mucho por lo cual estar agradecidos con Dios. Y también podemos pedirle humildemente que nos permita vivir de la mejor manera posible para cada uno.
Es un hecho innegable que todos vamos a partir de esta tierra algún día. Pero no sabemos exactamente cuándo. Y si aceptamos que nuestro camino ya ha avanzado varios años (cincuenta) y que lo que nos queda es la menor parte, creo que podemos enfocarnos de mejor forma para lo que falta. Y creo que lo mejor está por venir definitivamente. Confío en Dios que así es. Porque si me ha permitido salir de varias situaciones complicadas, no tengo por qué dudar de que tiene algo mejor todavía.
Sí. Duele crecer. Pero de alguna forma ese dolor natural del crecimiento es el que nos permite ser quienes somos. Es parte de la vida misma y del camino que nos corresponde transitar a cada uno. Solo aceptando que el dolor de crecer es inevitablemente natural, y de que nuestra vida no depende de nosotros mismos, sino solamente de Dios, es que vamos a poder ser felices completamente.
Porque cualquier plan a futuro que haga en este momento, dependerá de los años que Dios tenga preparados para mí. Solo me queda planificarlos de la mejor forma posible como dije anteriormente. Y creo que eso significa básicamente, caminar en lugar de correr. Ya no quiero correr más. Quiero caminar lento, seguro, firme, disfrutando de cada paso que pueda dar.
Quiero tener la bendición de Dios en cada paso y poder ver a mi familia a mi lado. A cada uno de ellos, por el tiempo que sea posible. Cada uno de ellos es una parte fundamental de mi vida. Sé que algunos deberán partir más pronto, pero mientras ese momento llega, quiero verlos a mi lado, caminando conmigo. Riéndonos de las cosas que ya pasaron y con la emoción de esperar las que aún nos quedan por vivir.
A mis compañeros inseparables Sandy y Luis, quiero verlos a cada instante posible. En cada amanecer, en cada puesta del sol, cada día, una y otra vez, las veces que sea posible. Hemos caminado juntos una buena parte del trayecto. Estoy seguro que nos falta la mejor parte todavía. Seguramente que ya no vamos a correr como antes. Después de todo, el de las prisas y las carreras siempre he sido yo. Así que ahora estoy seguro de que podemos disfrutar aun mas del camino. Gracias por ser mis motores y motivarme siempre a ser mejor cada día. Los amo con todo mi corazón.
Para celebrar este cumpleaños, quiero darle gracias a Dios por tantos regalos especiales que he recibido de Él. El primero de ellos es haber llegado hasta este día a pesar de las circunstancias pasadas. El segundo es tener a mi lado a los seres que amo, siempre acompañándome a cada paso. Y el tercero es haber descubierto este pasatiempos que tanto me apasiona. Escribir.
Así que de la misma forma que lo he hecho los años anteriores, este día quiero auto regalarme un doble capítulo. Y como siempre, quiero complementarlo con una canción especial. Una canción con mucho sentimiento que transmite un mensaje muy lindo. Justo para recordar que podemos volar a pesar de las dificultades o de las circunstancias que nos rodean. Y este día, siento que yo también he «Nacido para Volar».
