Mi amigo el «Cocker» es el ser viviente no humano más especial, con el que he convivido. Su nombre de pila es «Odie» (como el amigo de Garfield), pero como nunca me entiende (a mí), que lo llame por su nombre, entonces prefiero llamarlo así, «mi amigo el Cocker«. Tampoco es que me haga caso si lo llamo de otra forma, pero al menos sabe muy bien cuando me dirijo a él y por supuesto, que lo quiero mucho. Él y yo tenemos una relación bastante especial. Podemos pasar sin decirnos una sola palabra durante horas, simplemente sentados uno cerca del otro. O podemos tener muy extrañas conversaciones, acerca de la vida. De la vida humana y de la vida de perro. Pero la vida de perro que vive él, precisamente por ser un perro.
Legalmente no soy su amo. En todos los documentos de identidad de mi amigo el «Cocker», y en su propia conciencia, el único amo que reconoce es a «Iche» (nuestro hijo). A mí más bien me ve como a «un igual». Bueno, si acaso. Porque a fuerza de ser sinceros, él cree estar un peldaño arriba en la cadena alimenticia de la casa. He tratado toda la vida de dejarle claro cuál es su verdadera posición. Pero me di por vencido hace mucho tiempo ya. Honestamente me ganó la moral con sus inocentes acciones y travesuras. Y a esta altura de la vida, me gusta dejarlo que crea que efectivamente, somos «iguales» (cuando menos).
Mi amigo el «Cocker» no es la primera mascota que haya tenido. En mi historia de mascotas hay varios episodios desde niño. Pero la de «Odie» es la relación más larga y más especial como decía al principio. Aunque no tenemos los registros de su nacimiento exacto, si sabemos su edad. ¡Hace un par de meses cumplió 16 años! Según su raza, podríamos decir que está en su vejez. Aunque por momentos me siento más viejo que él. Tiene algún gen especial que lo hace parecer muy joven, casi como un perro adolescente. A no ser por algunas canas (muy contadas, por cierto) y porque duerme la mayor parte del día. Bien podría llamarse «Odie Button» (por la película «El curioso caso de Benjamin Button«)
Pero como decía, he tenido varias mascotas antes de mi amigo el «Cocker» y también varias historias tristes al respecto. A muy temprana edad comprendí el significado de lo que conocemos como «cadena alimenticia». Que por cierto fue algo que aprendí desde la escuela. La primera experiencia que tuvimos con mascotas mi hermana y yo fue con dos pollitos. Para nosotros eran nuestras mascotas especiales, a falta del permiso para tener un perro o un gato. Para mi mamá eran la solución para un almuerzo futuro en algunas semanas posteriores.
Sinceramente no recuerdo qué nombres les pusimos. No miento al decir que fue algo hace muchos años ya, cuando éramos muy pequeños. Eran dos pollitos preciosos, lindos (pero ¿qué bonito podría tener un pollito recién salido del cascarón?), obedientes, casi que hablaban con nosotros. Mi hermana y yo casi estuvimos a punto de enseñarles trucos como si fueran perritos. Pero desgraciadamente tuvimos un trágico accidente con ellos. Algo que nos marcó para toda la vida.
Un día cuando los buscamos en la casita que les habíamos hecho especialmente para ellos (una caja de cartón), no estaban. El corazón se nos detuvo por un largo momento (como dos o tres segundos) del temor que sentimos. Poco a poco conforme los buscamos en toda la casa, la esperanza de encontrarlos iba desapareciendo. Hasta que luego de varios minutos llamándolos por sus nombres, nos dimos cuenta de que el portón de la casa estaba abierto. Nunca encontramos sus cuerpecitos para poder enterrarlos y despedirnos de ellos. Nuestra investigación infantil concluyó que habían huido de la casa por motivos aun desconocidos hoy en día. Lo dejamos como un caso cerrado oficialmente.
Pero como mi mamá tenía dos bocas pequeñas que alimentar, no se dio por vencida. Y nos consiguió no dos sino cuatro pollitos esta vez. Nada podía salir mal. Se trataba del amor de madre compensando un poco nuestro dolor. Y en lugar de tener un pollito cada uno, teníamos dos. Pasamos varios días consintiéndolos. Nuevamente teníamos la tarea de educarlos y enseñarles a hacer algún tipo de acto especial. Pero el acto especial lo estaba preparando mi mamá.
Luego de varias semanas, aquellos pollitos se habían convertido en grandes exponentes de su raza. Estaba bien gorditos, pesaban bastante y sus piernas lucían como las de un animalito bien alimentado y cuidado. Por supuesto que a mi mamá le brillaban los ojos. No solo habría pollo para el almuerzo, sino hasta sopa y seguramente tamales también. Y no solo para un día, sino que para varios días más. Obviamente no pudimos comer nada de eso. Nos sentíamos caníbales. No entendíamos como era posible que hubieran sacrificado a nuestras mascotas para tal acto. Pero lo entendimos. Era la cadena alimenticia. Una verdad dura y cruda.
La siguiente experiencia fue un poco diferente. Subimos de nivel. Pasamos de pollitos a conejos. ¡Pero qué animalitos para producir desechos orgánicos! Si los hubiéramos criado para una fábrica de abono orgánico, seguramente que fuéramos millonarios en este momento. Pero nos ayudaron a conocer otro tipo de belleza, la belleza real. Porque sinceramente entre un pollito y conejito, no me dejarán mentir que es más bonito un conejito. La mamá coneja tuvo varias camadas de crías. Hay una que recuerdo de forma especial porque fue para un cumpleaños. Recuerdo que justo ese día tuvo a sus 12 crías. Y claro, más abono orgánico acumulado. Había que buscar soluciones creativas para ese problema demográfico en la casa.
Así que ahí fue el momento de despertar nuestro espíritu mercantilista y capitalista. Luego de que los lindos y tiernos conejitos se comieran todo mi trabajo de semanas en una hortaliza casera que yo mismo había cultivado, tomé una decisión dura. Debían pagar por lo que habían hecho y había que establecer un justo castigo. Decidí venderlos a todos para recuperar mi inversión, y mi orgullo también.
Pasaron muchos años hasta nuestra siguiente experiencia con mascotas. Aquellos episodios crueles de la pérdida de nuestros primeros compañeritos animales eran difíciles de olvidar y no estábamos seguros de poder soportar algo así nuevamente. Pero de pronto sin pensarlo conocimos el amor puro, sincero, noble, tierno y totalmente desinteresado de otro tipo de compañía. ¡Conocimos el amor de los gatos! Llegamos a la casa de los abuelos a vivir temporalmente y ahí conocimos a una gata con un nombre en dialecto indígena que sinceramente voy a obviar mencionar, porque simplemente no se puede pronunciar. ¡Bueno qué más da ya! Se llamaba «Chirimistagua«. Solo el abuelo sabía lo que significaba realmente.
Era una gata muy simpática y la verdad es que también estaba bien domesticada. Tuvimos la oportunidad de conocer y encariñarnos con varios de sus hijos, de varias camadas por supuesto. Pero de todos los gatitos que tuvo, tenemos un especial recuerdo de tres de ellos. No recuerdo bien cuántas veces tuvo crías nuestra amiga felina, pero si fueron bastantes gatitos los que vimos nacer, en diferentes oportunidades. Todos de diferentes padres, por cierto. Era una gatita muy noble, pero igualmente muy inquieta. No fue muy estable en sus relaciones.
Lamentablemente no podíamos conservar a todos sus hijitos. Ya éramos demasiadas personas viviendo en la misma casa. Llegamos a convivir en el mismo lugar con diez primos, los dos abuelos, algunas tías que llegaban de vez en cuando, y las docenas de gatos que deambulaban por la casa. De todos los tamaños y colores. Así que la carga era muy grande. Entre todos tratamos de buscar la mejor solución para cada cría. Y así decidimos darlos en adopción poco a poco (es decir, lo regalamos al primero que los quisiera o aceptara llevárselos).
Mi hermana y yo, adoptamos como propios a tres. A «Chirito», que lo llamamos así por el nombre de su mamá, y porque era más fácil de pronunciar. A la «Negra«, que era una gatita muy bonita que casi brillaba por su pelo negro completamente. Y el más pequeño, el que se convirtió en el consentido de mi papá. Era «Willito».
Cuando nos mudamos de casa nuevamente, nos encontramos con el dilema de qué hacer con los gatitos. Ya no podíamos andar por la vida perdiendo compañeros de forma trágica. Así que tomamos decisiones más responsables. Y nos propusimos llevarlos con nosotros. La gatita «Negra«, fue la única que nos dolió entregar a una buena familia que la quería conservar. Llegaba a visitarlos regularmente y se habían encariñado con ella. «Chirito» y «Willito» se mudaron con nosotros. Pero al momento del traslado «Willito» se escondió en el techo de la casa que íbamos a dejar y no pudimos llevarlo. Por supuesto, al ser el consentido de mi papá, tuvimos que regresar a traerlo.
No recuerdo una experiencia más bizarra que la de llevar un gato asustado, en un maletín, en un autobús lleno de personas. Para empezar, bajarlo del techo fue todo un caos. Terminé con los brazos rasgados de la pelea que tuvimos para poder agarrarlo. Luego cuando lo pude meter al maletín las cosas no mejoraron mucho. Ese gato se movía de un lado para otro y parecía que adentro había un pleito de tejado. Pero logramos llegar a nuestra nueva casa. El pobrecito pasó varios días asustado, pero poco a poco con el cariño y la comprensión de mi papá, pudo superarlo. Siempre sentí envidia de mi «hermanito felino menor» al ver cómo lo consentía mi papá.
Podría decir que la relación con esos dos gatitos fue bastante especial y larga. Sinceramente les tomamos mucho cariño y nos daba gusto verlos pasear por la casa. «Chirito», el mayor, murió de una pelea de tejado. Creo que nunca se pudo adaptar al nuevo barrio al que lo llevamos. El menor, como no tenía ninguna habilidad especial, más que esperar que mi papá le diera comida, corría menos riesgo de verse involucrado en peleas. Pasó varios años con nosotros hasta que un día se perdió.
Nos habíamos vuelto a mudar de casa (esta vez tomamos todas las medidas para resguardarlo durante la mudanza) y un día salió y nunca más regresó. La verdad es que nos sentimos muy mal todos. Pero especialmente mi papá porque era su compañía de todos los días. Nosotros simplemente recordamos aquella triste mañana cuando los pollitos se habían escapado de la casa y habíamos perdido a nuestras primeras mascotas.
Esa fue la última experiencia que tuvimos antes de empezar nuestras vidas por separado. Pasaron muchos años sin tener una mascota en casa. En ese momento no estaba en mis planes. Lo que vendría unos años más adelante era algo muchísimo más especial, que iba a llenar nuestras vidas por completo. Iche (nuestro hijo), ¡venía en camino! Y no fue sino hasta que tuvo como 4 o 5 años, que empezamos a hablar sobre la posibilidad de tener una mascota. Una especia de compañía para él, con quien pudiera jugar y divertirse. Y la mejor opción era un perrito. Bueno, era la única opción más bien. Perdí el poder de decisión para votar a favor de un gato como mascota. Ya empezaba a quedar clara la nueva «cadena alimenticia» (y de mando).
Antes de mi amigo el «Cocker», tuvimos a una linda perrita. Era una French Poodle negrita muy juguetona y simpática. Parecía ser una compañía muy especial para Iche. La llamamos «Gigi». Pero de pronto él empezó a tener crisis de alergias respiratorias muy frecuentes. Y luego de varias visitas al doctor, terminamos recibiendo la recomendación de que sería mejor no tener un perrito en la casa por su salud. Fue una noticia bastante triste porque ya nos habíamos encariñado con «Gigi». Nos tomó varios días asimilar la separación, y tuvimos que empezar a buscar quien la recibiera. En esta ocasión si nos tomamos el tiempo de buscar un buen hogar para ella. Y al final una vecina nos la pidió para que se quedara en su casa. Así podríamos visitarla cuando quisiéramos.
Pero la historia no iba a quedar ahí. Después de haber superado esas alergias, nos dieron una excelente noticia. ¡Ya podíamos tener nuevamente una mascota! Iche tenía como ocho años ya, y era el momento de incorporar un nuevo miembro a la familia. No sabía en lo que me estaba involucrando en ese momento. Pero en el fondo yo también quería tener un compañerito a quien consentir. Así que pensamos en una raza que nos gustara y así es como decidimos que debía ser un Cocker Spaniel. Y desde ahí apareció mi amigo el «Cocker», nuestro Odie.
Tenía unos dos o tres meses de haber nacido. Era un lindo cachorrito. Ahí me perdí, justo al verlo fijamente a los ojos. Le había preparado una casita de madera para que se acostumbrara desde el principio a su nuevo hogar. Las primeras tres noches fueron un poco tensas por decirlo de alguna forma. Me quedé a la par de él, viéndolo en su casita y esperando que se quedara quietecito. Algo que jamás ocurrió. En cuanto lo ponía en la casa, empezaba a llorar. Así que al principio lo tomaba y lo ponía en mis piernas para que se calmara un poco. Pasé las siguientes tres noches en vela completamente cuidándolo. ¡Hasta que de pronto se quedó en su casita! Y desde ese momento ese ha sido su espacio especial.
Como decía al principio, mi amigo el «Cocker» nos ha acompañado los últimos dieciséis años. Desde esas primeras tres noches que recuerdo muy bien, empezaron mil historias y anécdotas que siempre recuerdo con mucho cariño. Algunas con más rabia y cólera que cariño sinceramente. Como cuando se comió mis lentes y pasé una semana sin poder ver de forma normal. Pero en general, como se lo digo a él constantemente, Odie ha sido un buen perro. De verdad que mi amigo el «Cocker» es un lindo amigo y compañero que de una forma muy especial nos demuestra su cariño. Quizás no lo podamos comprender completamente. O quizás él no nos pueda comprender a nosotros. Pero en todo caso sabemos mutuamente que nos queremos mucho.
Ahora que podría pensar que su vida se encuentra posiblemente en su última etapa (aunque lo dudo porque se ve más joven que yo), quisiera escribir sobre sus más pintorescas travesuras. O recordar con cariño muchas de nuestras conversaciones para de alguna forma volver a vivir esos momentos. Me considero su intérprete, así que creo ser la persona idónea para transmitirles lo que él piensa sobre la vida, o simplemente contarles sobre las vivencias que él quisiera compartir con ustedes. No miento al decir que son muchas, por cierto, las travesuras que ha hecho mi amigo el «Cocker». Pero como dice un dicho, «hay más tiempo que vida», para poder compartirlas todas.
