Me pregunto si podríamos coincidir en lo que cada uno de nosotros entiende por ser un buen alumno. Creo que muchos podríamos pensar que solo se refiere al hecho de ver registros de notas o calificaciones en determinadas asignaturas o temas. O posiblemente pensemos que se refiere a la cantidad de logros o títulos que se puedan haber ganado. Podría ser que algunas personas vayan más allá y piensen en un buen alumno como alguien que sigue instrucciones y se adapta fácilmente a las normas.
Personalmente me gusta pensar en un buen alumno, como una persona que sabe aprender lo que le están enseñando. De hecho, ese es el significado de la palabra alumno. Es una persona que recibe enseñanza de otra persona. Es decir, que para que haya un buen alumno, también debe existir un buen maestro. Y me gusta el concepto de alumno o aprendiz que se usa en la saga de «Star Wars». Las películas de Star Wars me gustan por muchas cosas más, no solamente por el concepto de aprendiz. Pero en este caso cuando hablamos de un buen alumno, me gusta imaginarlo como un «padawan» (un aprendiz Jedi que aprende de un maestro).
En un mundo tan superficial y donde todo sucede tan rápido, es muy fácil valorar el aprendizaje solamente con números. Muchos de nosotros hemos sido educados con mediciones subjetivas de logros basados en números. Nos comparamos con base a números en todo sentido. E incluso fijamos metas que tienen como base muchas mediciones definidas. Usamos muy frecuentemente la frase de que «no se puede mejorar lo que no se puede medir». Y «medir» y «controlar» son dos términos que van muy relacionados siempre. Por eso es que para una persona que le gusta «controlar» procesos como yo, es muy difícil ver el mundo de forma diferente.
Me gusta controlar y medir procesos en todo sentido. Aprendí muy bien a definir y medir variables en los procesos de producción. Puedo «detectar» opciones para «mejorar» con solo un poco de observación. Me gusta controlar posibles escenarios. Es decir que tengo una debilidad por querer controlar el futuro. Pienso que las acciones de este momento pueden definir los resultados futuros. Incluso pienso que las acciones pasadas se pudieron haber hecho «mejor», para tener mejores resultados actuales. ¡Vaya problemita el que tengo! Ya tenía sospechas de tener rasgos personales hacia ese tipo de comportamiento, calculador o controlador, como quiera verse. Y la enseñanza que recibí no pudo caer en tierra más fértil. ¡Con razón me gustó tanto lo que he ido aprendiendo a lo largo de los años!
Ahora es más común escuchar sobre los diferentes tipos de inteligencia que tenemos todos. Creo que es mucho mejor imaginar que todos tenemos diferentes habilidades naturales, y que, por lo tanto, nuestras fortalezas en aprendizaje también estarán orientadas hacia esas habilidades. En mi caso mi habilidad para dibujar es muy «primitiva», por decirlo de una forma bonita. Por supuesto que detestaba las clases de «Artes Plásticas» (mi maestra de esa materia tampoco ayudaba mucho). Y odiaba que me «calificaran» por algo que simplemente yo no podía hacer. En cambio, mi sobrinita es una artista que puede dibujar casi todo lo que se imagina con una facilidad admirable. Ella es feliz en ese tipo de asignaturas académicas, y busca aprender más de ese campo de conocimientos o habilidades.
Así que creo que para ser un buen alumno también se debe tener cierto tipo de habilidades. Y aquí es donde quisiera «aprender» mi lección de vida fundamental. Puede ser que no tenga las habilidades naturales para desarrollar ciertas actividades. Pero sí puedo desarrollar la habilidad del «interés» en algo que sé que me puede ayudar en la vida. Por ejemplo, sé perfectamente que no puedo dibujar de forma natural. Pero sí puedo desarrollar el «interés» por aprender lo básico de ese arte, para descubrir realmente si no estoy perdiéndome de algo especial. Podría ser que al «intentar» dibujar, me encuentre con la posibilidad de que sea algo que me guste (aunque no lo haga maravillosamente bien), y que se convierta en una actividad entretenida. A lo mejor un pasatiempo que me llene y se convierta en una forma bonita de disfrutar de mi tiempo libre.
He tenido la oportunidad de «aprender» sobre varios temas, pero la mayoría siempre han estado relacionados con mi trabajo. Viéndolo en este punto de mi vida, creo que he aprendido más cosas debido a mi trabajo, que debido a mi «interés personal» sobre algún tema. Seguramente se debe a esa necesidad constante de «medir» todo únicamente con números o cantidades. A mayor cantidad de Cursos o Capacitaciones, mayores probabilidades de ascensos. Entre mejores resultados se logren en el trabajo, mejores recompensas. Que siempre se convierten en otras formas de medirnos y compararnos con los demás. Creo que he perdido la oportunidad de descubrir nuevos temas o nuevas asignaturas, en las cuales podría sentirme igualmente feliz si tan solo «aprendiera» a tener interés en ellas.
Me pregunto, ¿qué pasaría si viéramos la vida como una gran escuela, y cada situación que nos sucede fuera una materia que debamos aprobar para subir de nivel? Seguramente que «Matemáticas» quedaría en el olvido. Porque lo que necesito contar en cuanto «bienes» o posesiones materiales, podría hacerlo con una calculadora básica, y operaciones de suma, resta, multiplicación y división. ¡Y dudo que fuera a necesitar operaciones de 6 o más cifras frecuentemente! «Estudios Sociales» no creo que lo necesite ahorita para resolver los problemas personales de este momento. De «Lenguaje» no voy a hablar, porque justo en este momento, estoy haciendo uso de él. Pero no como algo mecánico, o rutinario, sino aplicado en algo que me gusta y disfruto mucho: escribir.
Posiblemente las materias que tendría que estudiar más serían algo así como: «Paciencia nivel básico» (casi a nivel de kínder), «Aprender a caminar al ritmo de los demás» (no correr a mi ritmo solamente), «Tolerancia al cambio de planes» nivel hiper mega básico, «Métodos y Técnicas para descubrir entretenimientos apasionantes», entre otras. Quizás debería agregar algunas materias complementarias como, por ejemplo: «Aprender a ser niños de nuevo», «El Arte de reírse de uno mismo», «Descubrir el secreto de vivir cada situación que nos pase dos veces» (esto lo he sacado de una película que se llama «Una cuestión de tiempo«). Definitivamente que tengo muchísimas materias para cursar y de las cuales podría aprender a disfrutar de la vida de una forma diferente.
Para ser un buen alumno en cada una de estas asignaturas alternativas de la vida, creo que debo aceptar mis propias carencias primero. Si creemos que lo sabemos todo, nos limitamos de aprender algo nuevo cada día. Así que en mi caso empiezo a entender que quizás debo recordar cómo ser un buen alumno desde el principio. Cuando no había nada por qué competir, o no había nada qué demostrar. Cuando todo lo hacía por el simple gusto de hacerlo. Sea lo que sea, sin importar las consecuencias.
Claro que las consecuencias en ese entonces eran un buen regaño de mis papás, o un comentario de mi maestra en mi libreta de notas de la escuela. No sé cuál de las dos tenía más «persuasión» en mí. Porque de todos los maestros que he tenido, hay una en especial que siempre recuerdo con mucho cariño. A mi maestra de escuela, la Niña (señorita, miss, maestra, o como quieran llamarle) Marta Valverde.
Dije que, para ser un buen alumno, también se necesita de un buen maestro. Y la Niña Martita siempre me alentó y motivó a aprender de tal forma que nunca olvidara esas enseñanzas. Sin importar la asignatura, lo importante era la forma en que nos motivó siempre a ser mejores. Tengo muy bonitos recuerdos de mis maestros de escuela y de colegio. Algunos que recuerdo por nombre y apellido, y a otros que recuerdo solo por su rostro, como personas que me enseñaron mucho.
Pero mi maestra de escuela cuando tenía 8 años de edad tiene un lugar especial. Tan especial es ella, que aún hoy en día es el centro de un grupo de WhatsApp donde nos comunicamos ocasionalmente, viejos (ahora) ex compañeros de escuela. Quizás no nos recordemos entre nosotros, pero todos nos recordamos de ella. Y si contara un poco de su historia como persona y como ejemplo de resiliencia ante la vida, no me alcanzaría toda una publicación.
Quiero ser nuevamente ese buen alumno que fui, pero recordando con alegría y pasión, las cosas que con el pasar de los años vamos olvidando. No se trata de edades, sino de decisiones. Porque la edad es solo un conteo más en la vida. Esos conteos que ya dije que nos hacen daño de varias formas. Más bien creo que todo depende de la decisión de atesorar esos recuerdos que valen la pena traer a nuestra mente, cuando necesitamos reír y sentirnos vivos en todo sentido. Cuando necesitamos dejar de lado las medidas y comparaciones, los conteos y el tiempo. Para aprender a dejar de lado el estrés de la vida en general.
Para ser un buen alumno no es necesario obtener la máxima calificación. No podemos esperar ser buenos en todo, en todo momento, en cada etapa de la vida. Dije que debíamos aprender a reconocer nuestras habilidades y limitaciones, para aceptarnos con amor nosotros mismos.
Por ejemplo, yo tampoco fui un gran deportista, ni amante de la disciplina para pasar horas en entrenamientos o gimnasios. Nunca fue lo mío. Voy a un gimnasio cuando siento motivación de hacerlo, por salud, o como actividad de entretenimiento. Para disfrutarlo. Así eran mis días cuando jugábamos con mis compañeros y amigos algún deporte en la calle o en alguna cancha del pueblo. Tampoco fui un gran corredor. De hecho, no me gusta correr para nada. Qué paradójico que no me guste correr como deporte, pero no puedo dejar de correr en mis actividades y planes personales.
Hace muchos años, dos de mis amigos trataron de ser mis maestros para «enseñarme» a correr. Ni ellos tenían la intención de enseñarme, ni yo la de aprender. Recuerdo que llegaron a las 5:00 am a mi casa para que saliéramos a correr un día cualquiera. De la cama, directamente a la calle, sin ningún tipo de calentamiento previo y con un frío que llegaba hasta los huesos. Pero salí valientemente con mi ropa deportiva y unos tenis rotos. Nada podía salir mal.
Después de los primeros 100 metros ya me habían sacado 200 metros de ventaja. Después del primer kilómetro, ya no podía respirar, mis pulmones estaban por colapsar, el sudor se empezaba a sentir como escarcha por el frío. Sentía que iba a morir ese día. Pero continúe. No sé por qué, pero continué. Cuando estaba ya lejos de mi casa (digo estaba, porque a ellos ya no los volví a ver más), solo trataba de seguir la ruta que habíamos acordado. Sin GPS ni celulares, todo a pura memoria, y orgullo personal.
Pero como repito, uno debe reconocer sus limitaciones. Y en ese momento, resistencia para correr, y pena, eran dos cosas que yo no tenía. Así que decidí parar, respirar profundamente, y hacerle parada al primer taxi que me encontré para que me llevara de regreso a mi casa. Bueno tampoco tenía dinero. Lo que si tenía era a mi mamá esperándome en la casa. Y como toda buena madre, cuando me vio bajar del taxi con mi ropa deportiva y tenis rotos, soltó una gran carcajada. Se estaba burlando de mí. De su hijo. Una madre también sabe de las limitaciones de sus hijos. Pero no importó, porque los dos nos reímos de la anécdota. Así como nos reímos el día siguiente con mis amigos, y con todos los demás que ya se habían enterado del chisme.
Obviamente no fui «brillante» en Educación Física. Con mi mejor amigo en el colegio, se nos ocurrió la genial idea de «copiar» en un examen de Educación Física. Pero ¿cómo se puede copiar? El examen era correr una milla alrededor de la plaza que estaba afuera del colegio. Dependiendo del tiempo que cada uno tomara en correr la milla, así era la nota. Yo sabía que no iba a poder correr una milla. Y Dios sabe que necesitaba salir bien en ese examen. Así que se nos ocurrió «recortar» el recorrido. En la primera vuelta que dimos, decidimos quedarnos «escondidos» detrás de una bodeguita que estaba en una esquina lejana de la plaza.
Todos nuestros compañeros pasaron dos veces por ahí mientras corrían y nos veían sentados, descansando, esperando el momento de reincorporarnos a la carrera. Solo a nosotros se nos podía ocurrir que nuestro maestro no iba a notar nuestra ausencia. Pero repito, que pena y resistencia para correr, eran dos cosas que no tenía. Y llegó el momento de brillar.
Como si fuéramos maratonistas de alto desempeño, llegamos jadeando, sudando y exhalando de forma exagerada, como si nos fuéramos a morir. Todo un show. Si hubiera sido clase de teatro sí que nos hubiéramos ganado la mejor calificación. Pero estábamos en la clase equivocada. Y al final el maestro por compasión, nos dio la nota mínima necesaria para aprobar. No sin antes pasar 5 minutos tirando indirectas sobre lo que habíamos hecho. Indirectas que por supuestos nos resbalaban en medio de todo el sudor por la dura carrera.
Realmente deseo volver a ser ese «buen alumno» que alguna vez fui. No por mis calificaciones, sino por lo que viví y los recuerdos que aún hoy guardo y que salen para alegrar mis memorias. Creo que debo aprender de las lecciones que se van presentando en la vida, no para demostrar que puedo aprobarlas, sino para entender cuál es la verdadera enseñanza detrás de ellas. Quizás jamás aprenda a surfear (uno debe reconocer sus limitaciones no lo olviden), pero sÍ puedo dejar que una ola me tire por todos lados, y cuando quiera ponerme en pie, que me vuelva a tirar, y no pueda levantarme de la risa de verme hacer el ridículo yo mismo. O aprender a reírme de cualquier «Turbulencia Inesperada« en lugar de sentirme superado por su magnitud.
Creo que necesito urgentemente un repaso de todas las cosas que me hagan recordar cómo ser un buen alumno en la escuela de la vida. Una de mis debilidades es como dije antes, pensar en el futuro y todas las posibilidades que pueden venir más adelante. Así que creo que es un buen momento para empezar por lo básico. Hay que sacar del baúl de los recuerdos aquellos momentos que me hicieron reír cuando era niño o joven. Debo aprender a caminar y trotar en lugar de correr. No importa si es un gimnasio o en la calle, lo importante es hacerlo porque verdaderamente deseo hacerlo.
Es un buen momento para disfrutar de la bendición que me ha dado Dios de contar con una familia que me ama por completo. A pesar de ser «compañeros» en la escuela de la vida tan diferentes entre nosotros mismos. Pero qué bien se siente tenerlos a mi lado. Mis clases no serían lo mismo sin ustedes.
Es tiempo de recordar a cada persona que nos ha enseñado algo importante en la vida. Personas que se han convertido en nuestros maestros en alguna asignatura de la vida, y que nos han hecho ser buenos alumnos. Es la oportunidad de poner en práctica todo lo que he aprendido y disfrutar de todo lo que está por venir.
