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El lugar perfecto para poder escuchar nuestra voz interior

Tachito y el camino empedrado

No soy un experto en finanzas personales, pero quisiera explicarles lo que para mí es el ahorro. De hecho más adelante les explicaré que he sido un desastre en ese tema. Pero ahora quizás podamos entendernos un poco a nosotros mismos, sobre las razones que nos llevan a tomar ciertas decisiones que pueden cambiar de forma totalmente opuesta nuestro futuro. Así que quisiera iniciar con la presentación de este personaje familiar que me trae bastantes recuerdos, y también con la analogía de un conocido refrán popular.

En realidad, no solamente es popular, sino también bastante directo. Pero es un hecho que el mensaje que trae su interpretación es muy claro. Dice el dicho que «el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones«. Cada uno podría darle una interpretación diferente, pero lo cierto es que la mayoría coincidimos en que el mensaje principal, es que podemos hacer muchas cosas buenas, pero si no tenemos claro hacia donde nos llevan, podemos llegar al lugar menos deseado.

Tachito recorrió un camino bastante particular por decirlo de alguna forma. Y no es que haya caminado precisamente por un lugar empedrado, o que haya terminado en el infierno. De hecho, el pobre Tachito y el infierno no tienen absolutamente nada en común. Solo es una forma de contarles lo que pienso, con respecto a los primeros hábitos financieros, y cómo éstos pueden empezar a moldearse o perfeccionarse, incluso desde nuestra niñez. 

Por supuesto que esto depende de nuestros padres, y de los hábitos que a su vez hayan podido desarrollar ellos mismos. Pero como no se trata de descifrar en este momento, qué fue primero, si el huevo o la gallina, simplemente voy a tomar como referencia el punto preciso en el comprendí esta verdad para mi vida. A veces recorremos ese camino empedrado sin darnos cuenta realmente hacia dónde nos lleva.

Tachito era un monito muy simpático, hecho completamente a mano. Era una artesanía muy bonita. Estaba tallado a partir de un coco completamente seco, y su forma era verdaderamente muy graciosa y colorida. La parte exterior del coco, lo que se conoce como estopa en algunos lugares, le daba la forma a su cabeza y a su pelo. Las fibras gruesas de la estopa daban la semejanza de un pelo puntiagudo. Su cara era alegre, sonriente, y recuerdo que hasta tenía una gorra en su cabeza. Sus manos estaban entrelazadas, y su cuerpo parecía estar sentado. Simplemente esperando, como si estuviera viendo atentamente lo que pasaba por enfrente de él. La parte dura del coco, era lo que formaba su estómago y en su interior estaba la clave de todo. ¡Tachito era una alcancía!

En el momento que Tachito llegó a nuestras vidas, pensamos que era un juguete. En ese momento, era lo más parecido a un juguete que podíamos tener, y el hecho de que fuera algo tan gracioso y bien tallado, nos llamaba mucho la atención. Anteriormente les he contado que, siendo niños, tuvimos que emigrar de nuestro país de origen hacia otro lugar donde crecimos y vivimos nuestra niñez y adolescencia, en un lugar completamente extraño al principio, y lejos de todos nuestros familiares. 

Fue nuestra abuela, la mamá de mi padre, quien envió a Tachito en un viaje por tierra a través de varios países, y algunos años después de nuestro viaje inicial, para que pudiera alegrarnos y reunirse con nosotros, en nuestro nuevo hogar. Nunca supe cuál fue la intención de la abuela de enviarnos esa artesanía tan bonita y con esa forma tan graciosa. Quizás lo hizo solo como muestra de cariño, o quizás en el fondo nos estaba enviando un mensaje oculto sobre el uso de una alcancía.

El primer recuerdo de una alcancía es precisamente por medio de nuestro pintoresco personaje. También el primer recuerdo o concepto del ahorro. Es muy fácil asociar una alcancía con ahorro. Incluso hoy en día podemos encontrar preciosas alcancías para niños. Con formas modernas o réplicas de personajes animados de películas o superhéroes. El concepto del ahorro es algo que siempre deseamos inculcar a nuestros hijos, aunque posiblemente, la mayoría de nosotros, ni siquiera tiene muy claro el objetivo final de ese ahorro.

En el caso de nuestros padres la tarea no era nada sencilla. En primer lugar, habían tenido que llevar a dos niños pequeños a un nuevo lugar, para poder salir adelante de las condiciones sociales que ellos estaban viviendo en su país de origen. Los recursos materiales en ese momento no eran precisamente los más abundantes. De hecho, si hubiéramos tenido algunas monedas en ese tiempo, para poder guardarlas dentro de nuestro monito alcancía, seguramente hubiéramos tenido que hacerle alguna cirugía extrema para sacarlas de regreso de su estómago. Seguramente en tan solo un par de días. Por no decir que incluso podía haber sucedido en cuestión de horas. Ellos literalmente tuvieron que recorrer un camino empedrado toda su vida.

Creo que crecimos con el concepto de que el ahorro era algo que difícilmente podíamos lograr. Como si fuera un sueño o algo imposible para nosotros. Quizás crecimos con la idea de que el ahorro era un lujo. O quizás simplemente nos quedamos con el pensamiento de que el día que tuviéramos una determinada cantidad de dinero ahorrada, seríamos felices. No sé si me equivoque, pero tengo la sensación de que muchas veces el concepto de ahorro que nos inculcaron de niños es aquel que nos dice que cuando tengamos cierta cantidad guardada, podemos usarla para comprar lo que más nos guste en ese momento. 

Pero nunca aprendimos dos cosas sumamente importantes dentro del tema del ahorro. Primero, cuánto es esa cantidad mágica que deberíamos tener ahorrada. Siempre es diferente para cada niño, o para cada persona. Pero no entendemos que esa cantidad depende de algo llamado satisfacción, y que obviamente tiene un punto muy diferente para cada ser humano. Y, en segundo lugar, tampoco aprendimos a identificar muy bien, cuál es el verdadero objetivo de mantener ese ahorro. Simplemente aprendimos a gastarlo y a volver a empezar un nuevo ciclo de ahorro, hasta que lo gastamos en otra cosa. Y el ciclo empieza nuevamente. Hasta que de pronto sin pesarlo y sin darnos cuenta, dejamos de hacer ese ciclo, y nos damos cuenta de que no tenemos ningún ahorro.

Si pudiera darles un consejo, sobre todo a los más jóvenes, a los niños, y a sus padres, basado en mi propia experiencia, no dudaría en decirles que aprendan juntos sobre el verdadero hábito y el concepto del ahorro. En mi caso personal, el aprendizaje llegó después de tropezarme varias veces en un camino, digamos que, un poco empedrado, del cual parecía que no podía levantarme. Sin embargo, un día llegó a mis manos un libro fascinante llamado el «Hombre más rico de Babilonia». Sinceramente no puedo describir el impacto que tuvo la lectura de ese libro en mi vida. Creo que llegó en el momento preciso y de la forma menos pensada. 

La lectura del libro, acompañada varias veces del audio con una narración cautivante, hicieron que entendiera de un solo golpe, el verdadero concepto del ahorro y de los principios básicos que toda persona debe aprender en cuanto a finanzas. Cuando leí y escuché esa narración mis ojos se abrieron por completo a varias verdades. Verdades que incluso ya habían llegado previamente a mi vida, pero que insensatamente no supe escuchar en su momento. No pude ver que el camino empedrado por el cual caminaba tenía un mensaje que debía aprender.

Sobre las enseñanzas que he aprendido acerca de «El Hombre más rico de Babilonia», espero escribirles más adelante, y con más detalles. En este capítulo solamente quería compartirles la historia de nuestra primera alcancía llamada Tachito, y de cómo se convirtió en mi primera figura de ahorro. Recientemente supe que nuestro amigo se quedó en otro lugar, como regalo o como recuerdo de una amistad con nuestros antiguos vecinos. Quiero imaginar que, hasta el día de hoy, sigue enseñando algunas cosas sobre el ahorro, a su manera.

«El dinero habla. Dinero sucio te quiero, dinero sucio te necesito» Pasamos toda la vida deseando bienes materiales y cuando finalmente los tenemos (si es que llegamos a tenerlos), se nos acaba la vida para poder disfrutarlos plenamente. Quizás nuestras prioridades diarias deberían cambiar un poco para que sea al revés, y podamos vivir de una forma plena cada día.

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