Uno de los conceptos de geometría que más recuerdo es el de la definición de una línea recta. No sé por qué tengo grabado estos días ese recuerdo (en realidad en el fondo sí sé la razón). Como siempre, los conceptos matemáticos pueden provocar diferentes tipos de emociones. Hay quienes los recordarán en forma de problemas complejos sin poder resolver, o sin una solución humanamente lógica. Y para otros seguramente traerá recuerdos más agradables de cuando parecíamos como cautivados por las cosas nuevas que íbamos aprendiendo.
Repasé el concepto de esa definición antes de escribir esto y me sorprendí al darme cuenta que no lo recordaba precisamente como creía. Para mí, una línea recta estaba definida por al menos tres puntos que se podían trazar en una misma dirección con la ayuda de una regla. Es decir, que es una línea completamente definida en una sola dirección.
Pero al repasar la definición encontré que no solo se trata de tres puntos, sino que se trata de «puntos infinitos» que se extienden en una misma dirección. En realidad, aunque parezca increíble, la definición que encontré es la correcta. Yo estaba «ligeramente» equivocado (solo «ligeramente»). En mi mente o en mi base de datos mental lo simplifiqué demasiado. Solo imaginé tres puntos, cuando en realidad en una línea hay una cantidad infinita de puntos. Tantos que no podemos separarlos y por eso se llaman «infinitos» precisamente.
Para mí, bastaba solo con tres puntos. Tenía muy claro que no podían ser solamente dos, porque podemos unir dos puntos y formar un círculo por ejemplo, en lugar de una línea recta. Así que para mí estaba claro lo que quería imaginar. Una línea simplemente. Sin curvas, ni desviaciones. Y sin importar la dirección realmente. Solo que fuera recta.
Justo hoy hace un año decidí escribir sobre algo que empezaba a tomar forma de una turbulencia. De hecho así quise describirlo, como «Una turbulencia inesperada». En ese momento lo que imaginaba era un vuelo en el cual de pronto todo empieza a volverse más y más estresante. Lo que parecía ser un vuelo cómodo y sin contratiempos, poco a poco se volvió en una verdadera turbulencia de emociones. No quise profundizar más sobre la causa principal de lo que me preocupaba porque ni siquiera tenía claro cuál era esa razón. Esa misma incertidumbre era parte de lo que me tenía aturdido, perdido o desorientado.
Tampoco quise entrar en muchos detalles porque creo que entre más se «dice» o entre más cosas expresamos de forma audible, más probabilidades de que sucedan hay. Creo que nuestras palabras tienen un poder increíble, tanto para lo bueno como para lo malo. Las personas que creen que al hablar de forma «positiva» sus vidas serán mejores, en realidad si tienen un punto de verdad en esa creencia. De igual forma, si lo que hablamos son cosas negativas, de cierta forma también «atraemos» esa negatividad a nuestras vidas.
Así que además de que no tenía respuestas concretas, tampoco quería «adelantarme» a atraer cosas negativas con mis palabras. Y como una tercera razón para no escribir claramente sobre lo que me pasaba en ese momento, está el hecho de que nunca me ha gustado la idea de verme o sentirme «expuesto», casi que en ningún tipo de situación sin importar si es «buena» o «mala».
Ahora, un año después, me siento de forma diferente. Aunque no estoy listo aún para escribir de forma clara lo que ha pasado en este tiempo, si me siento animado a hablar un poco más sobre el tema. En este momento así lo siento, así lo pienso. Pero igual no sé si al terminar esta publicación, lo habré hecho lo suficientemente bien como para darme a entender de mejor forma.
Resulta que después de todo, de alguna forma podemos comparar la vida con una línea. Es como un camino que vamos recorriendo poco a poco en diferentes etapas y con diferentes condiciones. Cuando somos jóvenes posiblemente imaginamos que nuestra línea personal de vida es infinita. Así como la definición que encontré para la línea recta. Pensamos que el mundo no se va a terminar, y que vamos a recorrer esa línea por siempre disfrutando de cada estación que tengamos que vivir.
A medida que pasan los años empezamos a darnos cuenta que esa línea nos lleva en una dirección en determinados momentos. A veces hacia arriba como en una pendiente que cuesta subir y en donde nuestro caminar se hace un poco más lento. En otras ocasiones nos lleva de bajada a una gran velocidad que por momentos no podemos controlar. Podemos incluso disfrutar de esa adrenalina en situaciones específicas. También podemos simplemente caminar sobre esa línea en circunstancias que se asemejan a una deliciosa planicie en donde no tenemos que hacer mayor esfuerzo por avanzar. Quizás en esos momentos de pausa es cuando más felices nos sentimos, y en donde podemos ver la belleza del camino. Tanto hacia abajo, por lo que hemos recorrido, como hacia arriba para imaginar lo que nos espera.
Pero de pronto cuando crecemos empezamos a pensar en el punto final de esa línea. No creo que sea algo que me pase únicamente a mí. Creo que en algún momento todos pensamos en ese punto, en ese día. Algunos no se detienen mucho en esa reflexión y siguen su recorrido. Otros posiblemente empiecen a pensar en cosas más trascendentales de la vida como el tipo de «legado» que cada uno quisiera dejar en los demás.
La línea que siempre imaginamos como recta en una sola dirección que siempre nos lleva hacia adelante, de pronto no parece ser tan recta. Y de pronto asimilamos que en realidad no hemos estado caminando en una línea definida, sino más bien que hemos caminado a través de varias curvas sin darnos cuenta. Por supuesto que en algunos momentos si lo percibimos de esa forma, pero creo que lo confundimos con alguna de esas bajadas a alta velocidad que mencionaba anteriormente.
Sin importar la forma que lo imaginamos, lo cierto que en algún momento siempre vamos a pensar en cuál va a ser el punto final de esa línea de vida. Creo que la gran mayoría de personas tratamos de «prepararnos» para ese día. Cada uno a su manera, dependiendo de su propia personalidad. Hay quienes preparan su despedida de esta vida de una forma muy bien planificada con un programa muy detallado de lo que esperan que sus familiares hagan cuando llegue ese momento. Algunos se lo imaginan como una «gran fiesta» donde llegan muchos invitados y se puede llenar una sala completa. Otros quizá se imaginen una sala muy pequeña, para que aún con pocas personas, se sienta llena.
Esos pensamientos pueden ser triviales en realidad. Creo que a todos nos da cierto temor pensar en eso. Y simplemente tratamos de enfrentarlo o imaginarlo de una forma que nos haga sentir «cómodos» con el hecho innegable de que ese día llegará en algún momento.
Pero por más que creamos estar «preparados» o por mucho que hayamos imaginado o planeado esa última estación, nadie estará lo suficientemente listo. Puede ser que tratemos de «prepararnos» y hasta planifiquemos asuntos importantes legales de forma anticipada a ese momento. Pero nada será igual, si de pronto estamos en una situación límite en donde vemos ese punto final de la línea muy cerca. Cuando enfrentamos un hecho real o una noticia que nos llega y nos dice que la probabilidad de que ese punto final esté «más cerca» de lo que imaginábamos, todo cambia. Absolutamente todo.
La turbulencia a la que me refería hace una año fue precisamente eso. Ver cómo la línea que creía que era una línea recta, de pronto empezaba a retorcerse hasta formar un completo nudo sin principio ni final. Sin explicaciones ni respuestas. Solo con el hecho de imaginar que el punto final podría estar más cerca de lo que pensé o lo que creía pensar. Porque es muy curioso que mientras no tenemos una hecho real que nos haga pensar en ese momento, en realidad es como si nada pasara.
Me refiero al hecho de que nadie sabe realmente cuándo llegará el momento de nuestra partida. Puede ser ahora, o dentro de muchos años. Aún teniendo un diagnóstico «oscuro» en el caso de alguna enfermedad complicada, no lo sabemos. Podría ser que ese diagnóstico diga que a una persona le queden pocos meses de vida. Y sin embargo otra persona sin ese diagnóstico, llegue al punto final de su línea de vida antes, sin saberlo, sin imaginarlo. Porque no hubo una «noticia» que le alertara de que ese punto podría estar cerca. O simplemente porque llegó de imprevisto, súbitamente.
Así de paradójica es la vida. Quizás así de hermosa. Y entonces es cuando vale la pena que empecemos a preguntarnos cuánto es «mucho» y cuánto es «poco», el tiempo que tenemos. Y no es que vayamos a tener una sola respuesta. Nos lo podemos preguntar muchas veces nosotros mismos, y seguramente vamos a llegar diferentes respuestas. Eso sin tomar en cuenta las respuestas que nos podrían dar las demás personas. Así que no es algo sencillo de descifrar.
Desde que escribí cómo me sentía al iniciar aquella turbulencia hasta ahora, han pasado literalmente 365 días exactamente. Podría decir que he dado 365 pasos, o que mi línea particular es de 365 puntos. Pensé que caminaba en una dirección recta, pero en realidad solo ha sido una vuelta. No me equivoqué al recordar la definición de la línea solo con tres puntos fijos en la misma dirección. Creo que quizá era un deseo interno de ver las cosas de esa forma. Pero en realidad se siente como si la línea fuera de dos puntos. Dos puntos que se unen como formando un círculo. Para nada con forma de línea recta. Es más, ni siquiera tendría forma de un círculo, sino más bien un recorrido de muchas curvas, subidas, bajadas, laberintos emocionales, anímicos, para llegar finalmente al mismo origen.
En ese recorrido he aprendido cosas inimaginables. Lecciones de vida que a veces solo creemos entender de forma romántica porque las vimos en alguna serie o película. Pero que difícilmente podemos experimentar en la vida real. A menos claro, que tengamos que enfrentar de frente, hechos que solo imaginamos en algunas ocasiones. Una noticia que nos enfrente cara a cara con la posibilidad real de que el punto final puede ser algo conocido, que podría tener una fecha definida para que llegue.
Durante estos últimos 365 puntos que he vivido cada día, pude ver con profundo amor, cómo puede ser el recorrido de esa línea particular en la vida de otras personas. A la vez de verme reflejado de cierta forma como en un espejo. Estuve en lugares que jamás imaginé estar, por razones que jamás imaginé vivir. En algunos casos vi cómo la línea de otras personas parecía haber recorrido más camino del que yo apenas empecé a caminar. Y en otros momentos he visto cómo otras personas apenas empiezan a recorrer puntos de esa línea, que yo ya transité. Es algo realmente especial poder imaginar cómo cada una de esas líneas individuales se cruza de varias formas, sin llegar a mezclarse, y sin llegar a unirse. Solo coincidiendo en algunos puntos particulares.
Quise visualizar mis puntos de forma continua en una sola dirección, buscando un horizonte definido. Buscando esa línea recta hacia adelante. Y en ese proceso solo encontré curvas. A veces, con más pendientes (al principio) que bajadas. Con más momentos tristes que alegres. Hasta que de pronto sin saber exactamente cómo, dejé de buscar la línea recta y empecé a ver con emoción lo hermoso que puede ser el recorrido de curvas en medio de un camino de colores.
No quiero decir que no extrañe caminar sobre una planicie sin sobresaltos. Lo que quiero decir es que de pronto sin saber exactamente cuándo, empecé a disfrutar de los momentos de pausas para respirar y admirar lo que tengo a mi alrededor. Empecé a ver con gratitud el punto en el que me encuentro ahora. Justo en este momento y solo durante este momento. Porque no sé (y nadie sabe) dónde estaré mañana, cómo será el punto al que tenga que llegar. Y porque tampoco puedo regresar a los puntos anteriores para corregir nada. Solo puedo verlos como el medio por el cual estoy ahora en este lugar y en este momento.
Estoy aprendiendo que el nivel de Fe que cada uno puede tener ante situaciones adversas depende únicamente del grado de confianza que tengamos en Dios. Nadie más que nosotros puede cultivar eso para nuestras propias vidas. Nace y va creciendo en cada uno conforme a la gracia y el amor que Dios mismo nos va regalando para que vayamos aprendiendo a depender de Él únicamente. La Fe es un regalo que viene de Él. Nadie más nos puede dar la seguridad completa de que pase lo que pase, al llegar al punto final vamos a estar bien. Solamente Él nos puede dar esa seguridad.
Aprendí que el tiempo es solo una medida que nos limita. Que si dejamos que nos absorba nos puede consumir a un punto de tal de quedar paralizados totalmente ante situaciones difíciles. Aprendí que lo especial del tiempo es disfrutar de lo que Dios tiene preparado para cada uno de nosotros, y que muchas veces debemos «soltar» sentimientos que nos hacen daño, para empezar a admirar la belleza del recorrido de curvas que Él nos tiene preparado.
Ahora, en este día especialmente, no puedo regresar a ningún punto en los que ya estuve. Pero si puedo detenerme a ver todo lo que ha pasado y el camino que he recorrido. Puedo ver con gratitud el punto en el que me encuentro ahora, y puedo esperar con Fe y emoción, cuáles serán los siguientes pasos que tengo que dar.
Hace solo unos días imaginé que un simple resultado de algunos exámenes médicos se podría convertir en la respuesta que buscaba o en la confirmación de que la línea empezaba a «enderezarse». Y volví justo mismo punto de reflexión. Llegué nuevamente a la conclusión que solo se trata de un punto más en mi línea de vida especial, bella y hermosa que Dios tiene para mí. Porque aunque quizás no era el que imaginaba recibir, si me dio mucha paz cuando lo pude interiorizar. No se trata de unir puntos para buscar una línea recta. Solo se trata de vivir un punto (día) a la vez, y admirar qué tipo de línea es la que Dios nos regala a quien.
