Es muy probable que no haya un tema más debatido por las personas que hablar acerca del amor de Dios. Seguramente que hay muchísimas opiniones diferentes acerca de esto. Y es muy posible que incluso nosotros mismos, opinemos de forma diferente, dependiendo del momento que no hagamos la pregunta: ¿cómo es el amor de Dios? Si estamos pasando un momento de absoluta felicidad seguramente que no vamos a dudar que Dios nos ama completamente. Pero si estamos pasando momentos de profundo dolor, seguramente que las dudas llegarán a nuestra mente. Creo que es algo muy natural en todos nosotros.
Hablar acerca del amor de Dios incluso puede llevarnos a discusiones más allá de lo razonable. Hay quienes en el nombre de Dios inician guerras en el mundo, y matan justificándose en falsas creencias personales. No puedo entender cómo alguien podría matar y decir que es por amor a Dios, o que Dios es quien le ordena matar. Y quizás sea el momento de aclarar que para matar no se necesita disparar una bala. Muchas veces podemos matar a alguien simplemente con nuestras palabras, cuando herimos y rompemos el corazón de las personas.
Yo creo firmemente que, al hablar del amor de Dios, debemos separar totalmente el concepto de religión. He aprendido que las religiones no nos pueden mostrar el verdadero amor de Dios para nosotros. Ni nos pueden mostrar la forma de cómo debemos amar a Dios y a las personas. Es más, creo que las religiones son muy peligrosas porque son la puerta al fanatismo en muchos casos. Podemos ver ejemplos de fanatismo religioso a lo largo de la historia, que al final terminó en muertes innecesarias de personas generalmente inocentes. De igual forma creo que una persona religiosa puede volverse alguien con un corazón duro y frío, porque al final se terminan practicando costumbres en lugar de vivencias de amor propiamente dichas.
Siempre me ha llamado la atención cómo Jesús hablaba en forma de parábolas, con ejemplos cotidianos. Era un leguaje simple y práctico a la vez. Era una forma de hacernos ver que en cada día de la vida podemos encontrar grandes lecciones y oportunidades para disfrutar de ese amor que Dios tiene para cada uno de nosotros. Hablaba sobre ejemplos de pastores que buscaban a una oveja perdida, sin importar cuántas más tuvieran a salvo en su rebaño. De la misma forma cómo nos busca siempre sin importar cuán perdidos estemos en la vida. También hablaba sobre la verdadera compasión y amor que deberíamos practicar la personas. Mostró el ejemplo de una persona en dificultades extremas en la vida, a quien ningún religioso pudo ayudar. Y que en cambio recibió ayuda de una persona verdaderamente amorosa.
Habló acerca de cómo podemos perder la vida (literalmente) tratando de conseguir grandes riquezas creyendo que las vamos a disfrutar en el futuro. Y en el momento menos esperado la vida se nos acaba (también literalmente) y nunca llegamos a disfrutar por lo que tanto trabajamos. Dejamos pasar la vida sin darnos cuenta de que Dios siempre está cercano a cada uno de nosotros. Enseñó acerca de la Fe y de lo poderosa que se vuelve cuando realmente reconocemos que no podemos hacer absolutamente nada por nuestra propia cuenta. Precisamente sobre esa fuerza maravillosa, también quise hablar hace algunos días en una publicación titulada «Fe». Creo que todo siempre nos termina llevando al mismo punto. Hacia el amor de Dios.
Hace unos días nos despedimos de un amiguito muy especial en nuestras vidas. Nuestro compañerito por los últimos dieciocho años, «Odie», nuestro Cocker Spaniel, quien dejó de brillar y su tiempo con nosotros terminó. Quise despedirme a su forma (y a la mía), también en una publicación, que se llama «La razón de estar contigo». Su vida terminó. Así de simple, así de triste, y así de duro para quienes lo vimos desde cachorrito hacer de las suyas por toda la casa. Simple y triste. Pero con una lección más allá de lo que en su momento pude imaginar. Es increíble cómo una «parábola» (fábula) hecha realidad, se puede convertir en un hermoso mensaje si dejamos que todos nuestros sentidos se dispongan a escuchar la «voz» de Dios.
Cuando digo que fue (y aún lo es) algo muy duro y muy triste, de verdad que lo digo con profunda tristeza. Creo que, a cada uno de nosotros en nuestra familia, el dolor le llegó y se manifestó de forma diferente. «Odie» tenía una «relación» diferente con cada uno de nosotros como lo dije anteriormente. Y en mi caso, la despedida fue muy triste. Escribir sobre esto aún mueve hilos sensibles en mi corazón. A pesar de ser un perrito, su ausencia me hizo ver todo el amor que nos dejó durante el tiempo que estuvo con nosotros.
Es increíble como esos amiguitos se pueden convertir en compañías maravillosas que marcan nuestras vidas. Una razón por la cual creo que sucede esto, es porque a pesar no ser personas, sí nos demuestran todo el amor que está a su «limitado» alcance. Y digo «limitado» porque obviamente una persona debería ser capaz de mostrar muchísimo más amor en todas sus formas. Estos amiguitos nunca nos juzgan por nuestras acciones. Al contrario, a pesar de nuestros errores y reclamos hacia ellos, siempre vuelven con una gracia que nos haga reír, y que nos haga olvidar el mal rato que nos pudieron haber hecho pasar. Están a nuestro lado casi siempre, como cuidándonos de algún peligro imaginario. O simplemente se echan a nuestro lado para decirnos a su manera, que ahí están con nosotros para lo que sea.
No importa si es para llorar con ellos, o para reírnos de ellos. Son felices cada vez que nos ven entrar de regreso a la casa porque saben que nos van a poder acompañar el resto del día. Nos despiden cada vez que salimos. Y no dudo que, de cierta forma, haya tristeza en sus corazoncitos cuando ven que nos alejamos, y pasamos algunos días separados. Es un amor incondicional siempre. No hay en ellos maldad, ni malas intenciones. Es un amor puro y desinteresado el que nos regalan cada día.
Con el pasar de los días me ha ido acompañando un pensamiento recurrente acerca de esto, y es el motivo por el cual escribo ahora. Y lo quiero dejar escrito en forma de pregunta: ¿cómo es posible que pueda ver y sentir el amor que me dejó mi amiguito y no pueda ver, sentir y recibir el amor de Dios para conmigo? Por su puesto que si puedo verlo y sentirlo. Claro que lo puedo sentir, y lo puedo ver. No solo ahora durante este proceso de duelo, sino a lo largo de toda mi vida. El simple hecho de tener ese pensamiento recurrente, así me lo demuestra. Porque siento y creo que es Dios quien permite que veamos con nuestros limitados ojos esas lindas lecciones de la vida.
Es posible que, como dije al principio, empecemos a debatir sobre el amor de Dios en cada una de nuestras vidas. Pero no quiero debatir más, porque toda la vida nos la pasamos debatiendo esto y lo otro, buscando siempre tener la razón. Ahora solo quiero compartir hechos reales por los cuales siento y creo que Dios si me ama.
Soy una persona sumamente imperfecta. Lo reconozco sinceramente. He aprendido poco a poco a reconocer y aceptar mis errores a lo largo de la vida. Incluso aquellas veces en las que pensé que tenía la razón. Veo hacia el pasado y puedo sentir un sincero arrepentimiento por muchas de mis acciones que tuvieron consecuencias negativas en la relación con todas las personas que amo. Como dije antes, a veces podemos «matar» a alguien con solo hablar, o decir una palabra indebida en un momento equivocado. Quisiera pensar que no me voy a volver a equivocar más en la vida, y que a partir de ahora no cometeré más errores. Pero la realidad es que voy a seguir siendo esa persona imperfecta de siempre.
Si espero el día en el que me sienta «bien» para ir a una Iglesia, seguramente terminaría no yendo nunca. Porque siempre habrá algo que nos haga sentir que no podemos ser buenos. Y esa es una gran verdad. ¡Jamás vamos a ser lo suficientemente buenos! Así que pensar que no podemos buscar de Dios porque somos «malos», lo único que hace es privarnos de sentir ese amor que Él tiene para nosotros. Y el hecho de ir a una Iglesia propiamente dicha, tampoco nos abre la puerta para sentir y vivir ese amor. Repito nuevamente que no se trata de religiones o costumbres.
La religión (cualquiera que sea), ya me habría condenado varias veces por todos mis errores, y faltas. No faltarían personas religiosas que me hubieran leído todos los cargos para acusarme de pecador. Ya tendría el veredicto de condenado por todas las faltas cometidas. Y seguramente lo único que recibiría fueran señalamientos inquisitivos de todas las personas. Definitivamente que me he sentido así muchas veces en la vida. Completamente perdido, sin opciones de perdón, y sin amor propio por sentir verdaderamente que no merezco el amor de Dios.
Y ahí es donde Dios hace el verdadero milagro en nuestras vidas. Cuando nos muestra poco a poco, que, si nos ama, a pesar de todos nuestros errores. Cuando empezamos a vivir cada día, y vamos sintiendo que siempre hay una oportunidad para cambiar las cosas que hicimos mal en el pasado. Creo que Dios siempre está cercano a nosotros esperando el momento justo para que podamos abrir los ojos y ver ese amor con el que nos cuida. En realidad, es algo muy simple y hermoso a la vez. Basta solo con aceptar que jamás vamos a ser lo suficientemente buenos como para imaginar que hasta entonces vamos a poder recibir el amor de Dios. Soy un perfecto imperfecto y necesito del amor de Dios en mi vida siempre, porque sin ese amor, simplemente mi vida sería aún más caótica de lo que es o haya sido.
Sé que el amor de Dios es infinitamente enorme. No tiene fin, y no podemos imaginarlo. La única forma que podemos imaginarlo es a través de nuestras mismas limitaciones humanas. Imaginamos el amor de Dios como algo que nos juzga y nos reprende cuando actuamos mal, o cometemos algún «pecado». A veces sentimos el amor de Dios como un resentimiento de despecho cuando no somos lo suficientemente correspondidos por los demás en nuestras acciones. Creemos que el amor de Dios se limita a las acciones públicas que hacemos para recibir la admiración de los demás. O podemos pensar que «solo» en una Iglesia, podemos recibir ese amor.
Por supuesto que necesitamos asistir a alguna Iglesia para dedicar al menos un tiempo de nuestra vida para escuchar de ese amor de Dios. Solo debemos tener presente a dónde decidimos ir y estar atentos a los que escuchamos. Porque podemos estar dentro de una Iglesia y tener totalmente podridos nuestros corazones. Y, por el contrario, podemos encontrar personas fuera de las Iglesias con corazones inmensamente generosos con los demás. He aprendido que solo Dios, y únicamente Dios, conoce mi corazón y todo lo que hay en él. Cuando me he creído «bueno», sólo Él podía ver lo sucio que estaba. Y cuando me sentía sucio, solo Él podía ver que en realidad era cuando más lo anhelaba.
Creo en el amor de Dios porque la única forma humana de imaginarlo es con la siguiente cita bíblica: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» – Juan 3:16. No puedo imaginar dar la vida de mi hijo a cambio de la vida de un montón de gente mal agradecida conmigo (si así fuera el caso). Simplemente mi mente no tiene la capacidad de imaginar un escenario en el cual yo sea capaz de hacer semejante acto de amor. Pero Dios sí. Y así es su amor por mí y por cualquiera que crea en estas verdades.
Estoy en un momento de mi vida en el que entiendo que dependo totalmente del amor de Dios. Lo entiendo, lo acepto y lo recibo con amor. Es ese mismo amor de Dios el que me ha hecho reconocer que nada de lo que yo haga en mis fuerzas o con mis recursos, podrá cambiar mi futuro. Dependo totalmente de Dios y de su amor en todo sentido. Confío en que Dios tiene absoluto control de lo que pase en mi vida, y confío plenamente que sea lo que sea que yo pueda ver como mi futuro, no es ni por cerca lo que Él tiene preparado para mí. Lo que yo puedo ver o imaginar en algún momento (!vaya que los he imaginado!) puede ser gris. Pero visto con el amor de Dios, mis ojos lo ven de forma diferente.
Puedo sentir en mi corazón que todo lo que está por venir es hermoso, es algo especial, es algo que me da paz. Aunque no necesariamente sea lo que yo quiero en un momento puntual o bajo alguna circunstancia particular. Dicho de otra forma, acepto con amor y paz, que la voluntad de Dios es infinitamente divina, como para tener Fe completa de que, a pesar de mis errores y mis faltas, su amor es mayor. Y que algún día, cuando pueda verlo con ojos renovados, lo confirmaré totalmente. Sé que cuando ese día llegue, todas las parábolas y fábulas que veo en lo cotidiano de la vida terminarán de tener el sentido que posiblemente ahora no lo tengan.
Mientras tanto, tengo la certeza de poder seguir disfrutando del amor de Dios cada día. Y seguir viviendo un día a la vez.
