Me gusta mucho el fútbol. No solo me gusta ver los partidos y escuchar las narraciones, sino también leer comentarios en general. Y me llama la atención la frase que utilizan muchos comentaristas para referirse a la estabilidad que debería tener un equipo de fútbol. Seguramente habrán escuchado la frase: «equipo ganador no se toca». Entiendo que se refiere al hecho de mantener a los mismos jugadores que ganaron un partido, para el encuentro siguiente. Sin lugar a dudas que se debe a la esperanza de que vuelvan a ganar. Y que sigan ganando tantas veces sea posible, sin necesidad de hacer cambios.
Posiblemente la frase anterior no solamente se refiera al fútbol. Estoy seguro de que podría aplicar a todos los deportes colectivos. Pero en el caso del fútbol debe ser algo que se vea con más detalle, puesto que son 11 personas las forman un equipo. Es decir que no es un grupo precisamente pequeño. Cualquiera podría pensar que uno o dos cambios no deberían afectar el rendimiento del equipo. Pero en muchas ocasiones si sucede. Y de ahí viene la famosa frase: «equipo ganador no se toca»
Para lograr esa estabilidad, es muy seguro que no solo tenga que ver el hecho de los cambios que se hagan en un equipo. También influye mucho la estrategia que se utilice, y la forma de cómo distribuir a los jugadores al momento de un partido. Acá es donde toma importancia la figura del entrenador del equipo. Quien es el que finalmente decide a qué jugadores alinear al inicio de un partido, y qué cambios son los que debe hacer. No solo al inicio, sino también durante el partido.
Por supuesto que no se puede ganar siempre. Tampoco podemos esperar que vayamos a perder siempre. Pero a mí me gusta ganar la mayor cantidad de veces posible. No creo que tenga que ver con que una persona se considere «ganador» o no. Creo que, en la vida, todos deseamos «ganar» más veces de las que esperamos «perder». En este caso no existe la estabilidad. Claramente nuestra preferencia va a ser siempre hacia la victoria, en lugar de la derrota.
Otra forma de poder ilustrar el concepto de estabilidad de una forma divertida es con el juego de piezas llamado «Jenga». Este es un juego de mesa en el que se utilizan pequeños bloques de madera. Cada bloque tiene medidas específicas de tal forma que todo sea uniforme y simétrico. Todos los bloques de madera utilizados son exactamente iguales.
El juego consiste en colocar inicialmente todos los bloques de forma ordenada hacia arriba formando una torre perfectamente simétrica. Una vez que se tiene la torre, empieza el juego. El cual no es otra cosa que empezar a quitar piezas de la torre al azar, y colocarlas en la parte superior. Las piezas perfectamente ordenadas al inicio se van quitando una a una, y se van colocando en la parte superior, haciendo que la torre que una vez era estable se vuelva inestable. Cada jugador tiene un turno para quitar una pieza y colocarla en la parte superior. Por supuesto, la torre cada vez se vuelve más inestable y al final el ganador es aquella persona que logró quitar la última pieza, sin que la torre caiga.
En este caso, el juego «Jenga» no se trata de premiar la estabilidad, sino más bien al contrario. La estrategia se basa en ver quién puede desestabilizar la torre sin que esta caiga. Pero dejándola lo suficientemente inestable, como para que el siguiente jugador sea quien la derribe. Se puede decir que de alguna forma se juega con la estabilidad hasta el punto de quiebre. Es decir, que jugamos a quitar piezas de forma aleatoria sin ningún tipo de cuidado, solo para ver hasta qué punto se mantiene la estabilidad de la torre.
Estas dos ilustraciones pueden servir para imaginar lo que nos puede sucedernos, si lo comparamos con la estabilidad financiera que tanto deseamos a lo largo de la vida.
Si lo comparamos con el análisis de los comentaristas deportivos, desearíamos no hacer cambios en nuestra estrategia, con el objetivo de ganar cuántas veces sea posible. Nadie quiere perder dinero. Todos queremos ganar siempre. Incluso una persona sumamente austera podría coincidir con esta afirmación. Aunque no se tenga como objetivo ganar dinero o enriquecerse, tampoco nos atraería la idea de perder lo que tenemos. Queremos mantener la estabilidad, sea cual sea el grado de riqueza que cada uno considere óptimo o necesario para vivir.
De la misma forma podemos compararla con el juego «Jenga», solo que en sentido inverso. Nadie quiere desestabilizar su torre financiera, a un punto tal que se caiga en riesgos innecesarios. En este caso, todos desearíamos mantener la estabilidad el mayor tiempo posible. Y si fuera permitido en el juego, no haríamos ningún movimiento. Es más, seguramente ni siquiera jugaríamos.
En este partido especial en nuestra vida financiera, nosotros somos los entrenadores y los responsables de tomar las decisiones. La estrategia de juego que utilicemos marcará de cierta forma los resultados que vengan en el futuro. Eso sí, siempre habrá que tener en cuenta que habrá situaciones para las que no vale ninguna estrategia previa que nos libre de malos resultados. Siempre tendremos situaciones imprevistas que escapan a cualquier tipo de plan.
Sin embargo, hay conceptos básicos que deberíamos tener presente siempre. Por ejemplo, el principio fundamental de no gastar más de lo que podemos ganar. Parece muy obvio, pero no siempre lo podemos sostener en nuestra vida. Muchas veces la estabilidad se ve seriamente comprometida por nuestro deseo impulsivo de vivir más allá de nuestras posibilidades. Tomamos decisiones presentes, sin pensar en las consecuencias futuras. Y lo peor es que generalmente este tipo de consecuencias no se enfrentan de forma inmediata. Sino que llegan cuando todo está completamente inestable, y es más difícil revertir cualquier situación.
Anteriormente escribí dos publicaciones sobre mis experiencias en lo que llamo finanzas personales. En una titulada «La bola de nieve», escribía orgulloso, sobre lo que significó para mí, poder salir de un estado completamente inestable en mis finanzas. Quise compartir un concepto que es muy conocido y recomendado, pero desde una perspectiva muy personal. Como algo que, si funciona, que es muy práctico y que si da los resultados que se esperan. También hablé sobre nuestro tiempo, y lo valioso que es en nuestra vida, en el post «Mi tiempo es oro». Aunque parezca algo extremo, es un hecho que la forma en cómo distribuimos nuestro tiempo, tiene una gran influencia en nuestra vida financiera.
Podemos dedicar muchísimo tiempo a actividades que no nos satisfagan completamente, y que en algún momento se sientan como «cargas» pesadas de llevar. O podemos sentir que necesitamos más tiempo para actividades más placenteras, pero que nuestras «cargas» económicas no nos permiten dedicarles el tiempo deseado. En ambos casos, es vital que logremos identificar ese punto exacto de estabilidad para sentir que nuestra vida es la que deseamos, y que la estamos disfrutando de la forma que esperamos o soñamos.
Anteriormente dije que ese punto de estabilidad es diferente para cada uno. Todos tenemos una forma particular de ver la vida. Por lo tanto, así de diferente es la perspectiva de cuál es el punto óptimo para considerar que nuestra vida financiera es estable. Al menos esa es la conclusión personal a la que he llegado después de haber pasado por varias experiencias que he deseado compartir en este blog.
La estabilidad financiera es algo que depende únicamente de nosotros. Más allá de la fuente de ingresos particular que cada uno tenga. O de la forma en la que cada uno decida usar la riqueza que llega a sus manos. He comprobado que realmente se puede vivir con poco y disfrutar de las cosas hermosas de la vida. Y de la misma forma me he sentido insatisfecho, aun teniendo ingresos que se puedan considerar como «suficientes» para llevar una vida relativamente tranquila.
Para lograr y luego mantener esa estabilidad hay algunas cosas que he podido comprobar, y que ahora deseo compartir. Seguramente se nos han presentado en diferentes momentos de la vida. Y posiblemente en cada uno de esos momentos, hemos decidido de forma diferente. Así que vamos a empezar precisamente por ese punto. Como dije al principio: «no cambiemos lo que funciona».
A menos que nuestros recursos sean ilimitados, difícilmente podemos darnos el lujo de estar cambiando condiciones que afecten nuestra estabilidad financiera. Ya el solo hecho de sentir que hemos llegado a ese punto es sumamente complejo. No deberíamos de ponerlo en riesgo por decisiones que tomemos a la ligera. Siempre que tengamos un pensamiento que nos invite a cambiar algo que funciona, deberíamos recordar primero, cuánto esfuerzo y sacrificio nos ha costado llegar ahí. Deberíamos recordar siempre, cuánto tiempo vital hemos invertido en llegar a ese punto, y cuántos momentos especiales hemos sacrificado por estar ahí.
No podemos cambiar el pasado. Pero si podemos tomarlo como referencia para tomar caminos diferentes y decisiones diferentes. Pensar en todo el tiempo vital que hemos invertido para lograr nuestra propia libertad financiera, debería servirnos como motivación para tratar de mantenerla siempre. Si lo vemos desde otro punto vista, es como si todo lo que hayamos dejado de hacer, no hubiera valido la pena. Sacrificios, esfuerzo, pérdidas, lecciones aprendidas, orgullo de salir adelante, reconocimiento de errores, sensación de libertad, paz, tranquilidad, en fin, tantas cosas más.
Mi más sincera recomendación es que no quitemos ninguna pieza de nuestra «torre» una vez que logremos esa estabilidad. Y repito una vez más, la estabilidad a la que me refiero no es la que imaginamos de una forma idílica en donde podemos tener todo lo querremos. La estabilidad a la que me refiero es la que logramos sentir de forma personal, cuando podemos disfrutar plenamente de la vida, con una fuente de ingresos específicos. Es decir, cuando logramos reducir nuestros gastos y decidimos conscientemente continuar solo con los que verdaderamente nos producen satisfacción. Y cuando nuestras fuentes de ingreso nos permiten cubrir esos gastos y mantener cierta reserva para cualquier contingencia especial.
No quitemos ninguna pieza. Y si la quitamos en algún momento, que sea solamente para hacer más estable la torre. En ningún momento debería ser para dejarla inestable. Si en algún momento pensamos en quitar una pieza de nuestra «torre» por razones sentimentales, primero deberíamos recordar lo que ya mencioné anteriormente. Deberíamos recordar el precio que hemos tenido que pagar en la vida, para llegar a esa estabilidad, y lo que podría costarnos perderla. Son nuestros sentimientos los que también serán afectados en caso de tomar una mala decisión.
Posiblemente el origen de todas nuestras malas decisiones financieras se podría encontrar en el momento justo cuando mezclamos sentimientos con la razón. No digo que sea imposible tomar buenas decisiones cuando hay sentimientos involucrados. Digo que tomamos malas decisiones cuando no podemos entender totalmente nuestros sentimientos. Cuando dejamos que los sentimientos, que son una situación bastante «temporal», sean más fuertes que las razones lógicas, es cuando empezamos de perder la estabilidad alcanzada. Las razones lógicas tienen una base bastante fundamentada, y generalmente se proyectan a obtener resultados positivos en el futuro.
Y los principales sentimientos de los cuales debemos tener cuidado son de los nuestros. Porque podríamos tomar los sentimientos de las otras personas como aparentes justificaciones de nuestras decisiones. Cuando «creemos» que estamos «ayudando» a alguien, en realidad es a nuestro propio sentimiento de satisfacción personal a quien estamos alimentando. Cuando decidimos no actuar en favor de alguien, es a nuestro propio sentimiento de egoísmo a quien alimentamos. No se trata de hacer o no hacer algo en determinado momento. No es cuestión de ayudar o no ayudar. Lo importante es que antes de tomar la decisión, comprendamos bien que esa decisión puede afectar la estabilidad de nuestra «torre».
No tenemos días ilimitados en nuestra vida. Todo tiene una caducidad. No tenemos el dato exacto de cuántos años nos corresponde vivir. Pero si tenemos la posibilidad de poder decidir cómo vivir cada día de nuestra vida. Las contingencias a las que me refiero llegan sin pensarlo. Por eso se llaman precisamente de esa forma, como imprevistos. Nadie los busca, nadie los quiere ni los desea. Simplemente llegan en el momento menos esperado. Deberíamos anhelar que nuestras torres sean fuertes, estables. Ni la torre más fuerte ni más estable puede librarnos de algún imprevisto mayor de la vida. Pero enfrentar esas contingencias con una torre estable, nos puede ayudar mucho para completar nuestro recorrido en la vida de la forma plena, el tiempo que Dios nos lo permita.
Cada uno construye o altera su propia estabilidad. Y aunque ahora me refiera a la estabilidad financiera o material, no quiere decir que la estabilidad mental y espiritual no importen. De hecho, la conclusión más importante a la que he llegado últimamente es que la estabilidad completa es algo que involucra a todo nuestro ser. La parte material es solo una pequeña porción. El complemento perfecto para esa parte material es lograr también una estabilidad emocional y mental, que nos permita ver la vida de una forma más simple. Menos materialista y más sencilla. Una estabilidad integral en la que nuestra mente, alma y cuerpo puedan compartir un sentimiento de plenitud con cada decisión que tomemos.
